Narco en Edoméx:

una historia sin fin

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ComparteToluca, México; 6 de agosto de 2018. Para nadie es un secreto que el Estado de México es una de las plazas más importantes del narcotráfico en el país. Su importancia geográfica, política, económica y hasta demográfica hacen de la entidad más poblada del país el territorio más importante para los cárteles que se la […]

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Toluca, México; 6 de agosto de 2018. Para nadie es un secreto que el Estado de México es una de las plazas más importantes del narcotráfico en el país. Su importancia geográfica, política, económica y hasta demográfica hacen de la entidad más poblada del país el territorio más importante para los cárteles que se la disputan. Al sur colinda con Guerrero y Michoacán en la llamada Tierra Caliente o Triángulo de la Brecha, una de las regiones más violentas del país y que, sin embargo, contiene en sus entrañas riqueza de minerales preciosos y radiactivos como uranio, que están en manos sobre todo de empresas canadienses que han convertido a los cárteles de esa zona en brazos paramilitares armados. Apenas el fiscal del Estado de México, Alejandro Gómez, en una entrevista para el diario El Universal, ha reconocido que la entidad es el mercado de drogas más importante del país, algo que las autoridades siempre habían negado. También da los nombres de los principales cárteles que se disputan en el Edoméx: el Jalisco Nueva Generación, la Familia Michoacana, Nuevo Imperio o las bandas Monterrey y la MML. También acepta el crecimiento del crimen en general en la entidad pero dice que sucede, en primera instancia, porque en el Estado de México hay 17 millones de habitantes. Después matiza y menciona a la corrupción como otro de los parámetros.

El fiscal tiene razón, pero sólo parcialmente. La capital del Estado de México, ubicada en el Valle de Toluca, y que forma un conglomerado de 2 millones 387 mil 371 habitantes, une a los municipios de Toluca, Metepec, Lerma, Zinacantepec y Almoloya de Juárez y otros 10 municipios, se ha convertido en un lugar de residencia para narcotraficantes, así como paso obligado del trasiego de droga desde el sur del país y del propio territorio mexiquense. Fue desde Toluca y Metepec que salieron las órdenes de sicarios de Guerreros Unidos para levantar a los 43 estudiantes de Ayotzinapa, el 26 de septiembre de 2014 en Iguala. Fue en Metepec, en la Torre Zero, donde estos mismos narcotraficantes pagaban las nóminas de protección a funcionarios y agentes del Estado de México por permitirles el paso desde el corredor de Taxco, en Guerrero, para cruzar por Zumpahuacán, Ixtapan de la Sal, Tenancingo y Tenango, un territorio controlado por la Familia Michoacana, asentada en Luvianos, Tlatlaya y Arcelia, Guerrero, hace casi 20 años. 

La presencia del narco en el Estado de México es añeja, aunque apenas hace una década se han revelado sus operaciones y estructura. Metepec, sobre todo, funcionó como lugar de residencia primero para los familiares de capos apresados en el penal federal de Almoloya, el Altiplano. Para no viajar, simplemente se quedaron a vivir aquí. Esa fue una de las razones principales por las que el crecimiento inmobiliario de Metepec se detonó. La llegada de los familiares coincidió con la construcción de fraccionamientos exclusivos que después habitaron. En menos de cuatro años, entre 2008 y 2012, se construyeron alrededor de 100 fraccionamientos de todos los tamaños.

La organización Causa en Común contabilizó que en 2014 había 9 grupos criminales con presencia en 81 municipios de la entidad, pero tres años después había catorce grupos en 96 de los 125 municipios.

Nada era casualidad. El Informe 2011 de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes, dependiente de la ONU, señalaba que el narcotráfico mexicano se desplazaba hacia el sur del país porque así acortaba y aseguraba las conexiones con cárteles centroamericanos y colombianos y copaba rutas de transporte hacia Estados Unidos y Canadá

Para la ONU, el tráfico de drogas representa en Estados Unidos un impacto económico de 193 mil millones de dólares, mientras que en México circulan 40 mil millones provenientes de actividades relacionadas de alguna forma a este ilícito.

En el sur mexiquense las organizaciones criminales han operado por años, a la vista de todos y con el control de Ayuntamientos como Otzoloapan, Luvianos o Tejupilco, donde entre otras cosas impartían seguridad pública y pagaban la nómina de los empleados. Caja de Agua, cruce de droga en aquella región, fue también el escenario del combate definitivo entre Zetas y La Familia por el control de la droga. Los habitantes de Luvianos precisan que fue en el 2009 cuando las bandas se enfrentaron, todo con conocimiento de las autoridades civiles y militares y aquel choque dejó 46 muertos. Los perdedores, Los Zetas, se retiraban al fin a otros rumbos y los de La Familia se dedicaron a reorganizar el negocio.

Así, Otzoloapan, Amatepec, Tlatlaya, Luvianos, Zacazonapan, Santo Tomás y hasta Valle de Bravo participaron activamente. El negocio que hasta la ONU condenó sostiene gran parte de la economía mexicana, que no podría entenderse si no participara el dinero del narcotráfico, que alcanzó para corromper a marinos y soldados, estos últimos del 102 Batallón de Infantería, a los que Johny Hurtado Olascoaga, el Fish o el Mojarro, compró para beneficio de La Familia.

Pero en un país donde el hambre mata más que el ejercicio del narcotráfico cualquier cosa puede pasar. En nueve años, por ejemplo, “85 mil 343 personas fallecieron por desnutrición en México entre 2001 y 2010, período en que otras 49 mil 804 murieron víctimas de las bandas del crimen organizado”, según datos del Centro de Estudios e Investigación en Desarrollo y Asistencia Social, basado en datos del INEGI, de la PGR y de la Cámara de Diputados.

La ONU concluía que “México también pasó a ser un importante fabricante de metanfetamina, lo cual queda reflejado en el número de laboratorios desmantelados, que saltó de 21 en 2008 a 191 en 2009. Pese a que el número de laboratorios de metanfetamina de los Estados Unidos es muy superior al de México, los laboratorios mexicanos suelen producir cantidades mucho mayores de esa droga que los de los Estados Unidos”.

 

Al otro lado del río

En Lerma, en los límites con Huixquilucan y a media hora de Toluca, se detuvo al capo Édgar Valdez Villareal, La Barbie, un escurridizo criminal que por años tuvo protección de autoridades de todo el país y que trabajaba para el cártel de los Beltrán Leyva. Entre sus actividades fundamentales estaba el combate contra los Zetas, grupo rival en el negocio de la droga pero también contrataba de elementos policíacos de la AFI para que cuidaran sus operativos. Participó en la organización de plazas en Guerrero y Tamaulipas y fue buscado por el gobierno federal por años, hasta que el 30 de agosto del 2010, policías federales que patrullaban Salazar, en Lerma, fueron rebasados por tres autos a alta velocidad. Los siguieron y les ordenaron detenerse. La Barbie fue el primero en bajar y allí les confesó quién era. Sin tirar una bala, uno de los sicarios más sanguinarios y poderoso había caído. La detención, un cuento de hadas para cualquier agente de la ley en México, tuvo su colofón en la confiada sonrisa que el delincuente exhibió en las presentaciones públicas. Además, la versión de la captura fue cambiada infinidad de veces.

La Barbie había podido sobrevivir en el Estado de México, uno de los más controlados y seguros cuando se trata de hombres con poder económico y político, aunque a veces ni eso garantiza nada. El capo habría tenido relación, al menos, con Carlos Villanueva de la Cerda, el Comandante Ocho, que operaba una célula de matones en Tultitlán, Edoméx, desarticulada en el 2009. El criminal era el enlace entre las autoridades policíacas de aquel municipio, Cuautitlán Izcalli, y el propio Barbie.

Otro famoso narco, el JJ, asiduo a discotecas y amigo de populares figuras de la televisión, disparó en la cabeza al futbolista Salvador Cabañas en enero del 2010. El JJ, José Jorge Balderas, se refugió en una casa de seguridad hasta que fue apresado un año después en Bosques de las Lomas. Antes del lío con el deportista, Balderas vivía en Tecamachalco, una zona residencial de Huixquilucan en el Edoméx y desde allí se encargaba de la distribución de 80 kilos de droga al mes en los municipios de Naucalpan, Tlalnepantla, Atizapán de Zaragoza y Cuautitlán. Era amigo de La Barbie.

Uno más, El Indio, involucrado en la matanza de 24 personas en La Marquesa, en el 2008, fue detenido en abril del 2010 luego de una balacera en Huixquilucan, donde vivía en una casa de lujo en compañía de sus lugartenientes. Era una especie de narco-freelance porque trabajaba para los Beltrán Leyva pero también para el grupo del Mayo Zambada y en ocasiones para el Chapo Guzmán. Gerardo Álvarez controlaba el paso de droga en Naucalpan.