José Luis Arriaga Ornelas
La semana pasada el Congreso de la Ciudad de México aprobó la llamada “ley Olimpia”, que no es sino una adición al Código Penal para sancionar la divulgación de fotografías, videos, audios o algún otro material de carácter íntimo sin consentimiento de la persona involucrada en él.
Con esta aprobación la ciudad de México se sumó a las otras entidades de nuestro país que ya la tienen como legislación vigente: Guerrero, Puebla, Baja California Sur, Nuevo León, Querétaro, Guanajuato, Oaxaca, Chiapas, Estado de México, Coahuila, Yucatán, Veracruz y Zacatecas.
El fenómeno que está detrás de esta penalización es digno de comentario, porque se deriva de las dinámicas propias del mundo online, mismas que, con poco más de unas décadas de vida solamente, han venido a transformar nuestra socialidad.
La conducta que sanciona esta normatividad es la consistente en “subir” a Internet algún material “íntimo”, sobre todo a través de las múltiples plataformas que permiten esta acción dentro del diseño de la web 2.0: aplicaciones, redes sociales, blogs y otros sitios que posibilitan a los usuarios compartir material de diversa índole.
Muchos de ellos comparten, por iniciativa propia, fotos, videos o textos en los que ellos mismos son protagonistas y hasta pueden ganar dinero con eso, explotando el interés en millones de usuarios por husmear en la vida de otros.
Es ese comportamiento voyeur que todos llevamos dentro y que las redes sociales han permitido desatar sin remilgos lo que alienta la proliferación de este tipo de materiales. Pero también está el factor consistente en la proliferación masiva de dispositivos móviles dotados de cámaras, que ha “armado” a miles de millones de personas con una cámara para tomar fotografías o grabar videos y audios que luego van a inundar las redes sociales, exponiendo a las personas sin importar su condición: famosos, no famosos, jóvenes, mayores, todo tipo de gente.
Hace un par de meses, en una conferencia que impartía a jóvenes de bachillerato, les comentaba lo fácil que es perder control sobre los contenidos que se producen, por ejemplo, con el teléfono celular (y que incluyen muchas veces material íntimo): pueden extraviarlo, que se los roben, que sean víctimas de hackeo, que lo compartan con alguien más y éste lo replique.
De hecho, cuando un material pasa de una plataforma a otra es casi imposible retirarlo de la red. Y les agregaba un dato estadístico sobre el comportamiento de la gente en el mundo online que hace de la difusión de material que vulnera la intimidad de las personas algo cotidiano: de acuerdo con el INEGI, hay unos 75 millones de usuarios de internet en el país y la principal actividad que declaran realizar en la red es “el entretenimiento”.
Así es, la gente califica la mayoría de las acciones que realiza online como entretenimiento: postear, compartir una foto, un video, un meme, hacer un comentario, retuitear, etc. Todo puede ser visto como divertimento. Por diversión puede compartirse la foto de alguien y así saltar de una plataforma a otra hasta hacer imposible retirarla. Así de pantanosos son los terrenos de la web: un video tomado en el marco de una relación amorosa puede terminar alojado en un sitio de contenido pornográfico y visto (o hasta comercializado) por millones de personas en todo el mundo. Ello puede acabar con la vida de una persona, arruinando su reputación, estigmatizándola, orillándola incluso al suicidio.
La “ley Olimpia” surge precisamente del caso de una chica en el estado de Puebla que grabó un video íntimo con su entonces pareja pero, tras el rompimiento de su relación, él la difundió en internet. Fue tantos los problemas que le acarreó que tomó la decisión de volverse activista e impulsar modificaciones a la ley para que este tipo de actos tuvieran sanción penal.
Por eso la iniciativa lleva su nombre y ahora se ha venido aprobando paulatinamente en legislaciones locales. Sin embargo, es un hecho que la gente realiza hoy acciones en el mundo offline que quedan registradas como información que, luego, por muy diversos motivos terminan puestas en línea y a disposición de todo el mundo en ese torrente interminable de datos que la gente manipula con criterios más bien lúdicos: por diversión se puede acabar con la vida de una persona.
Ahora que hay instrumentos jurídicos para sancionar ese tipo de acciones hace falta ver su implementación, pues conducta que no se castiga se repite.


Síguenos