El mundo ha cambiado. No solo hablo de las evidentes transformaciones ecológicas, sino del tipo de sociedad que habita en él. Cuando iniciamos el presente siglo, un conjunto de ideas dominaban los discursos políticos y económicos, apuntando a la “inevitable” tendencia a la globalización. La idea de una “aldea global”, de un mundo regido por reglas básicas como la libre circulación de mercancías, capital, mano de obra e información, era una especie de mantra. Se aseguraba, sin admitir crítica alguna, que el futuro del planeta era sin fronteras para el comercio, sin aranceles, con tecnología al alcance de cualquier nación, sin bloques comerciales, sino un solo mercado global. Pero poco a poco, hasta los más ortodoxos economistas neoliberales, han ido abandonando esas ideas.
Hoy, 20 de enero, asume nuevamente la presidencia de los Estados Unidos el señor Donald Trump y, con ese hecho, creo que se suma un factor más para decir que la globalización neoliberal ha sido abandonada como horizonte de futuro. Los economistas, los políticos, los supermillonarios y la gente misma, parecen ya no creer en que la ruta a seguir sea la globalización de la que tanto hablaban los neoliberales.
No es solo que el nuevo presidente estadounidense sea un rabioso antiinmigrante, muy dado a imponer aranceles, a subvencionar a los productores locales y partidario de convertir a “América” en un gran bloque que incluya a Canadá y Groenlandia. Todas esas son acciones que van en sentido contrario a la globalización económica. Pero no es solo él, puesto a que a lo largo del mundo entero hay, desde hace ya varios años, una clara tendencia a revertir lo que se emprendió como proyecto planetario en los años ochenta de siglo pasado.
Se dijo, en aquel entonces, que los mercados globales eran la única vía para el desarrollo, que todos los países debían buscar la manera de ser competitivos en ese gran mercado único, que los avances de la humanidad, en materia tecnológica y de fomento al desarrollo, estaban al alcance de todas las naciones. Pero ocurrió que algunas de ellas se lo tomaron en serio y ahora han crecido de un modo inesperado. China es el mejor ejemplo y, por ello, ahora ya a algunos países no les gusta la libre circulación de las mercancías, porque las que dominan son las que provienen de Asia.
De manera paralela, desde finales del siglo pasado, comenzó a documentarse en todas partes que las políticas neoliberales que soportaban la idea de la globalización habían generado un aumento de la desigualdad, estaban prácticamente sepultando la movilidad social y derivando en un aumento de la morbilidad y la mortalidad entre las clases medias y bajas. Cada vez era más evidente la disociación entre los intereses de los ultrarricos y el resto de la sociedad, que veía cómo el futuro no tenía nada para ellos, salvo deterioro ecológico, enfermedades, deudas, entretenimiento vacuo y muchas promesas incumplidas.
No es gratuito que en nuestro país se haya dado un vuelco político importante desde el año 2018, con el gobierno de López Obrador. Tampoco es casualidad que lo mismo se esté replicando en otras partes del mundo, incluido el triunfo, con casi 80 millones de votos, del señor Trump en el vecino país del norte. La gente ha decidido que la ruta de la globalización neoliberal no es la adecuada y han votado por políticos que les prometan regresar los empleos, las ayudas sociales, cerrar las fronteras a las mercancías, limitar los flujos migratorios y un conjunto de medidas que desmontan todo lo que se edificó durante varias décadas para globalizar los mercados porque —se decía— era el futuro de la humanidad.
Lo que sigue ahora no es nada claro, porque instancias como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional siguen “recetando” a los países que buscan el desarrollo el abrir sus mercados, el quitar aranceles, el permitir la inversión extranjera en sus territorios, el flexibilizar las reglas y permitir que sea “el mercado” el que determine todo. Pero, al mismo tiempo, se ve a países como Estados Unidos poner aranceles o a Europa cerrando fronteras y creando bloques comerciales.
Decir adiós a la globalización neoliberal deja sin soporte los discursos que se impulsaron durante décadas como la ruta al desarrollo. En México las “reformas estructurales” para privatizar todo, para quitar aranceles, importar y exportar libremente fueron la receta que, se nos dijo, iban a llevar a mejorar la vida de la población y ponernos en la ruta del desarrollo. Pero ahora, el vecino nos amenaza con aranceles, porque les vendemos cada vez más coches o electrodomésticos a su gente; nos amenaza con deportaciones masivas de inmigrantes, nos acusa de su deterioro moral y sus severos problemas de adicciones y hasta amaga con poner fin al tratado de libre comercio de América del Norte. Las señales son, indudablemente, contrarias a las recetas neoliberales que favorecían la globalización.
No hay, hasta ahora, claridad en las medidas a tomar de cara al futuro. Los países desarrollados de occidente aplican sus propias reglas (aranceles, subsidios, etc.), pero a los países de América Latina o de África les piden aplicar otras (liberar mercados y permitir la libre explotación de recursos, sin subsidios ni “proteccionismo”). ¿Cuál es la vía al desarrollo, entonces? Creo que está por escribirse el nuevo modelo, porque, en definitiva, la globalización neoliberal ya no lo será más. Quizá ese nuevo modelo sí permita el uso de aranceles, la creación de bloques económicos, la restricción de los flujos migratorios y de la transferencia de tecnología. Todo tendrá que reescribirse.


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