Por las calles de Calimaya y San Antonio la Isla no circula el tiempo: se estanca, como las aguas negras que invaden cada rincón en temporada de lluvias. Año tras año, con puntualidad cruel, el cielo se rompe sobre estos municipios del Estado de México y la rutina empieza: subir la mercancía, tapar las grietas, colocar costales en las puertas. Resistir.
Una temporada que nunca termina
En Calimaya, el puente que conecta la carretera Toluca-Tenango —arteria vital para el transporte local— se convierte en un cuello de botella inundado. Los automovilistas maldicen el tráfico, los comerciantes siguen vendiendo, y los vecinos ya ni alzan la voz: saben que el agua bajará, sí, pero después de tres, cuatro o cinco horas.

“No se inunda por días”, matiza un comerciante desde su puesto en la acera, “pero el caos es diario en temporada. La fila de coches parece no tener fin”. Las autoridades, dicen los vecinos, sólo pasan… y no regresan.
San Antonio la Isla: cuando el agua también huele
En San Dimas, una comunidad de San Antonio la Isla, la escena es aún más cruda. No se trata solo del agua: son las aguas negras, el hedor que perfora la garganta, los mosquitos, las lombrices que reptan sobre el pavimento cuarteado.
“Hace tres años perdí como dos mil pesos en mercancía”, recuerda una locataria de papelería, sin dar su nombre. La voz le tiembla de memoria, pero habla con firmeza. Cada temporada de lluvias es un ritual de prevención: colocar cajas en lo alto, dejar el piso libre, rogar que el agua no llegue más alto que el zaguán.

El problema, explica, está en un tubo de PVC que hace las veces de drenaje principal. “Es un tubo delgado, mal puesto, viejo”, dice. “Y cada que pasa un camión, el piso se cimbraba. Es un riesgo latente que nadie quiere ver”.
Autoridades ausentes, comunidad presente
Los testimonios coinciden: la última vez que alguien del Ayuntamiento apareció fue cuando Lizeth Sandoval, expresidenta municipal, vino a ver “de qué se trataba el problema”. Prometió soluciones, escuchó quejas, sonrió para la foto… y no volvió. La administración actual, señalan los vecinos, ni siquiera ha intentado asomarse.
“Ni cloro nos dan para limpiar”, suelta la misma mujer de la papelería, con una mezcla de rabia y resignación. “Todo lo hacemos entre nosotros, con lo que podemos. Reunimos dinero, compramos cosas, porque si no lo hacemos nosotros, nadie lo hace”.



Lo que más indigna, más allá del agua, es el olor. Fétido, persistente, enfermizo. Los médicos del centro de salud ya lo saben: en tiempo de lluvias aumentan los casos de infecciones gastrointestinales y problemas oculares. Lo dicen los vecinos, lo constata el ambiente.
Lodo, lombrices y rutina
Durante un recorrido por la zona, la postal se repite: charcos estancados con aguas oscuras, esquinas donde el hedor obliga a taparse la boca, niños que juegan esquivando el fango, comerciantes que abren sus cortinas como si no pasara nada.
Pero sí pasa. Pasa cada año. Y cada trueno en el cielo es un anuncio que los pone en alerta. Porque saben que, tras el primer relámpago, empezará de nuevo la lucha. La del agua contra las casas. La de la dignidad contra el abandono.


Y entonces, como todos los años, se repite la escena: el cielo se encapota, el aire huele a tierra mojada, y Calimaya y San Antonio la Isla se preparan para resistir. Solos.


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