Para todos los seres humanos, vivir implica satisfacer necesidades. Las más básicas son, por ejemplo, comer, descansar, sentirse seguro o pertenecer a un grupo. Pero, con el paso de los siglos, nuevas necesidades emergen y, consecuentemente, sus satisfactores también. Por ejemplo, la vida en las grandes ciudades genera la necesidad de movilidad: ¿cómo desplazarse para ir al trabajo, para adquirir víveres, para acudir a la escuela o al médico? Eso deriva en sentir la necesidad de contar con un vehículo o de hacer uso de medios de transporte.
Hoy en día, en la tercera década del siglo XXI, el ser humano ha desarrollado una necesidad muy peculiar: la de mantenerse «conectado» para no sentirse excluido digitalmente. Hay incluso quienes han dejado de simplemente conectarse a la internet para pasar a «habitar» en ella. Así, lo que inició como una herramienta para satisfacer la necesidad de comunicación, ha detonado la emergencia de otra necesidad más compleja, de carácter psicobiológico.
Los algoritmos han dejado de ser meros bibliotecarios para convertirse en los arquitectos de nuestra realidad social, aprovechando nuestra sensación de necesidad de escapar de la exclusión digital.
Estamos hablando de una necesidad que no tiene que ver solo con lo técnico, sino también con lo emocional, cimentada en el miedo a la exclusión digital o FOMO (Fear of Missing Out). Sin embargo, mantener la puerta abierta permanentemente al flujo de información nos expone a nuevos riesgos, porque ya hace bastante tiempo que la internet dejó de ser neutral. Un muy reciente estudio publicado por la revista Nature nos revela que los algoritmos son auténticos arquitectos de nuestras redes sociales digitales. Sí, orientan deliberadamente lo que vemos, lo que nos informa, lo que nos orienta y, ello, tiene consecuencias a nivel social y político.
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De acuerdo con dicho estudio, basado en un seguimiento a miles de usuarios activos de la red social X (antes Twitter, propiedad del multimillonario Elon Musk), los algoritmos han dejado de ser meros bibliotecarios para convertirse en los arquitectos de nuestra realidad social, aprovechando nuestra sensación de necesidad de escapar de la exclusión digital. Lo que hacen es moldear, con una precisión quirúrgica, agendas políticas y preferencias ideológicas.
La necesidad de pertenencia es un impulso humano fundamental. Pero en el entorno digital, este impulso se traduce en una vigilancia constante de los flujos de contenido en las redes. El individuo moderno teme que, al desconectarse, perderá el «pulso» de la tribu, quedando fuera de la conversación que define su identidad social. Este estado de alerta permanente genera una plasticidad cognitiva que los sistemas de recomendación, como el de la plataforma X, explotan sistemáticamente.
El experimento demostró que el algoritmo de X no solo refleja las preferencias del usuario, sino que las empuja activamente hacia el espectro conservador.
Cuando un usuario entra en la pestaña «Para ti», no está buscando ideología, sino relevancia y conexión. Es aquí donde el algoritmo interviene como un sutil ingeniero social. Al prometer «relevancia» para mitigar el miedo a la exclusión, el sistema selecciona qué fragmentos de la realidad deben ser visibles, creando una arquitectura de red que, según la evidencia científica más reciente, no es en absoluto imparcial. Es entonces que un sesgo termina estructurando nuestra percepción del mundo.
El estudio de Nature sobre los efectos políticos del algoritmo de X aporta una prueba irrefutable de esta manipulación deliberada. El experimento demostró que el algoritmo de X no solo refleja las preferencias del usuario, sino que las empuja activamente hacia el espectro conservador. Específicamente, demostró que la exposición al algoritmo aumentó la probabilidad de ver contenido de derecha en 20 %, mientras que el contenido de izquierda apenas recibió un impulso marginal de 3 %.
Más crítico aún es el desplazamiento en las prioridades políticas. Los usuarios expuestos al feed algorítmico durante apenas siete semanas empezaron a otorgar mayor importancia a temas tradicionalmente alineados con la agenda republicana, como la inmigración y la inflación, y desarrollaron visiones significativamente más críticas hacia las instituciones judiciales y la política exterior.
Se puede asegurar, entonces, que el algoritmo no solo cambia lo que vemos, sino a quién seguimos. Hoy ya sabemos, gracias a este estudio, que el sistema de recomendación de X prioriza a los activistas políticos por encima de los medios de comunicación tradicionales. Al degradar las noticias verificadas en un 58 % y potenciar los posts de activistas en un 27 %, el algoritmo obliga al usuario a construir una red de contactos sesgada para darle la sensación de que se mantiene «conectado» a la conversación.
Este fenómeno crea un efecto de «trampa permanente». Incluso si el usuario decide volver a un feed cronológico, la red de personas a las que sigue ya ha sido alterada por las sugerencias previas del algoritmo. La necesidad de no quedar excluido llevó al usuario a aceptar estas nuevas conexiones, consolidando una burbuja ideológica que persiste mucho más allá de la sesión digital.
La implicación de estos hallazgos es profunda: la democracia se está librando en un campo de batalla donde uno de los bandos tiene el control de la gravedad. Si la conectividad constante es el oxígeno de la vida moderna, el algoritmo es el filtro que decide cuánto de ese oxígeno es puro y cuánto está cargado de una narrativa específica.
Ya estudios previos habían revelado que el impacto de estos algoritmos en la «polarización afectiva» (el odio hacia el oponente) es equivalente a un cambio que normalmente tomaría tres años de evolución social orgánica. El algoritmo acelera la radicalización al recompensar el contenido emocionalmente cargado y polarizante, que es el que genera mayor compromiso (engagement) y, por ende, mayor sensación de «estar conectado».

Hay que decirlo: el ser humano, en su deseo de no ser excluido del mundo digital, ha entregado las llaves de su percepción a sistemas opacos que favorecen agendas específicas, predominantemente de corte conservador en el caso de X. El estudio de Nature (2026) actúa como una advertencia final: los algoritmos no son herramientas pasivas; son actores políticos con la capacidad de mover el centro de gravedad de una sociedad en cuestión de semanas.
Para recuperar la autonomía, es necesario trascender la necesidad neurótica de conectividad y demandar una transparencia algorítmica total. La libertad de expresión de la que tanto se habla en estas plataformas carece de sentido si la «libertad de alcance» está predeterminada por un código que nos empuja hacia una visión del mundo diseñada para mantenernos enganchados y, en última instancia, divididos.

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