Hay preguntas que parecen simples pero que, con el tiempo, terminan convirtiéndose en rutas de vida. Para Andrea Yazmín Guadarrama Lezama, una de ellas surgió desde muy pequeña: preguntarse a qué saben los alimentos y si todas las personas los perciben de la misma forma. Esa curiosidad temprana, combinada con años de estudio y trabajo en laboratorio, la llevó a construir una trayectoria que hoy es reconocida con el Premio Talento: Jóvenes Científicos e Investigadores.
La investigadora de la Facultad de Química de la Universidad Autónoma del Estado de México fue galardonada por el Gobierno del Estado de México, a través de la Secretaría de Educación, Ciencia, Tecnología e Innovación y el Consejo Mexiquense de Ciencia y Tecnología (COMECyT), por su trayectoria de más de una década dedicada a la encapsulación de compuestos bioactivos con aplicaciones en la alimentación humana.
Una vocación que empezó con preguntas
Desde niña, Andrea recuerda, ser especialmente curiosa y observadora. Le interesaban tanto las preguntas sobre los alimentos como los conocimientos científicos y culturales, como descubrir que la civilización maya desarrolló conceptos como el número cero o la geometría perfecta de las pirámides. También e interesaba entender sobre los sabores y si todas las personas los percibimos de la misma manera. Más adelante, el contacto con laboratorios durante su formación escolar reforzó su interés por observar y experimentar, lo que la llevó a inclinarse por las ciencias naturales y exactas.
Ese gusto por explorar se mantuvo durante su etapa universitaria, cuando encontró en la Biblioteca de la Facultad de Química de uno de sus espacios favoritos para estar, estudiar, buscar información y disfrutar de su hermoso vitral, además del laboratorio, donde pasaba buena parte de su tiempo.
Una anécdota universitaria que recuerda con mucha particularidad es la vez que dejó una botella con un halógeno cerca de una ventana. La botella explotó y todos se llevaron un gran susto, pero afortunadamente todos resultaron ilesos.

La vida entre matraces y microscopios
Con el paso de los años, esa inclinación se transformó en una carrera dedicada a la investigación, un camino que ella siempre deseó. Guadarrama Lezama señala que lleva alrededor de 12 años adscrita a la Facultad de Química y cerca de una década enfocada específicamente en el tema de encapsulación. Se decidió por los estudios in vitro debido a un experimentó que en el que probaron nitritos de jamón en una pequeña rata y los resultados para el animal no fueron muy favorables, pues le dejó un pequeño tumor y la experiencia no le pareció nada grata. Sin embargo, aún conserva una enorme fascinación por conocer lo que hay dentro de los seres vivos, pero sin la parte experimental.
En el laboratorio, explica, se realizan múltiples mezclas con el objetivo de encapsular microorganismos, bacterias probióticas, levaduras y compuestos bioactivos como antioxidantes, compuestos fenólicos y antocianinas. El propósito es diseñar sistemas que permitan proteger estas sustancias para que mantengan su actividad biológica durante su paso por el estómago y lleguen al intestino en condiciones óptimas.
Encapsular implica contener estos compuestos dentro de matrices de polímeros. Para ello se utilizan metodologías como el secado por aspersión, mediante el cual se obtienen micro o nano cápsulas en forma de polvo, así como la gelación iónica, que permite formar cápsulas de mayor tamaño.
A simple vista pueden parecer pequeñas esferas, pero detrás de ellas hay procesos que buscan mejorar la calidad de los alimentos y, en consecuencia, contribuir a la calidad de vida de las personas.
Aprender de los retos
La investigadora reconoce que el trabajo científico está lleno de contrastes: días en los que los resultados llegan como se esperaba y otros en los que los experimentos deben repetirse. Esa dinámica, afirma, forma parte del aprendizaje y de la naturaleza misma de la investigación.
Recuerda también que, al terminar la licenciatura, incluso habilitó un pequeño laboratorio en casa donde realizaba experimentos, principalmente con levaduras, y donde compartía su entusiasmo con sus sobrinos, quienes se interesaban por conocer lo que ocurría en ese espacio. Ahora uno de ellos está muy próximo a graduarse de la universidad de la licenciatura de Ciencia y Tecnología de Alimentos.
Durante la pandemia, cuando muchos laboratorios permanecieron cerrados, volvió a recurrir a ese espíritu de adaptación: continuó realizando experimentos en casa y escribiendo artículos, en un periodo que describe como complejo pero que fortaleció su convicción de seguir adelante en la ciencia.

Más allá del laboratorio
Después de largas jornadas entre mezclas, polímeros y microscopios, Andrea encuentra equilibrio en actividades que la conectan con lo cotidiano. Cuenta que una de las primeras cosas que piensa al terminar el trabajo es salir a correr con su hijo, una experiencia que describe como profundamente significativa y que le permite compartir la curiosidad por el entorno.
En esos momentos, pueden pasar tiempo en el parque observando la forma y el color de las hojas, la estructura de los árboles o incluso detalles pequeños como la presencia de hormigas; ejercicios simples que reflejan la misma mirada atenta que caracteriza su trabajo científico.
Caminar, observar la naturaleza y convivir con otras personas forman parte de su rutina fuera del ámbito académico. También disfruta conversar, aprender de distintos temas y explorar áreas como la psicología. A lo largo de su formación ha estudiado tres idiomas y tiene como objetivo continuar aprendiendo, particularmente perfeccionar el chino mandarín.
Entre sus actividades de descanso también están ver series, tejer y pasar tiempo con su perro, espacios que le permiten mantener una vida tranquila y equilibrada. Considera importante recordar que las personas dedicadas a la ciencia también tienen intereses y dinámicas personales más allá del laboratorio.
En los últimos años, señala, ha descubierto la importancia del autocuidado y del aprendizaje mutuo con sus estudiantes, de quienes reconoce recibir nuevas perspectivas y conocimientos, especialmente en herramientas tecnológicas. Para ella, motivar a las nuevas generaciones a interesarse por la ciencia y asumir la responsabilidad de construir un mundo mejor es una parte esencial de su labor.
La ciencia es para contribuir
Para Guadarrama Lezama, su trabajo tiene un objetivo claro: mejorar la calidad de los alimentos y, con ello, la calidad de vida de las personas. Considera que la química no solo aporta conocimientos técnicos, sino también disciplina y una manera de entender que los procesos requieren tiempo y pueden perfeccionarse continuamente.
Para ella, la ciencia no solo implica desarrollar soluciones, sino también formar personas con pensamiento crítico y compromiso con su entorno.


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