■ La renuncia como síntoma;
■ ¿Debe irse o sostenerse?;
■ A la sociedad no le importa el nombre;
■ El silencio como aprendizaje;
■ La consolidación del poder.
La renuncia como síntoma
Lo ocurrido alrededor de Daniel Sibaja no es un hecho administrativo, sino un síntoma político. En sistemas de poder funcionales, las renuncias no se filtran: se anuncian. Cuando una salida circula primero como versión mediática y no como acto de gobierno, lo que se prueba no es el cargo, sino la capacidad de imponer un relato. La respuesta institucional —silencio del Ejecutivo y normalidad operativa del secretario— no fue omisión, fue disputa de marco. Desmentir habría validado la pregunta; ignorar la relegó a su escala real. Por eso, el episodio no escaló ni tocó calle: no alteró gobernabilidad ni resultados. La pregunta correcta no es si se va, sino para qué sirve que parezca que se va.
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¿Debe irse o sostenerse?

La pregunta inevitable no es política, es funcional: ¿el desempeño de Daniel Sibaja justifica su permanencia? En movilidad no se evalúa intención, sino fricción social: tarifas, orden del transporte, control de concesiones, seguridad y tiempos. Hay banderas visibles y anuncios, pero también costos políticos acumulados que pesan en la calle y entre operadores. Eso vuelve al cargo sustituible, no imprescindible. Y en gobiernos que buscan estabilidad, mover una Secretaría de alta conflictividad solo tiene sentido si el relevo mejora la gobernabilidad. La política no premia sacrificios simbólicos; premia el control del daño.
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A la sociedad no le importa el nombre
La sociedad no discute secretarios, discute resultados. Para la mayoría, Daniel Sibaja es un nombre poco reconocible; lo que sí conoce es el precio del pasaje, el tiempo perdido y la inseguridad del trayecto. Por eso, la versión de su renuncia no generó conversación social ni presión pública: no tocó experiencia cotidiana. Cuando un funcionario es central para la gente, su salida provoca reacción; cuando no, el ruido se queda en élites y redacciones. Esa indiferencia es un dato duro. Indica que la agenda relevante está en corregir el sistema, no en mover fichas.
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El silencio como aprendizaje

En la política mexiquense, el silencio no es vacío: es disciplina. Tras la detención de Isidro Pastor, operador histórico del viejo sistema, el mensaje fue claro: cuando el pasado se vuelve expediente, bajar el perfil es sobrevivir. Después de ese episodio, Arturo Montiel optó por desaparecer del debate público. Hoy, Higinio Martínez, cabeza de Mexiquenses de Corazón y crítico del gobierno estatal, parece recorrer una ruta similar: moderar el discurso y explorar la reconciliación. No es coincidencia. Es la fórmula que el poder impone cuando decide ordenar: menos estridencia, más permanencia.
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La consolidación del poder
El arranque de 2026 confirma un dato que muchos subestimaron: Delfina Gómez llega al año tres con los hilos del poder en la mano. Control político, conducción administrativa y una aceptación social alta, sostenida más por resultados que por discurso. Fallaron quienes apostaron por su desgaste temprano o la imaginaron débil, rehén de grupos o incapaz de ordenar el aparato estatal. Ocurre lo contrario: el sistema se alinea, las tensiones se procesan y el ruido se reduce. En el Estado de México, la cúspide no se alcanza con estridencia, sino con estabilidad. Delfina no solo resistió: se consolidó.

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