En el Estado de México los llamados “gestores sociales” se venden como salvadores de colonias marginadas, pero en realidad son el disfraz de mafias locales que hacen negocio con la necesidad. Ofrecen agua, luz, transporte o seguridad donde el Estado falla, pero lo cobran con cuotas, control de tierras, favores políticos y votos cautivos. Esa fórmula no es nueva: la inventó Antorcha Campesina, organización que convirtió la pobreza en capital de negociación y que, aunque disminuida, sigue viva en mercados, transporte, vivienda irregular y universidades. De Antorcha aprendieron otros: cómo mezclar dádiva y extorsión, fiesta patronal y predio invadido, movilización popular y pacto con el gobierno en turno. Hoy, muchos replican el molde sin siquiera ocultarse, porque saben que la impunidad es la constante del sistema. Y ahí está el dilema: mientras esa herencia siga intocada, Edomex no se libra de sus “batichicos”, apenas cambia de uniforme el viejo clientelismo.
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Sánchez Isidoro, el paradigma priísta
La historia del clan Sánchez Isidoro en Coacalco es una radiografía de cómo las mafias locales se visten de política. Bernardino, patriarca del grupo, empezó como líder de tianguis y cobrador de cuotas; pronto levantó un imperio de control territorial, escoltas armados y favores clientelares que mezclaban violencia con “gestión social”. De ahí al poder público hubo un solo paso: el PRI lo integró como regidor y después sus hijos ocuparon la presidencia municipal en distintos periodos, heredando no solo el apellido sino también las redes de negocios, transporte, mercados y colonias irregulares. Lo que nació como cacicazgo ambulante se convirtió en dinastía institucional, legalizada por las urnas y normalizada por partidos necesitados de votos. La moraleja es inquietante: el modelo antorchista no solo sobrevive, también se recicla en apellidos que se presentan como autoridades mientras arrastran consigo la misma lógica de presión, dádiva y coacción.
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El costo estructural de los pactos en Ecatepec
En municipios como Ecatepec el poder formal nunca ha sido suficiente para gobernar. Los alcaldes, sin importar partido, han debido negociar con estructuras paralelas que ejercen control real: Los 300 en unas zonas, La Chokiza en otras. Fernando Vilchis, hoy diputado, y Azucena Cisneros, actual alcaldesa, representan la contradicción de Morena: llegaron con la promesa de cambio, pero reprodujeron la práctica de pactar con quienes gestionan necesidades básicas y al mismo tiempo delinquen. La consecuencia es doble. Por un lado, el municipio quedó atrapado en una red de impunidad donde la línea entre Estado y crimen se diluye; por otro, los propios actores políticos cargan con la fragilidad de depender de grupos ahora perseguidos legalmente. La epistemología del caso revela lo obvio: cuando la legitimidad se compra con estructuras ilegales, el resultado no es gobernabilidad sino vulnerabilidad, y la factura política se paga en descrédito y en la imposibilidad de sostener un proyecto de transformación duradero.
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Los intereses del clan Madrazo-Hank en Edomex
El clan Madrazo-Hank aprendió a convertir la política en empresa y el Estado en cliente cautivo. Su sello en el Edomex ha sido triple: la proveeduría de medicinas e insumos hospitalarios, el control de contratos de obra pública y la diversificación en servicios financieros. Desde hace décadas, empresas vinculadas al grupo abastecen hospitales, clínicas y programas sociales con sobreprecios y monopolios de distribución, mientras constructoras ligadas al mismo entramado ejecutan carreteras, centros de salud y obras municipales con presupuestos inflados. A la par, bancos, arrendadoras y compañías financieras asociadas a ese clan han capturado flujos del erario mediante créditos, seguros y esquemas de financiamiento público. El patrón es constante: gobiernos cambian, pero las redes sobreviven, adaptadas a cada administración. La consecuencia es estructural: la salud, la infraestructura y hasta las finanzas públicas terminan subordinadas a intereses privados que operan como clanes, vaciando de sentido cualquier discurso de transformación.
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ISSEMyM y la sombra de Manzanedo
El colapso administrativo del ISSEMyM tiene nombre y rostro: Alfonso Rodríguez Manzanedo, actual coordinador de Administración y Finanzas. Funcionario reciclado de sexenio en sexenio —fue director de Finanzas del ISEM con Eruviel Ávila, siguió con Alfredo del Mazo y hoy opera bajo la administración de Delfina Gómez— representa la continuidad de un sistema de compras corrompido que nunca se ha roto. Bajo su gestión se iniciaron diez hospitales que siguen inconclusos, con sobrecostos millonarios, como el de Coacalco. También autorizó contratos fallidos como el de Medical IT por 185 millones para servicios de imagenología en el Centro Médico Arturo Montiel, incumplido sin sanciones reales. A la lista se suman proveedores beneficiados de forma recurrente —Marfer, Zdenko, Thomasant, Instrumedical, Inovamedik— en procesos plagados de opacidad. La secretaria de la Contraloría, Hilda Salazar Gil, tiene ahora la oportunidad histórica de exponer y sancionar estas inercias. La consecuencia epistemológica es evidente: mientras perfiles como Manzanedo sigan intocados, el ISSEMyM será sinónimo de corrupción estructural, y la salud de los trabajadores seguirá siendo rehén de redes privadas enquistadas en la gestión pública.


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