- La curva de aprobación;
- Lo que miden… y lo que construyen;
- Popularidad no es eficacia;
- La revolución será sin logotipo;
- El símbolo y el relato.
La curva de aprobación
La aprobación de Delfina Gómez no ha sido lineal, pero sí claramente ascendente. Arrancó en sus primeros meses con alrededor de 54 %. Para el verano de 2025, ya se movía entre 62 % y 64 %. En el otoño-invierno de ese año, tocó su techo: entre 65.6 % y 66.4 %. Y en enero-febrero de 2026 no cayó; se mantuvo en una franja cercana al 66 %. No es un pico aislado. Es una banda estable alta en un territorio históricamente complejo. En el Estado de México, sostener crecimiento en percepción pública no es casualidad, es gobernabilidad.
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Lo que miden… y lo que construyen
Las encuestas no son fotografía neutra, son herramienta política. Una aprobación por encima del 65 % no solo describe percepción, también la consolida. Proyecta estabilidad, reduce incertidumbre y ordena el debate público. Pero la demoscopia tiene límites: mide ánimo coyuntural, no profundidad estructural. El dato importa menos que la tendencia y su consistencia. En el Edomex, las encuestas no solo registran opinión; construyen percepción.
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Popularidad no es eficacia
Una aprobación alta no equivale automáticamente a resultados estructurales. La popularidad mide percepción; la eficacia se mide en indicadores duros: seguridad, movilidad, agua, empleo, servicios. Un gobierno puede sostener respaldo ciudadano mientras enfrenta inercias históricas difíciles de desmontar. La popularidad estabiliza; la eficacia transforma. En una entidad con rezagos profundos, la pregunta no es si se gobierna con buena evaluación, sino si esa evaluación se traduce en cambios medibles.
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La revolución será sin logotipo
La nueva trinchera de la oposición no está en el Congreso; está en el clóset. Como no logran desmontar políticas, desmontan etiquetas. Chamarras Moncler, chalinas Fendi, viajes familiares. La “fashion patrol” crece cada semana. No se discute presupuesto, se discute marca. La crisis es tan profunda que el adversario dejó de ser ideológico y se volvió estético. La política convertida en pasarela es síntoma de una oposición sin proyecto.
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El símbolo y el relato

La izquierda, históricamente, construyó su identidad en oposición al privilegio. No solo como programa económico, sino como estética moral. La austeridad no era política pública; era símbolo de distancia con la élite. Por eso, el tema no es la chamarra, es lo que representa. Cuando alguien que viene de trayectorias menos privilegiadas alcanza el poder, aparece la compensación simbólica: el objeto visible funciona como prueba íntima de logro. No es necesariamente ostentación; es confirmación. Pero en política los símbolos pesan más que las intenciones. La izquierda obtiene legitimidad de la coherencia entre discurso e identidad. Si adopta códigos asociados históricamente al privilegio que criticó, genera disonancia en su propia base. El riesgo no está en la tela; está en el relato. Cuando el símbolo contradice el discurso, el discurso se debilita.

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