El narco es un sustantivo que hemos construido con retazos de historias. Hoy lo empleamos de manera ordinaria y generalizada en el habla y en las narrativas privadas y públicas. Muchos vimos, hace un par de semanas, a un sujeto, en las tribunas del estadio de fútbol del Toluca, amenazar con «todo el narco de Michoacán» en contra de alguien.
La frase, empleada en tono de amenaza por un sujeto iracundo, alcoholizado y retirado por la policía mientras vocifera. Invoca un «mundo» en el que están insertos todos los pedazos de historias que hablan de muerte, dinero, armas, violencia, poder, corrupción, tortura, abuso, extorsión, drogas, secuestro, balaceras, bombas, locura, lujos, desenfreno, levantones, capos, sicarios, trocas, cuernos de chivo, carteles, lealtades, traiciones, jale, fiestas y más.

¿Realidad o narración?
El «mundo» del que hablamos es real, pero sobre todo es narrado. En la realidad existen personas que trafican drogas, portan armas, ejercen violencia y despliegan su poder en diversas regiones. En las narrativas puede sonar así: «dicen que venían del sur, en un carro colorado, traían 100 kilos de coca, iban con rumbo a Chicago«. Realidad y narrativa se articulan de manera compleja en los corridos, en los reportajes, en las películas, en los expedientes judiciales, en los libros, en los documentales, en las carpetas de investigación, en las redes sociales y nos arrojan un híbrido: narco.
Ya no es solo un adjetivo que se aplica a quien trafica con droga; ahora es un sustantivo que tiene existencia real. Pero no es una existencia simple. Es una maraña con hilos que lo mismo conducen al Cochiloco y al Benny que al juicio del Chapo o a la muerte de Camarena. Entremezclados están los libros de Jesús Blancornelas y de Anabel Hernández, las películas de los Hermanos Almada, la «operación leyenda» de la DEA, la sentencia contra Caro Quintero, las series del Patrón del Mal o del Señor de los Cielos o el corrido del «Señor de los Gallos» cuando dice: «desde morrillo me gustó chambear; ya todos somos malandros, todos portamos pistolas; recuerdos de la Sánchez, nunca los voy a olvidar…».

¿A quién le funciona la idea del narco poderoso?
Los retazos de historias con que está hecho el narco cumplen una función clara: ideologizar. Al traficante le sirve la idea de que es poderoso y puede ser violento; a la fiscalía le es útil la idea de que hay organizaciones delictivas que busca desmantelar.
A la DEA le reporta utilidad la idea de los perniciosos cárteles que se deben combatir. A la policía le interesa la idea del poder de fuego contra el que se enfrentan; el político impulsa la idea de la amenaza a la seguridad nacional. El reportero arma sus notas con la idea de revelar las redes de complicidad. Al compositor musical le inspiran las ideas de personajes legendarios. Al guionista le apoyan las ideas de intriga, traición y aventura; y al grueso de la población se le entrega una amalgama poliédrica que lo mismo sirve para emborracharse sintiéndose «belicoso», que para emocionarse con una serie, atemorizarse frente a la camioneta de vidrios polarizados o indignarse por los «narcopolíticos».
Hoy, tras décadas de hablar del narco, este no es solo un término policiaco o judicial, ya es demasiado social, demasiado histórico, demasiado narrado, para ser visto solo como un adjetivo.
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Es todo un contexto a partir del cual se pueden hacer muchas cosas. Se puede emplear para efectuar llamadas telefónicas y extorsionar bajo la amenaza de algún cártel que controla la plaza. O se puede emplear para presionar al gobierno de un país y desestabilizar una nación.
En efecto, desde alguna prisión, un recluso con teléfono celular en mano y un speech bien armado, marca a X número y a quien contesta le hace saber que «el jefe de plaza» necesita que le haga una transferencia a cambio de no causarle daño. El que haga alusión a los elementos que remiten de inmediato al narco. Genera temor en la persona que es objeto de la extorsión y, probablemente, acceda a entregar dinero.
Lo que se construye con las narrativas
Pero del mismo modo la DEA emplea dicho correlato para «construir casos»: tiene una sospecha de que X político (regularmente incómodo para los intereses norteamericanos) está ligado al tráfico de drogas y lo fija como objetivo para, enseguida, reunir elementos que le permitan construir una historica con la cual acudir a un juez y presentar cargos.
No hace mucho, un presidente de la República ocupó ese correlato del que hablamos para declarar una guerra (interna) y detonar una espiral de violencia que hasta la fecha padecemos. Sin el correlato de “el narco” no hubiera tenido forma de justificar gastos, operativos, masacres, detenciones, desapariciones o «daños colaterales».
Décadas después, el mismo partido que impulsó a dicho presidente, hizo compaña negra en redes sociales con los hashtags «#narcopresidente», «#narcocandidata» y «#narcoestado». El uso que hacen del término narco es el mismo del borracho que amenazaba en las tribunas del estadio: invoca un «mundo» que hemos construido con pedazos de historias, que lo mismo suman filtraciones de la DEA, que corridos tumbados, series televisivas o reportajes. Así es como hemos construido al narco y hoy nos provee las ideas con las cuales solemos mirar la realidad nacional.

