Bullying electoral y otros males de campaña

La arenga puede crear convicción. Pero también fanatismo. Puede alentar a la acción cívica. Pero también inducir a la violencia. Puede sostener ideas claras. Pero también es capaz de propagar los peores prejuicios. Puede crear un vislumbre de futuro. Pero, en su expresión espejo, puede también constituirse en una ruta primitiva. Y de entre todas las arengas, son las campañas de odio las más peligrosas. Son fáciles de comunicar y logran con mucha eficacia incitar conductas de agresión: verbales y físicas. Cuenta la leyenda que, cuando la Alemania Nazi ya se sabía perdida, el psicótico Goebbels pronunció su más mortífero
abril 15, 2017

La arenga puede crear convicción. Pero también fanatismo. Puede alentar a la acción cívica. Pero también inducir a la violencia. Puede sostener ideas claras. Pero también es capaz de propagar los peores prejuicios. Puede crear un vislumbre de futuro. Pero, en su expresión espejo, puede también constituirse en una ruta primitiva.

Y de entre todas las arengas, son las campañas de odio las más peligrosas. Son fáciles de comunicar y logran con mucha eficacia incitar conductas de agresión: verbales y físicas.

Cuenta la leyenda que, cuando la Alemania Nazi ya se sabía perdida, el psicótico Goebbels pronunció su más mortífero discurso. Llamó a los jóvenes y a través de ellos a todo el pueblo germano a la guerra total. “¡Pueblo! ¡Levántate y haz que la tormenta se desate!”.

Las campañas de odio son también actos deliberados de manipulación. No se busca con ellas sólo el desprestigio del contrincante, sino la aniquilación de su imagen pública.

En la Legislatura local, se habla de viejas recetas para el manejo de los adversarios políticos. Primero se les ignora. Luego se les ridiculiza. Finalmente, tendidos ya en la debilidad, se les puede aplastar.

Pero es en la campaña electoral que estas prácticas se vuelven notables con el día a día. Es conocido que una de las áreas ordinarias de los equipos de campaña, aunque no de todos, es la que se dedicará a las campañas negras o “guerra sucia”.

Y así, a través de diversos medios, impresos o digitales, se busca divulgar información, falsa o verdadera, de asuntos que generarán el desprestigio del adversario.

Y allí va de todo: asuntos públicos, personales, privados y aún íntimos, son expuestos a una opinión pública hambrienta de la jugosa carne de la morbosidad. Difama y algo quedará. Y la difamación tiene una hermana gemela: la intimidación.

Quizás uno de los episodios paradigmáticos de todo ello se dio en el proceso electoral por la presidencia de la República del 2006. “López Obrador es un peligro para México”. Parece que la expresión no es gran cosa, sin embargo llevó a los crédulos de la publicidad al miedo y al odio. Creó polarización. Provocó confrontación. Dividió.

El proceso electoral del 2006 ya no estaba en el terreno de los proyectos o las ideas políticas. Había bajado a una zona mucho más oscura y primitiva. Una en la que se piensa más en términos de supervivencia.

El actual proceso por la gubernatura no parece estar planteado para generar estos niveles de confrontación y violencia. Hasta ahora. Sin embargo, ya ha registrado casos preocupantes sobre la forma como es mirada la elección.

¿A quién toca garantizar la seguridad en la contienda? ¿Quién juzga si el discurso incita a la violencia? ¿Quién determina si la calificación es descalificación, difamación u ofensa? ¿Si para eso no está la autoridad electoral entonces para qué sirve? ¿Cuál es el límite de la libertad de expresión en tiempos electorales?

El caso Xóchitl Gálvez es el más notable. La delegada llega a un mercado público para hacer su proselitismo. Un líder local, presuntamente vinculado al PRI, intenta evitarlo. Hay discusión y luego golpes. La activista sale corriendo del lugar. Perseguida.

Esto provocó una protesta del PAN y el INE demandó ya al gobierno del Estado de México garantizar la seguridad de los candidatos en el desarrollo del periodo de campañas electorales.

Un escalón más abajo está la violencia verbal. De eso sí hay mucha muestra. Y a pesar de las quejas presentadas, de la inconformidad por actos de descalificación, agresión o franca discriminación, el INE, que es la autoridad responsable, el árbitro, a través de su presidente, Lorenzo Córdova, ha dicho que el nivel de la contienda es responsabilidad de los participantes.

Se ha lavado las manos desplazando estos eventos al terreno de lo moral y no de lo legal. A pesar que un acto de violencia verbal o uno de difamación, tiene eco pleno en términos jurídicos.

Y… Si no es al INE o al IEEM ¿A quién toca garantizar la seguridad en la contienda? ¿Quién juzga si el discurso incita a la violencia? ¿Quién determina si la calificación es descalificación, difamación u ofensa? ¿Si para eso no está la autoridad electoral entonces para qué sirve? ¿Cuál es el límite de la libertad de expresión en tiempos electorales? Como dicen… Malditas dudas.

… Más que un cambio. La esperanza se vota. Estoy de tu lado. Zepeda sí puede… Fuerte y con todo. Esta última de la campaña del candidato priísta, Alfredo del Mazo, resulta una arenga avasallante. Mas si osare. Facha.

El gobierno del Estado de México ha dicho ya que está en la posibilidad de garantizar la seguridad en el desarrollo de los comicios y que, hasta el momento no ve ningún foco rojo.

Sin embargo, a poco más de una semana ya se registran episodios. El caso Gálvez es uno de ello. También el buleo sostenido y creciente en contra de la candidata de Morena, Delfina Gómez, a quien se ha calificado de marioneta. Títere y demás.

Se ha presentado una queja ante el INE, incluso por actos de discriminación, pero no pasó nada con ella. Ahora, el asunto está en manos del IEEM.

Las campañas son cabronas. Dice Gálvez. Es responsabilidad de los actores. Dice Córdova. Y esto significa que, la violencia que pueda generarse durante los actuales comicios, incluyendo campañas negras o de odio, serán cosa de los partidos y candidatos y no habrá, instancia alguna, que pueda sancionar la consecuencia.

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