El cártel de los espectaculares
En el Estado de México opera desde hace años una pandilla de bribones disfrazada de empresarios: el cártel de los espectaculares. Manejan cientos de millones de pesos mensuales colocando estructuras ilegales sobre camellones, puentes y terrenos públicos sin permisos ni pagos, como si el espacio fuera suyo. Son vivales de cuello sucio, ligados al viejo régimen priísta, protegidos por omisiones y pactos de silencio. No hay concesión, ni ley, ni registro: todo es invasión. Las estructuras se plantan de noche, se rentan en efectivo y nadie responde. El nuevo gobierno promete desmantelar esta red de hampones visuales que privatizó el aire y lo convirtió en negocio sucio. Pero desmontar el cártel implica tocar a quienes se han sentido impunes durante décadas, a los que con una barda y un tubo creen que compraron el paisaje.
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El fiscal y el espejo equivocado
El fiscal general de Justicia del Estado de México muestra avances medibles: operaciones relevantes, investigaciones que no se archivan por costumbre y una institucionalidad que empieza a recuperar aliento. Pero su error no es técnico, sino político: actúa como si el encargo le perteneciera, cuando en realidad es un mandato temporal del pueblo, formalizado por el Congreso, pero sujeto al juicio social. Su legitimidad no está blindada: se renueva cada día con resultados, con integridad y con rendición de cuentas. Aun así, proyecta autoridad como si no debiera explicarse y comunica selectivamente, como si solo respondiera a su reflejo. La Fiscalía no es una torre: es una plaza pública. Y quien la encabeza debe entender que la justicia también se construye con confianza, con pedagogía y con transparencia. Nadie cuestiona su trabajo por capricho, pero sí por derecho. Y en eso —por ahora— falla con claridad.
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Redistribuir también es gobernar
Los datos del INEGI no discuten: confirman. El ingreso promedio por hogar sube, la pobreza por ingresos baja y los deciles más bajos son los que más ganan proporcionalmente. El mérito no es del mercado ni de la inercia: es de las políticas públicas que han redistribuido recursos como nunca antes en la historia reciente. A la derecha le incomoda, pero la evidencia pesa más que sus prejuicios. La 4T ha hecho en seis años lo que el viejo régimen priista no logró en cuatro décadas: mover la base de la pirámide. Lo ha hecho con transferencias directas, sin intermediarios, sin moches, sin favores. Pese a los ataques, pese al clasismo de quienes llaman “limosna” a lo que en realidad es justicia social, millones de familias mexicanas hoy tienen algo que antes no tenían: margen. Redistribuir no es regalar: es gobernar con sentido de país. Y los resultados ya no caben en discursos: están en los números.
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Barrera, desde la sombra del desastre
Donde sea que esté Carlos Eduardo Barrera, la pregunta es inevitable: ¿duerme tranquilo sabiendo que entregó a la UAEMéx en su peor crisis institucional en décadas? Porque el silencio con que hoy contempla —desde su cómodo asueto— el desorden que provocó, es tan elocuente como su impericia cuando ocupaba la Rectoría. La confrontación estudiantil, el descrédito del Consejo Universitario, la ausencia de legitimidad en la sucesión y la ruptura del tejido crítico no brotan de la nada: son el saldo de una gestión que confundió estabilidad con obediencia. Barrera gobernó con cálculo, designó con miedo y heredó un incendio. Hoy guarda silencio mientras el edificio cruje. Quizá lo haga por vergüenza, quizá por soberbia. Pero su nombre ya no está en disputa: está escrito al margen del desastre.
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Comunicar a medias
Quien no comunica no controla; y quien no escucha, se hunde. Si la universidad quiere recuperar autoridad moral, debe comenzar por hablar. De frente. Sin miedo. Pero la política de comunicación de la UAEMéx insiste en lo contrario: callar, censurar, decidir quién habla, cuándo, cómo y con qué palabras, como si ese control fuera parte de sus atribuciones legales. No lo es. Esa lógica autoritaria, heredada del rectorado anterior, convirtió la comunicación institucional en un muro de contención, incapaz de procesar el disenso y torpe para explicar incluso lo legítimo. La crisis que estalla hoy también es fruto de esa sordera sistemática, de ese empeño por ocultar el conflicto bajo boletines y sonrisas. Lo más grave es que esa estrategia continúa, y ya arrastra a Patricia Zarza, cuya rectoría corre el riesgo de parecer muda ante un desastre que exige voz firme. Si algo debe cambiar, es eso. Y debe hacerlo ya.


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