Cobijan a sus difuntos en Santa Ana Tlapaltitlán

Al panteón de la Soledad en Santa Ana Tlapaltitlán las familias llegan puntuales al caer la noche de cada 1 de noviembre, en procesión para acompañar durante toda la noche a sus familiares que llegan del mundo de los muertos. Atraídos por el olor a copal, fruta y  pulque que se les pone sobre su tumba, los espíritus de aquellos que ya se fueron regresan en su festejo de Día de Muertos. En esta delegación de Toluca, la velación se acompaña con un fogón al costado de la sepultura, una tasa de café e incluso con alguna canción como Ángel Mío, El
noviembre 2, 2015

Al panteón de la Soledad en Santa Ana Tlapaltitlán las familias llegan puntuales al caer la noche de cada 1 de noviembre, en procesión para acompañar durante toda la noche a sus familiares que llegan del mundo de los muertos.

Atraídos por el olor a copal, fruta y  pulque que se les pone sobre su tumba, los espíritus de aquellos que ya se fueron regresan en su festejo de Día de Muertos.

En esta delegación de Toluca, la velación se acompaña con un fogón al costado de la sepultura, una tasa de café e incluso con alguna canción como Ángel Mío, El Rey y Nadie es Eterno, que instrumentan los mariachis que acuden al festejo.

Aunque algunos como la familia de Maria Teresa Peña, prefieren pasar la noche entre rezos y platicas del abuelo que falleció para los nietos que no lo conocieron.

«Llegamos primero a esta tumba donde está mi papá y mis abuelos, ya después nos pasamos a donde están los otros abuelos, con un café y la fogata me siento a platicarle a mis hijas de su abuelo que ya no conocieron, es para que no se olviden esta tradición y que crean que si regresan los difuntos», relató Maria.

En el panteón cada tumba tiene su dueño, y cada familia acude un día antes para limpiar la hierba, adornar y reparar los daños de las lápidas.

El ritual debe seguirse durante todo el año, aseguran algunos, ya en la noche del día primero de noviembre, se debe acudir y con respeto colocar las flores y prender las ceras cada vez que se apaguen con el aire de la noche.

Según la creencia de Santa Ana, la comida que se coloca en los altares, no debe probarse, pues ya ha sido probada por los difuntos por lo que una vez que se termina la ofrenda, se debe tirar lo que se preparó.

«A mi papá le ponemos su tequila cada uno de mis hermanos y su caldo de pollo porque le gustaba mucho pero cuando pasa el Dos de Noviembre todo lo tiramos, sino queda un mal augurio», mencionó Juana Ortiz, quien también asistió al panteón.

En un rincón de la Soledad, se escucha a una familia que reza el Padre de Nuestro y el Salve, mientras que en otros hay risas y se oyen relatos de cómo vivió el que ahora se vela, y así cada cual reproduce la tradición a su manera pero todos coinciden en que durante la noche, se hacen acompañar de quienes vienen del otro mundo.

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