El desbordamiento del cauce del Río Hondo, Naucalpan en mayo evidenció décadas de ocupación irregular y planeación urbana deficiente. A mediados de junio de 2026, el riesgo persiste en colonias como Miramar y San Antonio Zomeyucan, donde los vecinos enfrentan la pérdida de su patrimonio entre carpas, escombros y medidas de contención provisionales.
El origen estructural de la crisis
El quiebre de las viviendas construidas en los márgenes del Río Hondo no comenzó con las lluvias de 2026. La ocupación histórica sobre terrenos inestables y las alertas de erosión datan de años atrás. En julio de 2025, a escasos 120 metros de la zona más afectada actualmente, dos casas colapsaron por la fuerza de la corriente, forzando un abandono definitivo.
Las autoridades municipales anunciaron en noviembre de 2025 un proyecto integral de saneamiento con una inversión de 70 millones de pesos, respaldado por fondos internacionales de Países Bajos. El objetivo apuntaba a la resiliencia climática y el tratamiento de aguas. Sin embargo, las medidas preventivas en el terreno, como el desazolve continuo y la contención de los márgenes en zonas de alto riesgo, resultaron insuficientes frente a la acumulación de basura y la intensidad pluvial.

El detonante del 11 de mayo
La tormenta de la noche del 11 de mayo de 2026 precipitó el desastre. Un tapón de basura y troncos en el puente de la avenida La Cima provocó el rebosamiento del cauce. La fuerza del agua socavó los cimientos de las estructuras ribereñas, dejando bases expuestas y fracturando losas.
Los datos de Protección Civil documentan el saldo inicial: 41 personas evacuadas de tres viviendas en riesgo inminente de derrumbe en San Antonio Zomeyucan. Las evaluaciones técnicas posteriores arrojaron un balance de 7 casas con alto riesgo de colapso, 25 domicilios dañados y 43 viviendas bajo revisión.
En la colonia Ampliación Miramar, un muro de contención cedió, desapareciendo tramos de la calle Leopoldo Vázquez por el arrastre de tierra y dejando al menos cuatro viviendas adicionales en vulnerabilidad directa.
Vivir en la zona cero: el impacto humano
Para las familias desalojadas, la pérdida es total y el futuro habitacional, incierto. María Mateo Cortés habitaba una de las viviendas severamente dañadas que ahora esperan demolición controlada. Tras ser desalojada junto a 20 familiares, su cotidianidad transcurre en la calle.
“En el día estamos aquí en las carpas y por las noches nos llevan a un hotel cercano para dormir. El personal del Ayuntamiento nos trae comida, agua y está pendiente de nosotros”, relata.
La mujer, quien padece diabetes y problemas cardíacos, señala la angustia de haber perdido el patrimonio de dos décadas: “Lo único que quiero es que me apoyen porque yo estoy sola, estoy enferma del corazón, tengo diabetes. ¿Y a mis nietos a dónde los voy a dejar?”.
El miedo se extiende a los predios colindantes. María del Pilar Santamaría, residente de la zona desde hace 60 años, observa las fisuras en la barda de contención de su calle.
“Quienes vivimos cerquita sentimos temor de que se vaya a derrumbar la barda, es un riesgo para todos los vecinos de la cuchilla. Al venir máquinas para la demolición, se va a sentir, corre el riesgo de que se venga abajo”.
María Delgado Arellano, otra habitante del sector, secunda la exigencia de un refuerzo urgente en la infraestructura perimetral que, tras 20 años de desgaste, cede ante la humedad.

La respuesta institucional y el riesgo latente
La reacción gubernamental se dividió en operativos de emergencia y labores de limpieza. El ayuntamiento de Naucalpan, a través de Protección Civil y el OAPAS, implementó el desalojo, entregó apoyos temporales de hospedaje y comenzó el retiro de cientos de toneladas de basura. A nivel estatal, el Grupo Tláloc de la CAEM y la Conagua intervinieron con maquinaria para liberar el flujo del río y realizar dictámenes técnicos.
A pesar de la movilización, los afectados denuncian un vacío de información respecto a soluciones definitivas. A las familias evacuadas se les notificó que no podrán regresar a sus hogares, pero carecen de un plan de reubicación o un programa de vivienda a largo plazo.
Para este mes de junio, la emergencia se ha agudizado en la colonia Miramar. Las lluvias recientes continúan deslavando la ladera. Los vecinos documentan la pérdida de terreno firme: “Cada día que llueve se nos deslava más. La banqueta tenía como unos ocho o diez metros y ahorita ya nada más nos queda el paso. Nos ha afectado gravemente porque incluso nos dejaron sin suministro de agua”, señala una residente.
Alrededor de 30 personas en esta zona se encuentran bajo amenaza directa. Mientras la temporada de lluvias avanza, las barreras provisionales de rocas y costales de arena contrastan con la fuerza del río, manteniendo a decenas de ciudadanos a la espera de una intervención estructural que evite una tragedia mayor.En tanto, sus días deberán continuar entre carpas y hoteles con la sosobra de lo que será de sus viviendas, para muchos el único patrimonio con el que cuentan y que lentamente se ve arrastrado por el agua.


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