Durante décadas, la radiografía de las adicciones en el Estado de México tuvo un protagonista indiscutible: el alcohol. Hoy, ese patrón cambió de forma drástica.
Datos del Instituto Mexiquense de Salud Mental y Adicciones (IMSAMA) confirman que el cristal se posicionó, por primera vez, como la sustancia de mayor impacto entre los pacientes de la red estatal.
De las 9,241 personas que buscaron ayuda en los Centros Comunitarios de Salud Mental y Adicciones (CECOSAMA) el año pasado, el 19.3% ingresó por consumo de cristal. El dato que enciende las alertas es el perfil del usuario: casi el 68% de las atenciones se concentró en menores de entre 12 y 17 años.


La edad de inicio, según el Centro de Integración Juvenil (CIJ), se ubica en 16.7 años en promedio. El crecimiento ha sido acelerado: en 2010, apenas el 2.5% de los pacientes reportaba consumo de metanfetaminas; para 2024, la cifra escaló a 57.2%.
El cristal es barato, altamente adictivo y difícil de detectar en sus primeras etapas: una combinación que ha facilitado su expansión en el tejido social del Valle de México.
Municipios frente a una crisis que rebasa la infraestructura
Ante este escenario, el Estado de México opera con una red de 32 CECOSAMA enfocados en atención preventiva y ambulatoria. Sin embargo, en el norte de la zona metropolitana —Nicolás Romero, Atizapán, Cuautitlán Izcalli, Naucalpan, Tlalnepantla y Huixquilucan— la infraestructura enfrenta realidades desiguales frente a una demanda creciente.
La respuesta institucional se divide entre municipios con mayor cobertura estatal y aquellos que han tenido que improvisar o fortalecer modelos propios ante la ausencia de clínicas especializadas.
Naucalpan y Tlalnepantla: alta cobertura, alta demand
Históricamente considerados focos rojos por el CIJ, ambos municipios concentran la mayor presencia estatal.
Naucalpan opera tres CECOSAMA —Independencia, Olimpiada 68 y Hospital— además de una unidad residencial del CIJ. Tlalnepantla cuenta también con tres centros —La Laguna, La Presa y El Tenayo— y un centro de día.
Aquí, el reto no es la falta de infraestructura, sino el volumen de la demanda, impulsado por la densidad urbana y la cercanía con la Ciudad de México.
Atizapán e Izcalli: prevención como contención
Con un CECOSAMA por municipio, Atizapán y Cuautitlán Izcalli operan bajo esquemas ambulatorios.
Ante las limitaciones del primer nivel de atención, los gobiernos locales han apostado por estrategias preventivas, como activación física y programas escolares vinculados a la Estrategia Nacional para la Prevención de Adicciones (ENPA), con el objetivo de frenar el consumo antes de que escale a niveles clínicos.
Huixquilucan y Nicolás Romero: la respuesta local ante el vacío
El contraste es más evidente en estos municipios, donde no existe un CECOSAMA propio.
En Huixquilucan, la atención se canaliza a través del DIF con el Centro de Rehabilitación Integral contra las Adicciones (CRIA) y el programa Santa Rita para mujeres, enfocados en tratamiento residencial, desintoxicación y reinserción social.
Nicolás Romero, por su parte, inauguró en 2025 el Centro Municipal de Salud Mental (CEMUSAME), incorporando atención con especialistas y asumiendo una carga que tradicionalmente recaía en instancias estatales o federales.
El avance del cristal no solo reconfiguró el mercado de las drogas en el Estado de México; también está obligando a replantear la respuesta institucional.
La red de atención ambulatoria y los esfuerzos municipales sostienen la primera línea, pero el crecimiento sostenido de la demanda abre una pregunta de fondo: si el sistema tiene la capacidad real de atender a una generación que comienza a consumir antes de los 17 años.


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