Diferentes estudiosos de los fenómenos sociales advierten sobre lo que algunos denominan el nuevo (des)orden mundial y otros sobre el hecho de que el sistema mundo ha llegado a una bifurcación por la cual las cosas ya no pueden seguir bajo los mismos patrones.
Pero parece también que todo mundo está cayendo en la cuenta de que hay una gran incapacidad de los gobernantes para afrontar los viejos y los nuevos problemas, los que se están acumulando en las sociedades que presuntamente conducen.
Ello no obstante que, algunos de esos gobernantes, se empeñan en hacer pasar como relevantes o trascendentes las leves o aparentes mejorías.
Por lo que, como puede leerse en la prensa independiente, los gobiernos de diversos lugares en el mundo se encuentran en una severa crisis de legitimidad.
Y en algunos casos no solamente es la incapacidad sino la corrupción de los gobernantes lo que determina el progresivo deterioro en las relaciones gobiernos sociedad.
Algunos de esos gobiernos, donde se suman las insuficiencias señaladas son como los que padecemos la mayoría de los mexicanos.
Un demoledor artículo del periodista Jorge Ramos, aparecido el sábado anterior en el diario Reforma señala la pérdida total, objetiva y subjetivamente, de la credibilidad y la confianza en el actual gobierno de la república y la sospechosa complicidad del poder legislativo.
Y en la calle se puede apreciar también un rechazo al gobierno no visto en un gobierno con el tiempo que el actual lleva.
Y la situación se agrava, señalan los articulistas, por la resistencia de los gobernantes a reconocer la gravedad de la situación. Un no querer aceptar sus errores porque consideran que es lícito enriquecerse en el servicio público.
Lo que se confirma por conductas insólitas en todos los niveles. Como las que actualmente se observan en los aparatos políticos que se encuentran definiendo sus candidatos a puestos de elección con la misma lógica de hace años.
No hay un ápice de autocrítica de parte de ninguno de ellos, al contrario. Pretenden engañar con verdades a medias o francas mentiras como los de la franquicia del niño verde.
Se mencionan candidatos que han fracasado en sus encargos anteriores o se han significado por sus tropelías y a muchos Juniors de la política.
Se tejen alianzas y acuerdos a espaldas de la población para repartirse los puestos en aparente disputa.
Y se apoyan gobierno y partidos, para ganar una aparente legitimidad, en los medios de comunicación que cobran por elogiarlos.
Compran los políticos, el espejo donde se proyecta la imagen que quieren reflejar.
Pero la falta de legitimidad hace que sea una imagen que para nadie más es creíble.


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