Antes de que comience la clase, cuando todavía no aparecen los cuadernos sobre las bancas, en más de 2 mil escuelas del Estado de México ya está encendida la cocina.
Madres y padres de familia lavan verduras, preparan los utensilios y sirven los primeros platos. Para algunos alumnos será apenas el desayuno del día. Para otros, probablemente, la primera comida completa desde la tarde anterior.
Desde fuera puede parecer algo sencillo: un vaso de leche, fruta, cereal o un plato caliente. Dentro del aula puede significar mucho más: la posibilidad de escuchar, concentrarse y aprender sin que el hambre ocupe toda la atención.
Esa es la dimensión menos visible de Alimentación Escolar para el Bienestar, uno de los programas sociales de mayor alcance en el Estado de México. No fue diseñado para cubrir indiscriminadamente a toda la matrícula, sino para atender a quienes enfrentan marginación, desnutrición u otras formas de malnutrición.
Su propósito es sencillo de explicar, aunque complejo de cumplir: que la pobreza no obligue a ninguna niña o niño a comenzar su jornada escolar con el estómago vacío.

Una red para quienes más lo necesitan
Las Reglas de Operación de 2026 identifican una población potencial de 2 millones 647 mil 719 estudiantes inscritos en escuelas públicas de educación básica.
De ese universo, el DIFEM selecciona a los beneficiarios mediante criterios sociales, territoriales y nutricionales. Tienen prioridad los alumnos de localidades de alta y muy alta marginación, escuelas indígenas, planteles del Conafe, centros de atención múltiple y comunidades escolares donde se detecten problemas graves de desnutrición, sobrepeso u obesidad.
El último ejercicio concluido registró 709 mil 997 estudiantes atendidos, equivalentes a cerca de uno de cada cuatro alumnos de educación básica pública.
El programa alcanzó 98.3 por ciento de su meta, establecida en 722 mil 212 beneficiarios. Esto significa que quedó a menos de 13 mil alumnos del objetivo fijado para ese periodo.
La proporción no debe interpretarse como una cobertura insuficiente sobre toda la matrícula. Alimentación Escolar para el Bienestar es un programa focalizado: su eficacia no depende de llegar a todos, sino de identificar correctamente y atender de manera continua a quienes más lo necesitan.
La pregunta relevante no es cuántos estudiantes no aparecen en el padrón, sino cuántos niños en condiciones de vulnerabilidad todavía acuden a clases sin haber comido.

Del paquete frío al plato servido
El programa funciona mediante dos modalidades. Más de 500 mil alumnos reciben desayunos fríos integrados por leche descremada, cereal integral, fruta deshidratada y semillas. Cada beneficiario debe llevar también una porción de verdura cruda para complementar su alimentación.
La segunda modalidad proporciona alimentos preparados. Durante 2026, el Gobierno estatal reportó que 196 mil 928 estudiantes acudían diariamente a 2 mil 205 desayunadores escolares.
Cada espacio atiende, en promedio, a 89 alumnos. Allí se sirven leche o agua natural y un plato elaborado con verduras, cereales, leguminosas o alimentos de origen animal.
La ventaja del desayuno caliente no se reduce a la temperatura. Permite ofrecer una alimentación más variada, incorporar productos frescos y realizar compras a pequeños productores o comercios de las propias comunidades.
El DIFEM proyectó habilitar entre 125 y 130 desayunadores durante 2026. En los dos años anteriores incorporó 290: 143 durante 2024 y 147 en 2025.
La estrategia busca trasladar gradualmente a más escuelas del paquete frío hacia los alimentos preparados. Los nuevos espacios representarían un crecimiento cercano al 6 por ciento respecto de los 2 mil 205 desayunadores existentes.
Si cada uno atendiera al promedio actual, podrían ofrecer comida caliente a entre 11 mil y 12 mil estudiantes adicionales. Sin embargo, parte de la apertura corresponde a la transición de una modalidad a otra y no necesariamente al incremento del padrón total.

Más de 2 mil millones para alimentar
Alimentación Escolar para el Bienestar tuvo en su último ejercicio reportado un presupuesto autorizado de 2 mil 191 millones 326 mil 630 pesos, financiado con recursos estatales y aportaciones federales del Fondo de Aportaciones Múltiples en su componente de Asistencia Social.
Al dividir esa cantidad entre los 709 mil 997 estudiantes atendidos, el gasto equivale a un promedio aproximado de 3 mil 86 pesos anuales por beneficiario.
Distribuido entre 190 días de clases, representaría alrededor de 16 pesos por alumno durante cada jornada escolar.
No se trata del precio exacto de un desayuno. El presupuesto comprende alimentos, almacenamiento, distribución, equipamiento, supervisión y operación. El cálculo permite dimensionar el tamaño de una intervención pública que alimenta diariamente a una población semejante a la de una ciudad.
Las familias sostienen la cocina
El funcionamiento de los desayunadores también depende de la participación comunitaria. Madres, padres y tutores integran comités encargados de preparar los alimentos, cuidar las instalaciones y administrar las aportaciones.
En la modalidad caliente, cada familia contribuye con una cantidad de entre 5 y 15 pesos diarios, determinada en asamblea de acuerdo con las condiciones económicas de la comunidad.
De cada aportación:
- 65 por ciento se destina a frutas, verduras y productos perecederos.
- 10 por ciento cubre la compra de gas.
- 5 por ciento se utiliza en materiales de limpieza.
- 20 por ciento integra un fondo para mantenimiento, reparación y equipamiento.
Durante un ciclo de 190 días, la contribución puede representar entre 950 y 2 mil 850 pesos por estudiante.
Las reglas permiten exentar a las familias que no puedan cubrirla. La decisión corresponde a la asamblea del comité escolar. Es una previsión indispensable: la corresponsabilidad no debe convertirse en una barrera para quienes precisamente requieren el apoyo.

Alimentar también es educar
La importancia del programa no puede medirse únicamente mediante el número de raciones distribuidas. Un desayuno escolar adquiere sentido cuando mejora las condiciones en las que un estudiante aprende.
El hambre afecta la atención, la memoria, el estado de ánimo y la disposición para participar. También puede traducirse en ausencias, bajo rendimiento y abandono.
Por eso la alimentación escolar no es solamente asistencia social. También constituye una política educativa y una herramienta para reducir desigualdades dentro del aula.
Dos alumnos pueden compartir escuela, maestro y libros, pero no necesariamente llegan en las mismas condiciones. Uno pudo desayunar en casa; otro depende del alimento servido en el plantel para comenzar el día.
Para las familias con varios hijos, el apoyo también representa un alivio económico. Una parte del ingreso que habría sido destinada al desayuno puede utilizarse en transporte, útiles, vivienda u otras necesidades básicas.
El desafío es encontrar el hambre
Los datos muestran un programa amplio, con recursos importantes y un cumplimiento cercano a la totalidad de su meta. El siguiente paso consiste en medir no solamente cuánto entrega, sino qué consigue transformar.
El DIFEM necesita conocer cuántos estudiantes reúnen los criterios de vulnerabilidad, cuántos reciben atención continua y cuántos aún permanecen fuera. También debe evaluar los cambios en asistencia, concentración, aprovechamiento escolar y estado nutricional.
No se trata de buscar una falla artificial en una política social generosa, sino de perfeccionar su capacidad para llegar primero a quien más lo necesita.
La escena se repite cada mañana en miles de escuelas: una cocina encendida, madres y padres organizados y estudiantes que reciben alimento antes de comenzar las clases.
Detrás de cada plato hay recursos públicos y trabajo comunitario. Pero también una decisión política y moral: el ingreso de una familia no debe determinar si un niño aprende con el estómago lleno o vacío.


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