Dos años del día en que despertó la historia

Las dudas no son nostalgia ni escepticismo: son el combustible de toda ciudadanía que se respeta
mayo 26, 2025

Hay fechas que no solo marcan el calendario, sino la conciencia. A punto de cumplirse dos años de aquella jornada en que el Estado de México tumbó a su viejo régimen por la vía pacífica del voto, conviene preguntarse qué tanto ha cambiado, qué tanto hemos entendido, y qué tanto hemos sido capaces de construir con esa ruptura histórica. Las dudas no son nostalgia ni escepticismo: son el combustible de toda ciudadanía que se respeta. Preguntar, en este contexto, no es una amenaza. Es una obligación moral.

I. Dos años del día en que despertó la historia

a) ¿Qué se transforma en el espíritu colectivo de un pueblo que, tras casi un siglo de sumisión electoral, encontró el coraje para romper el hechizo del priismo en las urnas?

b) ¿Qué evidencia empírica nos permite afirmar que la alternancia en el poder ha comenzado a erosionar las estructuras de control, simulación y desigualdad que marcaron al régimen derrocado?

c) ¿No deberíamos conmemorar el 4 de junio como una verdadera fiesta cívica —no por lo logrado aún, sino por lo que permitió empezar a imaginar?

d) ¿Puede alguien negar que el solo hecho de que una maestra rural gobierne el antiguo bastión del autoritarismo priista ya es, en sí mismo, una revolución simbólica de alto voltaje?

e) ¿Si el cambio tardó 94 años en llegar, no es razonable que sus frutos tarden más de 24 meses en madurar —sobre todo si se siembran en tierra árida por décadas de olvido?

Moraleja: No todo cambio es visible en dos años, pero toda esperanza se extingue si no aprendemos a conmemorar los días en que la dignidad le ganó al miedo.

II. A una semana del juicio sin toga

a) ¿Cuántos mexiquenses, con su voto ya decidido, duermen tranquilos mientras se acerca el momento de pronunciarse por ministros, magistrados y jueces sin haber leído una sola línea de sus trayectorias?

b) ¿Qué porcentaje —siendo generosos, siendo optimistas— de los 13 millones convocados a las urnas hará valer su voz este domingo, en una elección que no emociona pero definirá los contornos de la justicia?

c) ¿Sobre qué bases han elegido sus favoritos quienes sí votarán: afinidad partidista, propaganda impresa, rumor digital, lealtades heredadas, o simplemente el peso de una sigla?

d) ¿Qué tan grave sería, en una elección judicial, que los vicios crónicos de nuestra democracia —la coacción, la compra, la apatía— se filtren silenciosos y contaminen lo que debería ser un acto de legitimidad institucional?

e) ¿Habrá quien, desde la noche misma del conteo, reclame fraude, desconozca los resultados o acuse parcialidad, no por lo ocurrido en las urnas, sino porque siempre se opusieron a que estas existieran?

Moraleja: Una elección no se contamina solo con trampas, también con indiferencia, ignorancia o cálculo oportunista.

III. ¿Y para qué sirven nuestros senadores?

a) ¿Qué ha ganado el Estado de México —en leyes, voz nacional o prestigio institucional— con Mariela Gutiérrez, Sandra Luz Falcón y Enrique Vargas sentados en el Senado?

b) ¿Podríamos citar, sin ayuda de Google, una sola intervención brillante, una iniciativa emblemática o un acto de defensa genuina de los mexiquenses por parte de alguno de ellos?

c) ¿No es preocupante que al preguntar por sus nombres, la mayoría de los ciudadanos responda con silencio, encogimiento de hombros o carcajadas amargas?

d) ¿Estaban realmente preparados —Mariela, Sandra, Enrique— para representar a la entidad más poblada del país, o simplemente ocuparon una silla como premio político?

e) ¿Qué espera hoy un ciudadano mexiquense de sus senadores: que hablen, que brillen, que legislen… o que al menos no lo avergüencen?

Moraleja: En política, el gris no es neutralidad: es renuncia a significar algo para alguien.

IV. ¿Quién respalda realmente a Maricruz Moreno Zagal?

a) ¿Hasta qué punto ayuda o perjudica a Maricruz Moreno Zagal que en círculos políticos se le asocie con el exrector Efrén Rojas Ávila y el grupo que durante años controló a la UAEMex desde la sombra?

b) ¿Ha tenido encuentros recientes, públicos o discretos, con figuras como Higinio Martínez, Efrén Rojas o Isidro Pastor, y qué significado político deberían tener tales reuniones —si existieron?

c) ¿No resulta llamativo que quienes hace años impulsaron al finado Rafael López Castañares ahora sean señalados —con sigilo, pero con insistencia— como operadores en favor de Maricruz?

d) ¿Qué tan espontáneo puede considerarse un liderazgo que, en lugar de despegar por mérito propio, parece depender de redes tejidas en rectorados pasados y lealtades con olor a archivo?

e) ¿Y si detrás de esta candidatura no estuviera una nueva visión de universidad, sino el viejo proyecto de siempre, maquillado de renovación?

Moraleja: A veces el rostro del cambio es apenas la máscara de una estructura que nunca se fue.

V. Los intocables del crimen, ¿o los intocados por el Estado?

a) ¿Cuál ha sido el avance real —no el que presumen los partes oficiales— en la localización, persecución y captura de los hermanos Hurtado, visibles jefes de La Nueva Familia Michoacana?

b) ¿Por qué ha resultado tan difícil detener a una célula criminal cuya operación territorial y jerarquía familiar son conocidas incluso por los propios pobladores de Tierra Caliente?

c) ¿No es inquietante que a pesar de las alertas federales, las recompensas millonarias y los operativos anunciados, los hermanos sigan libres como si tuvieran un mapa invisible del poder?

d) ¿Gozaron —o gozan aún— de una red de protección institucional en el Estado de México, tejida entre omisiones, complicidades y silencios que huelen a vieja costumbre?

e) ¿Si algún día cayeran, estarían dispuestos a hablar… y si lo hicieran, a cuántos terminarían exhibiendo con nombre, cargo y fecha?

Moraleja: Hay criminales que no se esconden en la sierra, sino en los expedientes que nadie se atreve a abrir.

A veces las respuestas no llegan porque no sabemos hacer las preguntas correctas. Otras veces, llegan… pero preferimos no escucharlas. Esta columna no pretende resolver el país ni salvar al Estado de México, pero sí recordarnos —cada semana, sin falta— que toda democracia que se silencia se pudre, y que toda sociedad que deja de dudar, empieza a obedecer.

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