La vida se detuvo hace casi dos meses para esta familia. Desde que su hija ingresó al Hospital para el Niño de Toluca por un cuadro de neumonía, sus días transcurren entre pasillos, diagnósticos y la esperanza de un alta que no termina de llegar. La enfermedad respiratoria se complicó por un problema neurológico previo y, durante su estancia en urgencias, la pequeña presentó convulsiones recurrentes. Ese episodio derivó en un diagnóstico más grave: una infección cerebral.
“Su cerebro no está al cien por ciento”, relata la madre.
La atención inicial fue rápida pese a la saturación diaria del hospital. Pero la estabilidad de su hija ha sido frágil y los recursos de la familia también.

Gastos que se acumulan y un diagnóstico pendiente
La familia reconoce el esfuerzo del personal médico, pero también enfrenta las limitaciones del sistema. Evalúan el servicio con un ocho de calificación: suficiente, pero no sin tropiezos.
Para mantener el tratamiento de la niña han tenido que costear medicamentos e insumos que el hospital no tiene disponibles.
El gasto ronda ya los 10 000 pesos, sin contar la hospitalización que deberán cubrir al momento del alta.
Uno de los estudios clave —un electroencefalograma— no pudo realizarse por la falta de equipo. El procedimiento deberá buscarse fuera, lo que añade presión económica a una familia que dejó de trabajar para acompañar día y noche a su hija.

El albergue: refugio temporal ante el frío
El albergue del hospital se convirtió en su hogar improvisado. Ahí duermen en colchonetas y reciben alimentos y acceso a regaderas. Los propios usuarios se organizan para mantener el espacio limpio y ordenado. Para enfrentar el frío, que cala especialmente por las madrugadas, cuentan con cinco cobijas y bebidas calientes que consiguen en la mañana y por la noche.
Aun así, el clima ya les pasó factura: ambos padres enfermaron, pero prefirieron automedicarse con antigripales antes que perder de vista a su hija.

La solidaridad ha sido su sostén. Algunos días reciben comida de familiares o de personas que acuden al hospital. Otros días, deben comprar sus propios alimentos.
“Si Dios nos trae un taquito, pues ya agarramos; si no, tenemos que comprar, porque no vamos a aguantar el hambre”, cuenta la madre.
La espera por volver a casa
A pesar del desgaste físico y emocional, la esperanza se mantiene. El equipo médico les ha adelantado que, si la niña continúa estable, podría ser dada de alta en los próximos días. Para sus padres, ese momento marcaría el final de una larga espera que puso a prueba su salud, sus recursos y su resistencia.

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