Antes de convertirse en la especie más poderosa que ha pisado la Tierra, los ancestros de los humanos transitaron un camino evolutivo en el que sobrevivieron a transformaciones que parecían poco sensatas. Una de ellas es el menor tamaño de los colmillos o los músculos si se compara con nuestros parientes vivos más cercanos, los chimpancés.
Hace unos años, el descubrimiento de Ardi, un homínido que caminaba erguido y tenía los colmillos pequeños y poco afilados, planteó que hace más de cuatro millones de años la selección natural había favorecido a machos menos violentos, más proclives a la cooperación y a colaborar en el cuidado de las crías.
En una línea similar se podría interpretar la aparición de un rasgo físico que se considera relevante en el florecimiento de nuestras habilidades sociales. La esclerótica blanca, el blanco del ojo, es un rasgo fundamentalmente humano. Aunque otros primates, como los gorilas, tienen una parte blanca en sus ojos, indicio de que esta característica pudo surgir de forma progresiva, la humana es la especie en la que esta característica es la norma.
La evolución favoreció a humanos más proclives a la cooperación aunque más débiles en apariencia.
Para una especie que caza en solitario o en la que la cooperación es menos necesaria, ese blanco de los ojos puede ser una desventaja. Ese color no es un buen camuflaje contra un entorno oscuro y, además, los ojos humanos dejan ver la dirección de la mirada e incluso las intenciones del que mira. Sin embargo, cuando en la estrategia de supervivencia tiene mayor relevancia la cooperación con los otros, esos ojos enmarcados en un fondo claro, que son una ventana a la mente de su propietario, pueden convertirse en una herramienta que favorece el bien común.
Esta teoría, fue planteada por primera vez por los investigadores japoneses Hiromi Kobayashi y Shiro Khoshima. Después, otros científicos, como Michael Tomasello, del instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig (Alemania), avanzaron en el análisis de la función particular de este rasgo en los humanos. Comparando a nuestra especie con otros primates, se observó que los gorilas o los chimpancés siguen la mirada viendo los movimientos de la cabeza y no lo de los ojos y solo los humanos siguen la mirada independientemente de si la cabeza se mueve o no.
Otros investigadores, como Tobias Grossmann, también del Max Planck, tratan de explicar cómo pudo surgir la comunicación a través de la mirada. “Las señales visuales funcionan especialmente bien en interacciones cercanas sin contacto físico, características de muchas actividades humanas de colaboración”, explica. “En comparación con las señales vocales, la coordinación a través de la vista tiene la ventaja de ser silenciosa, haciendo que sea ideal para la comunicación en actividades de grupo como la caza o la recolección, cuando existe riesgo de ser detectados por las presas o por otros depredadores”, concluye.
La capacidad para compartir intenciones es una de las claves del éxito de los humanos.
La importancia de la comunicación visual en la cooperación entre humanos también se pudo desarrollar como un mecanismo de defensa. Grossmann y otros han mostrado que somos capaces de detectar el miedo al mirar a los ojos de nuestros congéneres, incluso si no somos conscientes de que exista ninguna amenaza. Esta cualidad supone una importante ventaja a la hora de identificar situaciones de riesgo tan rápido como sea posible. Desde un punto de vista de la empatía en general, que también es una herramienta importante en la construcción de vínculos sociales, investigadores como Mariska Kret, de la Universidad de Ámsterdam, han observado que tanto los humanos como los chimpancés imitan de manera inconsciente el tamaño de la pupila de su interlocutor. En este tipo de interacciones, una esclerótica blanca reforzaría el efecto.
Los ojos son una herramienta fundamental en el funcionamiento social de los humanos que ha surgido de transformaciones biológicas a lo largo de millones de años. En ese tiempo, se han incorporado incluso señales hormonales, como las que envía la oxitocina para modular nuestras respuestas inconscientes a las miradas de otros. Muchos de esos cambios habrían parecido en principio una forma de hacernos más débiles, al menos como individuos, pero el hecho de que hayan persistido sugiere que lograron justo lo contrario.
***El País


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