Peña Nieto, el que se escurre entre lodo y memoria
Cada vez que los reflectores se acercan a Enrique Peña Nieto, el guion es el mismo: victimizarse, relativizar, reír nerviosamente y culpar al “ambiente político”. Los delitos —si es que se les puede seguir llamando así cuando el Estado los tolera— son numerosos y documentados: la Casa Blanca, Odebrecht, Monex, las transferencias a Europa, los contratos con Grupo Higa, OHL y Tecnorent. Peña, bruto en la acepción más precisa del término, repite su libreto como quien recita un poema sin entenderlo. No razona: resbala. No argumenta: evade. No niega: diluye.
El tiempo histórico, sin embargo, no siempre protege a los cínicos. En el plano judicial puede que sobreviva —mientras los pactos de impunidad sigan vigentes—, pero en el plano ético está sentenciado: no hay reforma educativa ni cruzada contra el hambre que borre la soberbia de su sexenio. Su legado es la descomposición maquillada de modernidad. El suyo fue un presidencialismo con peinado de anuncio y alma de cañería. ¿Y aún así hay quien lo extraña? Tal vez porque la nostalgia también puede ser un síntoma de amnesia nacional.
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Las sombras que Peña no puede borrar
Hay pasados que no prescriben, ni con el tiempo ni con los pactos. En la biografía de Enrique Peña Nieto hay capítulos que persisten como llagas abiertas. La muerte de su esposa Mónica Pretelini marcó un giro íntimo y político en su vida pública. El asesinato de sus escoltas en Veracruz —un crimen brutal y sin justicia— exhibió la crudeza del país que gobernó con estética de telenovela y lógica de concesión. Luego vinieron los escándalos: Odebrecht, OHL, Higa, Tecnorent, la Casa Blanca. El cinismo como marca de Estado.
Nada de eso se ha explicado con altura moral. Solo evasivas, risas incómodas y una narrativa ensayada que reduce el drama nacional a errores de comunicación. Pero el juicio de la historia no es un talk show. Peña encarnó una era en que el poder se vació de ética y se llenó de ornamento. Hoy vive entre Europa y Punta Cana, como magnate tropical sin cargos ni culpas, ajeno al país que dejó fracturado. Su legado no es solo político: es moralmente ruinoso. Porque lo que destruyó no fueron solo instituciones, sino los valores que éstas debían proteger: la verdad, la responsabilidad, la justicia.
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UAEMéx: la guerra encubierta por el botín universitario
La disputa por la UAEMéx no es académica ni ideológica: es presupuestal. Dos grupos claramente identificables —aunque operan en las sombras— libran una guerra soterrada por el control de una de las cajas chicas más jugosas del Estado de México: más de 6 mil 500 millones de pesos al año. No los mueve la educación pública ni la democracia universitaria, sino el dinero. Visten su ambición de causa noble, se parapetan detrás de palabras como “autonomía”, “pluralidad” o “excelencia”, pero solo como coartadas para legitimar su voracidad.
No hay que confundir: hay estudiantes y académicos que sí creen en una universidad más justa y abierta. Ellos sostienen la dignidad del conflicto. Pero quienes manejan los hilos del poder universitario no están allí por convicciones, sino por cálculo. Lo que buscan es el control de la nómina, los contratos, las compras y los favores. Es la universidad como botín, no como comunidad del saber. Y mientras tanto, los verdaderos reformistas siguen siendo minoría… y carne de cañón.
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UAEMéx: el falso dilema del relevo
Ahora que el conflicto universitario ha perdido foco mediático, los operadores del poder interno comienzan a trazar la ruta de salida. Y lo hacen con una supuesta dicotomía: extender el interinato de Isidro Rogel o promover como candidata de unidad a la doctora Patricia Zarza. Pero esa disyuntiva, presentada como decisión institucional, no es más que una narrativa funcional al equilibrio de cuotas. En el fondo, ambos caminos buscan lo mismo: que nada esencial cambie, que los intereses reales —los del presupuesto, las plazas, los contratos— sigan intactos.
No se trata de descalificar a la doctora Zarza, sino de evidenciar el marco en que su posible candidatura se coloca: no como fruto de un proceso democrático, sino como parte de una ingeniería política que disfraza control de consenso. Un interinato extendido sería una forma de congelar la universidad; una candidatura pactada, una forma de administrarla sin riesgo. En ambos casos, la comunidad universitaria queda como espectadora de un juego que no le pertenece. Y la reforma profunda, otra vez, queda postergada.
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¿A quién sirve el alcalde de Metepec?
En Metepec la pregunta no es quién gobierna, sino a quién obedece el que gobierna. Algunos lo ven cercano a Murat, otros lo vinculan con Vargas, pero todo apunta a que su verdadera lealtad permanece anclada a los intereses de Manzur. ¿Y si les sirve —según convenga— a todos a la vez? ¿O a ninguno, más que a sí mismo?
Se hizo rico bajo el cobijo del PRI, se convirtió en alcalde con el PAN y ahora coquetea con la posibilidad de colarse en las filas de Morena. Una biografía de conveniencia, no de convicciones. En su gestión, el municipio es apenas un peldaño; el verdadero proyecto es él mismo. Y la fidelidad, como los colores, se acomoda al mercado del poder.
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Nos vemos a las 8 pm en el Conversatorio para conversar sobre política y poder con el secretario General de Gobierno, Horacio Duarte. Se vale preguntar.


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