El imperialismo capitalista de Estados Unidos no invade para democratizar. Invade para dominar. La frase incomoda, pero la evidencia histórica la sostiene. Cada guerra llega envuelta en un relato noble —defensa de la libertad, combate al terrorismo, protección de la seguridad global— y deja, como saldo constante, territorios devastados, Estados frágiles y recursos estratégicos reorientados hacia los centros del poder. La democracia, cuando aparece, lo hace como eslogan; el botín, como resultado.
La historia como expediente
Desde la Guerra de Vietnam hasta las invasiones de Irak y Afganistán, el libreto se repite. Se construye un enemigo absoluto —comunismo, armas de destrucción masiva, terrorismo— y se activa la maquinaria militar. En Vietnam, el pretexto fue contener una ideología; el resultado: millones de muertos y una región arrasada. En Irak, la coartada fueron armas que nunca existieron; el saldo: un país fragmentado y una industria petrolera reconfigurada. En Afganistán, la promesa fue erradicar el terrorismo; veinte años después, el extremismo no desapareció y el país quedó exhausto.
No es un error de cálculo: es un método. La guerra no es el último recurso, sino una herramienta de política exterior. La retórica humanitaria funciona como permiso moral para la intervención; los recursos naturales y las rutas estratégicas, como premio.
La excusa muta, el objetivo permanece
Cuando el comunismo dejó de servir como villano, llegaron las “armas de destrucción masiva”. Cuando ese relato se derrumbó, emergió el “terrorismo global”. Hoy, el concepto se recicla como “narcoterrorismo” en América Latina. El nombre cambia, la lógica no.
El patrón es reconocible: deslegitimar gobiernos incómodos, criminalizar proyectos soberanos y presentar la intervención como inevitable. El reciente ataque contra Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro se insertan en esa misma secuencia: presión, aislamiento, agresión. El objetivo no es la democracia venezolana —que debe resolverse por vías internas—, sino el control geopolítico de una nación con vastas reservas energéticas.
Democracia como marketing, guerra como negocio
La guerra moderna es también una industria. Contratos millonarios, reconstrucciones privatizadas, seguridad tercerizada. El complejo militar-industrial necesita conflictos como el mercado necesita consumo. Cada intervención abre oportunidades de negocio; cada crisis prolongada justifica nuevas rondas de gasto.
La democracia, en este esquema, funciona como marca: se invoca para legitimar la violencia, no para fortalecer instituciones. Si el objetivo fuera democratizar, ¿por qué los países intervenidos quedan más inestables? ¿Por qué las poblaciones civiles pagan el costo más alto? ¿Por qué los recursos estratégicos cambian de manos?
América Latina: la frontera siguiente
La región conoce bien el guion. Golpes blandos, sanciones, asfixia financiera, campañas de desinformación y, cuando nada de eso basta, la amenaza abierta. América Latina es vista como reserva estratégica: energía, agua, biodiversidad, litio. La disputa no es ideológica, es material.
Frente a ese escenario, la fragmentación regional es una ventaja para el poder imperial. Países aislados son más vulnerables; naciones divididas, más fáciles de presionar. La historia enseña que la resistencia eficaz no nace del militarismo, sino de la unidad política, la cooperación regional y la defensa del derecho internacional.
No se trata de absolver errores internos ni de idealizar gobiernos. Se trata de nombrar la realidad: la intervención externa no trae prosperidad ni libertad; trae dependencia y dolor. La pregunta central no es si Estados Unidos “quiere ayudar”, sino a quién beneficia cada guerra.
La respuesta, una y otra vez, apunta al mismo lugar: al imperio capitalista que avanza sobre territorios y riquezas, incluso a costa de vidas humanas, bajo la bandera de causas nobles que se desvanecen cuando caen las bombas.
La historia no es un archivo muerto: es una advertencia permanente. Por eso, en México no debe pasar inadvertido —ni normalizarse— que políticos carroñeros aplaudan el ataque militar y el secuestro de Nicolás Maduro. No lo hacen por convicciones democráticas ni por una preocupación genuina por los pueblos; lo hacen porque, al igual que el imperio yankee, no buscan la prosperidad de los mexicanos. Su apuesta es más cínica y más pequeña: esperan migajas del botín, un gesto de aprobación desde Washington, un lugar en la foto cuando el despojo avance.
Respaldar una agresión extranjera no es patriotismo ni pragmatismo: es renunciar a la soberanía. Es aceptar que el destino de América Latina se decida fuera de la región, que la violencia sea un atajo legítimo y que las riquezas de los pueblos se repartan como trofeos de guerra. Frente a ese oportunismo, la respuesta no puede ser el silencio. La memoria histórica, la unidad regional y la defensa del derecho de los pueblos a decidir su futuro no son consignas ideológicas: son una línea mínima de dignidad democrática. Porque cuando el imperio avanza, no distingue banderas; y quienes hoy celebran desde el cálculo mezquino, mañana entenderán que al saqueo nunca se le ponen límites desde la sumisión.

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