De la milpa, los habitantes de la comunidad ocupaban maíces negros y colorados para hacer tortillas. Cempasúchil y nube eran las flores que se sembraban, al igual que la calabaza; tres elementos fundamentales en la ofrenda.
Del monte se traían plantas: “había una hierbita que le llaman mutos, esa hierbita crecen como unos cuernitos de chivos, entonces decíamos vete por unos chivitos, también se tomaba alcohol de prodigiosa, una planta del monte que se metía una semana en el alcohol”, explica.
El 1 de noviembre se hacen los caminos con cempasúchil en las puertas de las casas de cinco a diez muertos. Se deja la puerta abierta, y el día 2 nuevamente se abren las puertas y se coloca el camino, pues los muertos regresan a sus tumbas.
A diferencia de otras comunidades, en Tlalcilalcalpan no se acostumbra a velar a los muertos, sino es hasta el 2 de noviembre cuando se acude al panteón a colocar flores: “ahí se convivía, se tomaba pulque y consumían alimentos”, recuerda Don Santos.
El antropólogo Mauricio García Sandoval señala que estas diferencias culturales entre los propios grupos otomíes se deben a diversos factores que muestran la amplia diversidad que existe en México.
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