El rumbo de la democracia, atado a la economía

La globalización representa, en términos prácticos, la universalización de determinados modelos de valor. Ese es el estándar con el cual se nos compara, clasifica y etiqueta
febrero 14, 2022
jose-luis-arriaga

El semanario inglés The Economist dio a conocer la semana anterior su Índice de Democracia 2021. México fue ubicado fuera de la clasificación de “país democrático”; ahora se nos ubicó en esa especie de limbo al que llama “régimen híbrido”. Este semanario británico, propiedad del corporativo de medios inglés Pearson PLC, también dueño del diario The Finacial Times, es muy influyente entre la gente que tiene en sus manos el timón de las inversiones, el flujo de capitales, el otorgamiento de créditos, vaya entre los dueños del capital en el mundo. El etiquetamiento que hace de los 165 países evaluados equivale a la membresía para poder jugar en la gran partida global.

Esa gran partida tiene reglas bastante estrictas para los jugadores “novatos”. Se sabe que sólo si uno conoce perfectamente las reglas puede romperlas de una manera eficaz. El mundo tiene, desde hace ya varias décadas, una serie de reglas de juego de las que los países menos favorecidos difícilmente pueden sustraerse. Esa regulación se impuso tras la conclusión de la Guerra Fría. La simbólica caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética invistió al modelo capitalista-liberal como el canon único, como la ruta adecuada, como el destino ineludible de todas las naciones del planeta. Propalar ese modelo ha sido el propósito de la globalización. En un mundo globalizado la sentencia es clara: juegas con estas reglas o te quedas fuera.

A eso equivalen este tipo de clasificaciones. Los países mejor calificados son los jugadores habilitados para tomar parte y, en cambio, los que dejan de ser “países democráticos” estarán cada vez más al margen. El mapa con el que gráficamente se representa el Índex publicado por The Economist es bastante simbólico: con un color azul ilumina a las democracias, con tonos amarillos y naranjas va ubicando a quienes se apartan del canon y, en un estigmatizante color rojo, deja a los países que definitivamente no siguen el modelo capitalista liberal.

En intenso color rojo coloca a Corea del Norte, Afganistán, Siria, Yemen y varios otros países africanos y de medio oriente; con tonos más naranjas ubica a China, Venezuela, Nicaragua, Rusia; y así va avanzando hasta colocar con las mejores calificaciones a países como Noruega, Dinamarca o Filandria. Los resultados se basan en sesenta indicadores que se agrupan en cinco diferentes categorías: proceso electoral y pluralismo, libertades civiles, funcionamiento del gobierno, participación política y cultura política. Como puede apreciarse, todos son pilares del pensamiento liberal-democrático.

Si apreciamos el horizonte histórico en el marco del cual nos encontramos, no es difícil darse cuenta de que el gran argumento de la globalización es la búsqueda de una “sociedad mundial” cuyas características son (o deben ser) pacífica y humana. Para alcanzar ese objetivo —se argumenta— todos los países tendrían que empatar sus leyes, sus instituciones, sus gobiernos con los principios del modelo ya referido. A ello se debe que la clasificación que hace The Economist (que no es la única instancia que lo hace, por cierto) obedezca a los indicadores vinculados a elecciones, libertades civiles, participación política, etc.

Dar a conocer este índice es una orientación para inversionistas, instituciones financieras, fondos de inversión, etc. respecto a cuáles son los países con los que está garantizado “jugar”. Aquellos que no están en la ruta correcta no son buenos “jugadores” y es mejor no juntarse con ellos. Esa es la importancia del índice, porque articula claramente lo político con lo económico: no te alineas, no te presto; no cambias tus leyes, no invierto; no institucionalizas libertades y derechos; no te financio.

En el caso de nuestro país nos encontramos entrampados. El lugar en que nos ubica este Índice sólo confirma que nos están dejando al margen del juego. Ya sabemos que en los últimos años la salida de capitales del país se cuenta en decenas de miles de millones de dólares (tan sólo el año pasado fueron 25 mil). Las notas crediticias, la calificación de deuda a empresas públicas y privadas mexicanas vendrán muy a la baja este año. No debería extrañarnos. Había muchas señales, desde el año 2018, indicándonos que no se vio con buenos ojos la elección del actual presidente de la República. Si le echamos un ojito a los datos, notaremos que, justo después de las elecciones, comienza a desacelerarse el PIB. Es una clara señal de que los dueños del capital no estaba de acuerdo con la forma en que votó la gente.

Es clarísimo que, desde agosto de 2018, el reporte mensual del PIB empieza a registrar una disminución en su crecimiento. Desde entonces, la tendencia ha sido, permanentemente a la baja y no es difícil de entender: se frenan las inversiones, se detienen los proyectos, se sacan capitales y ello pone un freno a la economía. En medio, desde luego, hay que sumar la pandemia y el cierre de actividades económicas a consecuencia de la misma, pero la tendencia ya era notoria: hay un castigo del capital a la decisión de la gente a la hora de elegir a su presidente.

Hay que decirlo con todas sus letras: el nombre del juego es “globalización” y representa un mercado capitalista que abarca todo el mundo. En la medida que tiene esas dimensiones, es menester que todos los países del planeta operen en favor de ese mercado; en caso de no hacerlo, son automáticamente excluidos, marginados, descalificados por no ser funcionales. La producción está internacionalizada, los mercados son planetarios: comemos lo que se cultiva en otro lado del mundo, vestimos lo que confeccionan en otros continentes, trabajamos para armar aparatos que se venderán en otros países. En fin, así es el juego y hay mucha presión para que todos le entren al mismo, a sus reglas, so pena de quedar como náufrago en un mar de privaciones.

Por ejemplo, la reforma legal de finales del años pasado en materia de outsorcing (que dicen los economistas neoliberales facilita, agiliza y mejora las condiciones de producción, aunque tenga un impacto claro en los derechos laborales, la seguridad social y la estabilidad de la gente que se emplea bajo este régimen) fue lo que detuvo el rebote de crecimiento tras la reactivación de la panta productiva al levantar las medias para contener la pandemia.

Otro ejemplo, la propuesta de reforma eléctrica tampoco está siendo vista con buenos ojos por quienes controlan el juego y —dicen— genera “falta de confianza”. De aprobarse vendrán muchas más descalificaciones, muchas más críticas, muchas más salidas de capital y ello terminará por trastocar todas las variables económicas, como el tipo de cambio, la inflación, la recaudación fiscal, el gasto público, etc.

La globalización representa, en términos prácticos, la universalización de determinados modelos de valor. Ese es el estándar con el cual se nos compara, clasifica y etiqueta. Una política económica que se juzgue incorrecta a la luz de los principios liberal-democráticos-capitalistas, nos irá perfilando a zonas bastante obscuras, que auguran crisis económica y pobreza. Por eso es relevante cómo nos están etiquetando como país, porque el actual gobierno está rompiendo algunas reglas (básicamente del libre mercado) y se le olvida que “la casa nunca pierde”.

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