■ Aprender a no quedarse solo;
■ La política empieza donde hay diferencias;
■ Unidad inteligente, no uniformidad;
■ Gobernar también es saber escuchar;
■ La oposición se queda mirando.
Aprender a no quedarse solo
En política, hay un rasgo que distingue a los actores con oficio de los que se extravían en su propio personaje: la capacidad de corregir. Ajustar el discurso, recomponer relaciones y leer el momento no es debilidad, es inteligencia política. El reciente viraje de Higinio Martínez se inscribe en esa lógica. No hay ruptura ni desafío abierto, hay comprensión del tablero. Entender que el poder no se disputa desde la soledad, sino desde la inserción en el bloque que lo ejerce, es condición elemental para seguir influyendo. Rectificar, en este contexto, es hacer política en serio.
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La política empieza donde hay diferencias
La política no existe para convivir con los iguales. Eso es afinidad, no conducción. La política comienza cuando hay diferencias, tensiones y trayectorias distintas que deben procesarse sin romper el proyecto común. El nuevo tono del senador apunta a esa comprensión básica: acordar con quien no piensa igual es el verdadero trabajo político. En el Estado de México, donde el poder tiene un centro de gravedad definido, la confrontación pública permanente solo erosiona. El acuerdo, incluso entre posiciones distintas, es señal de madurez y responsabilidad frente a un proceso mayor.
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Unidad inteligente, no uniformidad
Este reacomodo importa porque mira al 2027. La unidad no es unanimidad ni borrón de historias, es orden político. Si Morena llega a la próxima elección con sus diferencias administradas, sin liderazgos jugando a la ruptura y con un proyecto reconocible, el escenario electoral será ampliamente favorable. No por consigna ni épica, sino por control territorial, estructura y gobierno en funciones. La transformación no se consolida con gestos heroicos, sino con decisiones oportunas y cálculo frío.
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Gobernar también es saber escuchar
La otra parte de esta ecuación merece subrayarse. La conducción política también se mide por la capacidad de integrar. Que el eje Delfina Gómez–Horacio Duarte muestre apertura, tolerancia y oído fino frente a los ajustes internos habla de una comprensión mayor del momento histórico. Escuchar no debilita al poder, lo institucionaliza. Procesar diferencias y reincorporar liderazgos fortalece la estabilidad y da continuidad al proyecto de transformación nacional y estatal. Aquí no hay concesión: hay visión de largo plazo.
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La oposición se queda mirando

La consecuencia es incómoda para la oposición tradicional. PRI y PAN apostaban a la fractura, al desfile de decepcionados y al reciclaje de inconformes. Se relamían los bigotes esperando la ruptura. No ocurrió. Todo indica que se quedarán, como el chinito, mirando. Si el oficialismo llega cohesionado, con diferencias procesadas y liderazgos alineados, Morena y sus aliados pueden barrer, dejarlos zapato en 2027. No por exceso de fuerza, sino por ausencia de alternativa. Otra vez, la oposición confió en el error ajeno. Y, otra vez, el error no llegó.

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