Aferrados al poder con uñas y dientes

Mientras uno busca construir su futuro, el otro reivindica su pasado; Higinio se proyecta hacia 2029 y Chuayffet evidencia la crisis de relevo generacional del PRI.
  • Higinio se construye para 2029
  • El Senado como plataforma de poder
  • Higinio quiere ser como Laura Pavón
  • Chuayffet, el viejo PRI que pretende explicar al nuevo
  • De la resurrección al velorio

Higinio se construye para 2029

Higinio Martínez volvió a levantar la mano con una frase calculadamente retadora: “Voy derecho y no me quito”. No habla únicamente de su presente en el Senado. Habla de su futuro político y, particularmente, de la sucesión mexiquense de 2029. El veterano dirigente de Texcoco conserva alcaldes, legisladores, operadores y lealtades articuladas alrededor de Mexiquenses de Corazón, la estructura desde la cual ha distribuido candidaturas y acumulado influencia durante años. La elección intermedia de 2027 será su prueba de fuerza: necesita conservar municipios, ampliar posiciones legislativas y demostrar que todavía controla una parte relevante de Morena en el Estado de México. Higinio no está buscando una condecoración para cerrar su carrera; se está construyendo como candidato a gobernador.


El Senado como plataforma de poder

La pretensión de Higinio Martínez de presidir la Mesa Directiva del Senado rebasa una aspiración parlamentaria. El cargo le daría interlocución directa con Palacio Nacional, exposición cotidiana, capacidad institucional y una plataforma privilegiada para proyectarse rumbo a 2029. Si le permiten llegar, podrá presentar el ascenso como reconocimiento a su trayectoria, pero también como prueba de que conserva fuerza para negociar candidaturas y disputar la conducción de Morena en el Estado de México. Sería una mala noticia para Delfina Gómez: su principal adversario interno, revestido de aliado, recibiría poder nacional para reorganizar su estructura local. Si Claudia Sheinbaum y Ariadna Montiel, presidenta nacional de Morena, deciden cerrarle el paso —aunque formalmente corresponda a los senadores elegir—, el mensaje será contundente: han optado por contenerlo. La negativa podría debilitar su proyecto, inconformar a sus operadores y llevarlo a tensar la elección intermedia de 2027. Concederle la presidencia implica fortalecerlo; negársela supone enfrentarlo. Ése es el dilema que Higinio ha colocado sobre la mesa.


Higinio quiere ser como Laura Pavón

Las vueltas de la política tienen cierta crueldad poética: Higinio Martínez, fundador de Morena y alegre adversario del PRI —al menos en el papel o para la tribuna—, quiere ocupar el lugar que tuvo la priista Laura Pavón Jaramillo. La profesora y política nacida en Amatepec fue alcaldesa de Toluca, diputada federal y senadora por el Estado de México entre 1994 y 2000. En diciembre de 1996 presidió el Senado, entonces bajo un sistema de mesas directivas de corta duración. Fue, hasta donde muestran los registros legislativos, la última mexiquense en desempeñar esa responsabilidad. Treinta años después, Higinio parece encontrar inspiración involuntaria en una representante de aquel régimen que dice combatir. Quiere igualar a Laura Pavón, aunque seguramente preferiría no admitirlo. La historia posee esas ironías: el morenista que se proclama heredero de la transformación necesita seguir los pasos de una maestra priista para cumplir su nuevo sueño político. Cuando sostiene que ningún mexiquense ha presidido el Senado en 32 años, no sólo equivoca la cuenta; también borra de su relato a la mujer que llegó antes que él.

Para entender su estrategia: Higinio o la política como permanencia


Chuayffet, el viejo PRI que pretende explicar al nuevo

Emilio Chuayffet es un hombre culto, de palabra pulida y formación política poco frecuente, pero eso no lo convierte en la conciencia moral del priismo. Su trayectoria se construyó dentro del hankismo, ascendió durante el salinismo y alcanzó posiciones centrales en los años de consolidación neoliberal: gobernador mexiquense, secretario de Gobernación con Ernesto Zedillo y secretario de Educación con Enrique Peña Nieto. No fue un disidente del régimen ni un político situado al lado de los pobres, sino un hombre del poder que sirvió a sus élites y se benefició de sus códigos. Por eso resulta paradójico escucharlo pedir autocrítica, democracia interna y congruencia sin nombrar los abusos, privilegios y complicidades que llevaron al PRI a su ruina. Chuayffet habló de hacer que el poder sirva a la gente, pero su biografía está ligada a una clase política que hizo del Estado una maquinaria de control y reproducción de intereses. Cristina Ruiz podrá presentarlo como maestro y referente; difícilmente como emblema de renovación. ¿Cómo construir un PRI nuevo o siquiera mejor con quienes encarnan las prácticas, alianzas y silencios del PRI que los ciudadanos expulsaron del poder? Aquello no fue una escuela de futuro: fue el antiguo régimen impartiendo una clase sobre sí mismo.


De la resurrección al velorio

El PRI mexiquense preparó la reaparición de Emilio Chuayffet como una ceremonia de resurrección: recuperar identidad, ideología y orgullo mediante la voz de uno de sus antiguos jerarcas. Pero la muerte de Froylán Santana Gil desplazó la conversación hacia otro lugar. Los priistas dejaron la prometida resurrección y se fueron, política y emocionalmente, al velorio. Santana fue empresario, dirigente partidista y uno de los hombres con mayor influencia en el viejo Huixquilucan priista; alrededor de su patrimonio siempre hubo más versiones que información clara, una nebulosa característica de quienes hicieron fortuna en las inmediaciones del poder. Su muerte posee un simbolismo mayor: desaparece otro representante de aquella clase política que confundió territorio, partido, negocios y gobierno hasta volver imposible distinguir dónde terminaba uno y comenzaba el otro. Chuayffet habló del futuro, pero los asistentes terminaron mirando hacia el pasado. El PRI quiso escenificar su regreso a la vida y acabó reunido alrededor de uno de sus muertos. Quizá ésa sea su tragedia más profunda: cada vez que intenta resucitar, su propia historia lo conduce nuevamente al réquiem.


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