El reciente arresto de Isidro Pastor Medrano, exdirigente del PRI en el Estado de México, ha provocado una reacción inusual en el panorama político local: un silencio casi absoluto de parte de sus compañeros de partido y también de sus rivales históricos. Pastor, de 67 años, fue detenido el viernes en Toluca por agentes federales y está acusado de realizar “operaciones con recursos de procedencia ilícita”, presunto lavado de dinero relacionado con la compra de una propiedad de 40 millones de pesos. Su detención —confirmada por autoridades de seguridad y justicia— lo mantiene en prisión preventiva mientras un juez decide si lo vincula a proceso.

Aliados ausentes y adversarios callados
Tras conocerse el arresto, no hubo pronunciamientos oficiales de las figuras priistas del Edomex. Ni siquiera el PRI mexiquense, ahora encabezado por Cristina Ruiz Sandoval, emitió postura pública. Antiguos colaboradores y correligionarios han optado igualmente por el perfil bajo. Pastor fue cercano al exgobernador Arturo Montiel, pero ni él ni miembros de ese grupo político han hecho declaraciones.

El silencio alcanza también al exgobernador Eruviel Ávila; a José Manzur Quiroga, ex secretario general de Gobierno y uno de los aliados más cercanos de Pastor; al alcalde de Metepec, Fernando Flores, quien hace apenas unas semanas lo llamaba «maestro»; y a su colaborador de mayor confianza, Víctor Legorreta, que lo acompañó en prácticamente todos sus encargos públicos. La escena contrasta con otras épocas, cuando era común ver a los camaradas cerrar filas o deslindarse con rapidez. Hoy, como ocurrió tras la caída de Raymundo Martínez, la consigna parece ser la misma: el mutismo.
Tampoco los partidos opositores —PAN, PRD, Movimiento Ciudadano— han alzado la voz. Pese a que podrían capitalizar la caída de un representante del viejo régimen, prevalece la prudencia: nadie quiere tensar alianzas opositoras o exponerse a costos electorales.

Festejos en redes y la voz del oficialismo
Mientras los actores institucionales callan, en el flanco lopezobradorista abundan las alusiones triunfales. Militantes y simpatizantes de Morena celebraron la noticia en redes sociales. El analista Abraham Mendieta escribió: “Cae exlíder priista, Isidro Pastor. FGR lo acusa de operaciones con recursos de procedencia ilícita”. En Facebook, usuarios comentaban: “Ya era hora… se habían tardado”.




Para el entorno morenista, la captura encaja en la narrativa de la limpieza institucional y simboliza, en su lectura, el derrumbe de una vieja estructura.
Cálculo político, temor y estrategia de distanciamiento
El silencio transversal responde al cálculo político y al temor a salpicarse. Para los priistas, hablar podría reabrir viejas heridas o exponer flancos vulnerables. Pastor formó parte de una maquinaria mayor: su caso podría derivar en investigaciones más amplias. Para otros partidos, capitalizar la caída del priista podría tensar alianzas opositoras.

También existe una estrategia de distanciamiento: pintar a Pastor como un lobo solitario cuya suerte no compromete a nadie más. Callar evita cualquier señal de solidaridad que contradiga la narrativa de deslinde.
Un silencio que dice más que mil palabras
A días de la detención, el silencio de la clase política sigue siendo ensordecedor. Solo las voces cercanas al oficialismo lo celebran sin cortapisas. Sus viejos compañeros y contrincantes han desaparecido del radar mediático. Este mutismo revela tanto las nuevas realidades políticas como las incertidumbres que despierta el caso.
La caída de Isidro Pastor —un personaje que por décadas tejió y deshizo tramas del poder regional— marca un hito simbólico. Representa “el derrumbe de una vieja estructura” del priismo mexiquense. Pero ese derrumbe ha sido acompañado por un incómodo silencio de quienes edificaron o combatieron esa estructura. Un silencio que, en sí mismo, dice más que mil palabras.



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