La toma de protesta de los nuevos comités del PRI en el Estado de México comenzó dos horas tarde. Más que un retraso logístico, la dilación pareció una estrategia para esperar a los contingentes de simpatizantes que venían de municipios lejanos, esos mismos municipios empobrecidos por décadas de gobiernos priistas y que, paradójicamente, siguen siendo los más fieles al partido. Bajo un cielo gris, la Plaza de la Unidad del comité del PRI se llenó con los últimos resquicios de una militancia que, aunque menguada, aún se organiza con pancartas, gorras y banderines para sostener la mística tricolor.

Cristina Ruiz Sandoval, presidenta del Comité Directivo Estatal del PRI, abrió el evento con un discurso que apeló a la nostalgia partidista. Con la energía que exige un mitin, recordó que “todos tenemos un familiar priista”, una frase que resonó entre quienes vivieron bajo el largo régimen del PRI en la entidad.
No faltó el mensaje de unidad: “El PRI no está dividido, está unido; cuando el PRI gobierna hay resultados, cuando el PRI legisla hay rumbo”, aseguró. Sin embargo, esas afirmaciones contrastan con hechos recientes: el alcalde de Zinacantepec, Manuel Vilchis Viveros, renunció al partido, al igual que la alcaldesa de Mexicaltzingo, y en Lerma se comenta que el presidente municipal también estaría considerando abandonar la militancia. El discurso de Ruiz Sandoval se pronunció en una vialidad que lleva el nombre de Alfredo del Mazo; irónicamente, Alfredo del Mazo Maza, fue expulsado del PRI y ha acusado a Alito Moreno de traición.

La vieja guardia hizo acto de presencia. Entre los asistentes, Arturo Montiel Rojas —octogenario exgobernador— caminó entre saludos y fotografías, un recordatorio viviente de los años en que el priismo mexiquense lo era todo.
Cuando finalmente apareció Alejandro Moreno, ofreció un discurso que siguió su guion habitual: Alito recurrió a la figura retórica de presentar a Morena como “ave de paso”, llamándola también “ave carroñera”, y remató con el mantra de que “el PRI sabe gobernar”, morena, dijo, “tiene que irse”.
Sin embargo, los mexiquenses no olvidan los gobiernos de Eruviel Ávila y sus sucesores, cuando hospitales y obras públicas quedaron inconclusos o abandonados. Decenas de obras fantasmas y contratos con empresas afines, como los Proyectos de Prestación de Servicios (PPS) heredados de Peña Nieto, que protegieron a los concesionarios mientras dejaron a la población sin vialidades dignas.

Alejandro Moreno reiteró su intención de competir solos por la gubernatura en 2027 y llamó a recorrer municipio por municipio del Estado de México, “el último bastión priista” que cambió de manos en 2023.
En un momento clave de su mensaje, sostuvo que “no hay priistas de primera ni de segunda”. Sin embargo, no profundizó en los señalamientos sobre su patrimonio, limitándose a la defensa que ha repetido en entrevistas: que sus bienes son legales, públicos y previos a su etapa como gobernador de Campeche.
El PRI —dijo— “está abierto a nuevas militancias”. Pero en la práctica, el ambiente del evento dejó ver otra urgencia: volver a abrazar a esos integrantes y simpatizantes de antaño que todavía viven —y hacen vivir al partido— de la nostalgia. Pareciera que el tricolor oscila entre resucitar a sus viejos adeptos o intentar, por enésima vez, inventarse un “nuevo-nuevo-nuevo-nuevo PRI”.
La ceremonia fue breve. Se tomó protesta sin mayor dramatismo. El cielo seguía nublado y el acarreo era evidente, aunque sin el fervor de antaño. No hubo fanatismo ni pasión desbordada. La fuerza del acto no la dio “Alito”, sino la presencia de figuras como Elías Rescala, César Camacho Quiroz, David Sánchez Isidoro y el propio Montiel: símbolos de un priismo que ya no representa madurez política, sino una persistente adicción al poder.


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