Toda historia política es, en el fondo, un largo duelo entre lo que se quiso ser y lo que se terminó siendo. El Estado de México, que este 2 de marzo cumple 202 años de haber sido erigido, es un caso ejemplar. Nació con el ímpetu liberal de Lorenzo de Zavala, médico y político de verbo afilado, republicano convencido y uno de los grandes arquitectos del federalismo mexicano. Soñaba con un estado moderno, vibrante, ilustrado, con instituciones ciudadanas y gobiernos que sirvieran, no que se sirvieran. Pero ese proyecto pronto fue domesticado. Lo que debió ser república se volvió territorio de gestión; lo que debió ser ciudadanía se convirtió en clientela. El Edomex, durante gran parte de su historia, fue más una plataforma del presidencialismo que una comunidad política.
A lo largo de dos siglos, el Estado de México se convirtió en el más poblado del país y, paradójicamente, uno de los más invisibles en el relato nacional. Una entidad gigantesca que, sin embargo, no logró construirse como identidad colectiva. Un estado que produce, trabaja y crece, pero que no logra pensarse ni imaginarse a sí mismo. Como escribió Fernando Escalante, “no hay comunidad imaginada en el Edomex”, solo fragmentos yuxtapuestos de ciudades dormitorio, polos industriales, pueblos campesinos y periferias que rebasan al propio Estado. Es, en muchos sentidos, el centro sin centro.

En ese contexto, la llegada de Delfina Gómez al poder no es un simple cambio de partido ni una victoria electoral más. Es una irrupción histórica. Por primera vez, una mujer —maestra rural, hija del pueblo, de voz pausada y modales sin teatralidad— encabeza el gobierno del Edomex. No es una figura pulida por las élites ni moldeada en los aparatos del poder. Es, al contrario, un símbolo de la otra política: la que no se grita, sino que se encarna; la que no se ostenta, sino que se vive. En Delfina, el poder adquiere una textura distinta. No viene barnizado de tecnocracia ni acorralado en retórica gerencial. Viene con olor a gis y a aula, con la experiencia de formar, escuchar y acompañar.
Eso no la exime de errores, ni la coloca por encima del juicio público. Pero sí la convierte en un caso singular. Porque en un estado donde la clase política parecía inmutable —una línea de sucesión que iba de los Hank a los Montiel, de los Chuayffet a los Peña Nieto—, la presencia de una mujer como Delfina reescribe el guion. Reivindica, incluso sin decirlo, que para gobernar no hace falta linaje, sino legitimidad; no hace falta dureza, sino espíritu de cuerpo. Y eso, en tiempos donde la distancia entre poder y ciudadanía es abismal, es ya una forma de subversión.
El Estado de México sigue arrastrando deudas enormes: el 42% de su población vive en pobreza; sus mujeres enfrentan niveles alarmantes de violencia; su sistema hídrico se agota; su transporte público es una trampa de tiempo y dignidad. Pero acaso por eso, la figura de Delfina —con su estilo sin estridencias, su autenticidad sin cinismo— tiene algo de gesto reparador. Representa no la solución inmediata, sino la posibilidad de otra manera de estar en el poder: menos vertical, menos cínica, más encarnada.
En uno de sus discursos, Delfina soltó una palabra que se volvió viral: “requetebién”. Muchos se burlaron. Pero más allá del chascarrillo, la frase tiene algo de involuntariamente revelador. Porque si el Edomex ha sido durante décadas una maquinaria de simulaciones, una política del sobreentendido, quizá hoy su mayor desafío sea aprender a nombrarse de nuevo. Y a veces, lo más disruptivo no es decirlo todo bien, sino decirlo distinto. Con la torpeza de lo genuino. Con la ternura de lo que aún no ha sido colonizado por el cinismo.
Luis Villoro escribió que la historia es una invitación al porvenir. Tal vez la historia del Estado de México no deba medirse solo por sus cicatrices, sino por su capacidad de volver a intentar. A sus 202 años, entre la sombra de Zavala y la voz de Delfina, el Edomex se encuentra en un raro interludio: el momento en que el pasado ya no basta y el futuro aún no tiene forma. Y quizá esa sea la mejor oportunidad para imaginar algo más que una conmemoración.
Imaginar, por fin, una comunidad.
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