Las cosas ya no son como antes. Nada me emociona tanto. Y a la vez es mucho más emocionante. He dejado de vivir en los otros.
No me interesan los juegos con fuego.
Yo no he venido aquí a eso. Ya lo hice antes. Me he separado de las cosas y de la gente.
No me identifico con nadie. No me importa saber quién soy. Eso es imposible y me aburre.
Todo lo que pasa es un cuento, tú eliges los finales y la cara que pones. Ni me enfado mucho ni me alegro mucho.
Ya no lloro a no ser que me cuenten un cuento y muera por fin alguien. No me identifico con nada.
No es lo que haces, es lo que piensas con lo que haces, dice mi amigo el exorcista. Tiene razón. He venido aquí a pensar bien.
No a hacer cosas. Y a estar al lado de gente que comparte la misma historia por el aire. No está en las palabras. Está en el sí y en el no.
Nada es tan importante. Nadie lo es. Interrumpimos todo el tiempo. A todo el mundo.
El mundo se aburre de nosotros. Ya no me creo las emociones ‘fuertes’. Todo es mentira.
Lo fuerte ahora es amable y caminar y desapegarse. Hay un lugar donde no llega nadie y tú descansas. Hay un lugar donde siempre es de noche aunque sea de día.
Ya no me creo tantas mentiras. Ya no me interesa coleccionar paisajes.


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