Los procesos de transición nunca son sencillos ni rápidos. Para el común de la gente, el Estado de México de 2024 es prácticamente igual que al de 2023. Los cambios son todavía imperceptibles para la mayoría. Y tienen razón, porque hasta ahora son abstracciones. Pero la decisión de cambiar, sin duda, fue la correcta. Las probabilidades de que las cosas mejoren hoy son infinitamente superiores a las de antes.
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Para que la piedra ruede, se mueva el elefante, es indispensable que la gente se articule y participe. En democracia exigir, protestar, no es rebeldía ni sedición, es libertad. La sociedad debe empujar a la clase gobernante a que actúe y dé resultados. Es tiempo del cambio cultural.
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Es verdad que en la nueva administración prevalecen muchas, muchísimas, de las malas prácticas de todas las anteriores. El «Estado profundo» —cloacas dentro del Estado— no ha sido desmantelado y sigue operando. No solo eso, al gobierno que ha ofrecido el cambio se han incorporado con todas sus mañas impresentables del régimen anterior. No, en el Estado de México no corre miel sobre hojuelas.
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Las cosas en la Mesa de Coordinación para la Construcción de la Paz mejoraron sustancialmente con la salida de Andrés Andrade. La tensión y las intrigas que había antes se terminaron casi mágicamente con el relevo en la Secretaría de Seguridad. Hoy todo fluye mejor y los resultados empiezan a darse. El movimiento táctico fue eficaz y oportuno.
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Pedro Rodríguez califica como el mejor alcalde del PAN, sin duda. Sus resultados en la gestión de gobierno y la reelección así lo indican. Paradójico, pero hay sectores caciquiles en el panismo mexiquense que precisamente lo ven con malos ojos. No toleran que nadie brille más que ellos, que les eclipsen. Pedro podría consolidarse en el liderazgo del panismo emergente que tanta falta les hace. Veremos.


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