Que el cariño permita la licencia…
Nos abrazamos así, Miguel, consolándonos unos a otros, sin saber si el doliente mayor es el que llegó antes a tu casa -como tantas veces para celebrar, brindar, comer o reír- o el que llegó al último; nos abrazamos unos a otros… compartimos la certeza de que tu partida es terrible, que no habrá manera posible de tratar, cubrir, sanar tu ausencia: hueco doloroso y gigantesco; sorpresivo como el anuncio de tu muerte el lunes por la noche.
La pérdida es del tamaño de tu voz: “¡carnal! ¡carnalita!” que recibía a la gente en tu casa, del tamaño de la sonrisa en tu rostro que escalaba, de vez en vez, a la carcajada honesta; nunca fue la fiesta, Miguel, tan espléndida como tú en ella, nunca fue una fiesta en realidad sino el esfuerzo tuyo y de tu compañera Luz por traer a esta ciudad fría y a veces vana la cultura, la consciencia, el cambio.
En tus manos sonaba todo: guitarra, jarana, cuatro, violín, requinto; eras promotor y amigo, buen amigo; las fotos en tu casa ahora que tu cuerpo yace en donde la sala, frente a las sillas en disposición parecida a las jornadas culturales de “La Morada” que ustedes nunca han dejado de organizar.
En tus manos sonaba todo: guitarra, jarana, cuatro, violín, requinto; eras promotor y amigo, buen amigo
En tu funeral nos abrazamos mientras tu cuerpo descansa en la sala donde te escuchamos cantar, el sitio donde compositores, cantores, artistas y actores hicieron eco del esfuerzo, de su iniciativa –tuya y de Lucy- por lograr que el mundo fuera un poco, aunque fuera un poquito, mejor.
Hace apenas unos días me contabas, otra vez, cómo empezaste a cantar, por qué eras músico, hablaste de la conciencia, de la oportunidad de decir las cosas, de la realidad; de que no importaba si era música para niños, de que siempre se podía transmitir un mensaje.
Es un privilegio haber tenido el favor de tu hospitalidad, Miguel, de tu cariño, tu palabra y tu bondad; ser beneficiario de la copa llena, de la noche que se prolongó sin que perdieras la consciencia; es un privilegio haber sido merecedor de tu confianza, de regalos, haber compartido anécdotas de viajes: lejanos y cercanos, hacia fuera y hacia dentro de uno mismo.
Miguel, defendiste a las mujeres, a los árboles de Tollocan, a los injustamente presos; protestaste por los desaparecidos y desaparecidas, creíste en la democracia; defendiste el medio ambiente, maldijiste la poca participación y solidaridad; pugnaste por la unidad latinoamericana.
Querías que el mundo fuera un poco mejor, no sabes, Miguel, que aquí ahora, todos percibimos lo contrario: el mundo es mucho peor sin ti.
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