La inseguridad en la ruta que conecta el paradero de Cuatro Caminos con la Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán ha mutado. Además de las crisis diarias por asaltos violentos a mano armada documentadas en años recientes, la comunidad estudiantil enfrenta hoy un patrón de amenazas esporádicas e intimidación normalizada. Ante la falta de seguridad municipal y la poca eficiencia de los protocolos de la UNAM, alumnas y alumnos han creado su propio sistema de alertas digitales en tiempo real.
El caso más reciente documentado por los propios estudiantes en redes sociales ilustra cómo opera la extorsión por debajo de las estadísticas oficiales. A través de etiquetas como #FesAcatlan y #fesdirecto, alumnos exhibieron a la unidad con placas A-25353-E (número económico 069 afiliado a ACME).
Violencia y asaltos en Toreo e inmediaciones de la FES Acatlán
En agosto de 2025, el Metro de la CDMX y las autoridades pactaron un convenio de intervención urgente para reforzar la seguridad en los accesos de Cuatro Caminos mediante alumbrado, desazolve y vigilancia conjunta.
Sin embargo, la zona de transferencia —que moviliza a cerca de medio millón de pasajeros diarios— y sus ramales aledaños siguen operando como el principal foco rojo del norponiente.


Naucalpan aportó más de 516 denuncias a los 4 339 asaltos en transporte público registrados a nivel estatal entre enero y septiembre de 2025.
El factor más alarmante de esta incidencia es la agresividad con la que operan los grupos delictivos: los reportes oficiales indican que 8 de cada 10 atracos en las unidades mexiquenses se cometen ejerciendo violencia directa contra los pasajeros para despojarlos de sus pertenencias.
Medidas de control y no de seguridad, acusan alumnos
Al interior de la FES la respuesta de la UNAM se ha concentrado en barreras físicas. Tras las movilizaciones de 2025, las autoridades instalaron en enero de 2026 torniquetes dobles en los accesos principales de Avenida Jardines de San Mateo, límites perimetrales y topes en los estacionamientos.
Por su parte, estudiantes denunciaron la nula difusión de los 22 protocolos oficiales de la Comisión Local de Seguridad y Protección de la facultad, los cuales incluyen lineamientos para robo en transporte público, agresiones externas y presencia de armas. A este 2026, el micrositio oficial mantiene los lineamientos vigentes, pero sin una campaña de actualización o difusión constante entre el estudiantado.

La falta de estrategias funcionales para frenar la violencia entre el Metro Cuatro Caminos y la FES Acatlán mantienen el problema latente, generando que sean las y los estudiantes los que creen alertas en plataformas móviles como los grupos de Facebook o Whatsapp en donde a diario se advierten de los peligros que acechan a la comunidad universitaria del campus.
El «asalto pacífico» y la intimidación en la ruta a la FES Acatlán
Ale Ortiz, víctima de este tipo de extorsión, relató para AD Noticias el modus operandi de estas extorsiones normalizadas a bordo del transporte público en Naucalpan. Su testimonio evidencia la vulnerabilidad de los pasajeros y la presunta complacencia de los operadores frente a los grupos que operan en la zona.
La tarde del martes 17 de febrero, la lluvia la obligó a modificar su rutina y abordar una de las unidades en el paradero. «A pesar de que estaba lloviendo, el camión no se llenó del todo. Ya cuando arrancó, el chofer ni siquiera cerró la puerta», narra.

Fue en la intersección de Periférico y Primero de Mayo donde la unidad se detuvo a la orilla de la vía, fuera de un paradero oficial, para permitir el abordaje de dos sujetos. Ortiz describe el perfil de los agresores con claridad:
- El primer sujeto: un hombre de complexión fornida, de aproximadamente 1.70 metros de estatura, con cabello muy corto y lentes.
- El segundo sujeto: un individuo más delgado, de unos 1.60 metros, vestido con ropa holgada, gorra y con un evidente aliento alcohólico.
La táctica de intimidación comenzó bajo la fachada del entretenimiento urbano. Mientras el hombre de lentes bloqueaba el acceso en la parte delantera, su compañero con gorra se instaló en la parte trasera. «Empezaron a decir chistes, seguidos, pero nadie se reía», detalla.
Los sujetos recorrieron el pasillo exigiendo una «moneda» a cada pasajero. Negarse no era una opción viable para evitar el hostigamiento. «Si les respondías que no, empezaban a insistir diciéndote: ‘A ver, chécate bien, chécate bien, debes traer algo«, explica la estudiante, señalando cómo acosaban a los usuarios hasta obligarlos a entregar efectivo.
Los extorsionadores descendieron impunemente tras reunir el botín de monedas, a la altura del puente que conecta hacia la avenida 16 de Septiembre. Fue hasta ese momento que el chofer cerró la puerta de la unidad.

«Todos le mentaron la madre al chofer y le dijeron que por qué no había cerrado la puerta. Él respondió que sí la cerró, pero no fue cierto», relata Ortiz sobre el reclamo de los usuarios, quienes documentaron la inacción del operador y amagaron con denunciarlo ante los checadores de la ruta.
Para la comunidad universitaria, este patrón es un secreto a voces que las autoridades no contabilizan en sus cifras oficiales. «Es una situación muy común en esos camiones y también en la ruta que va de Toreo para CCH (Naucalpan). No suben directamente a asaltar, sino más bien a intimidar a quien no les compra o no coopera con ellos», concluye.
La normalización de la impunidad
El testimonio de Ale Ortiz no solo detalla el modus operandi de los extorsionadores, sino que desnuda las deficiencias estructurales en el transporte del Edomex y la brecha existente entre las autoridades universitarias y la seguridad real del alumnado.
Al cuestionarla sobre las herramientas de seguridad dentro de la unidad, la respuesta confirmó una carencia histórica en la entidad: la combi no contaba con botones de pánico. «Normalmente, esos botones de pánico los veo en el transporte de Ciudad de México; es rara la vez que me he percatado que hay en el Estado», explica la estudiante.
Aunque asume que el tarjetón de identificación del chofer estaba a la vista, la tensión del momento y la cotidianidad impidieron que los pasajeros lo registraran para una futura queja.

A pesar de ser su primera experiencia directa con esta modalidad de asalto por intimidación, Ortiz confirma que no es un fenómeno nuevo para la comunidad. Las rutas que conectan el paradero de Cuatro Caminos con centros educativos de la UNAM son focos rojos conocidos.
«Tengo entendido que en esas rutas, especialmente la de Toreo a FES (…) o de Toreo a CCH y viceversa, creo que en esas rutas es donde más se da ese tipo de extorsión», señala.
El verdadero problema radica en la burocracia judicial. Tras el incidente, la idea de acudir al Ministerio Público, reportarlo con los checadores de la ruta o acercarse a las autoridades de la FES Acatlán fue descartada de inmediato.

La prioridad de los pasajeros era continuar con sus vidas: llegar al trabajo o volver a casa. La única acción tomada fue la autodefensa digital, documentando el hecho para advertir a otros en el grupo de Facebook de la facultad.
«Ese proceso muchos lo evitan porque saben que es una pérdida de tiempo», confiesa Ortiz sobre la denuncia formal. «Nuestra realidad nos orilla a desinteresarnos y verlos como algo normal».
Esta apatía forzada se cruza con un profundo desconocimiento de las estrategias de protección universitaria. Ortiz admite ignorar si existe un protocolo de seguridad vigente por parte de la FES, evidenciando una desconexión total entre el campus y las unidades que operan a sus afueras.
«Veo muy ajenos los camiones que salen desde la FES al Toreo (…) Desconozco si existe una relación, algún protocolo o algún tratado para la seguridad de los alumnos», concluye, dejando clara la orfandad en la que viajan miles de universitarios todos los días.


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