San Francisco Oxtotlilpan –la última comunidad matlatzinca que sobrevive en México, ubicada en el municipio sureño de Temascaltepec– es un sitio donde se conjugan la tranquilidad, la desconexión, el verdor y, además, la hospitalidad, la calidez y el cariño de sus habitantes, quienes procuran de una forma muy amable a quienes los visitan.

Daniel y Vicente Cima, del Parque Ecoturístico Bemaatawi, fueron los encargados de recibirnos en la explanada de la iglesia de San Francisco Oxtotlilpan, nuestro punto de partida hacia el bosque.
En Bemaatawi, ya nos esperaban doña Lourdes y doña Lupita, dos integrantes del comité ejidal y encargadas de cuidar ese parque.
¿Que qué puedes hacer ahí? De inicio, tener una estancia maravillosa en las cabañas que hay en ese sitio, escuchar cómo corre el agua del río que circunda el bosque, disfrutar de las delicias que tiene la cocina matlatzinca, ver las estrellas al anochecer. Si solo vas de entrada por salida, puedes hacer la ruta de senderismo hasta la peña.
Al volver a la comunidad, las sorpresas continúan en Nhatawi. Hay un taller donde 10 mujeres elaboran unos licores que están lo que sigue de ricos. La materia prima de los licores son todos los frutos y hierbas de temporada que crecen en la comunidad matlatzinca de San Francisco Oxtotlilpan.

Daniel también nos condujo a una lomita donde está la casa de don Chabelo y doña Tere, que se dedican a hacer pan de horno.

Una habitación que está al lado de su casa resguarda el horno de piedra donde, de jueves a sábado, hornean el pancito que llega a la mesa de varios habitantes de San Francisco. Cuando llega Día de Muertos, el pan adquiere forma de conejos, elefantes, pajaritos o pollos.
El arte del telar
El recorrido finaliza en la casa de doña Silvia, que forma parte de Techiti, un grupo de mujeres matlatzincas que hace 11 años decidió reunirse para elaborar textiles de lana en telar de cintura y teñidos con elementos naturales, como la jara, el pericón, la raíz de maguey, el hueso de aguacate, zarzamora (¡muy abundante en San Francisco!).


«Cuando comenzaron, el proyecto inicial se trataba de rescatar la indumentaria tradicional de la mujer matlatzinca«, nos cuenta doña Silvia, mientras doña Fran y doña Mari nos dicen que la falda que usa Sil fue elaborada por ella misma. Gracias a esa labor de rescate se dieron cuenta de que el telar de cintura es una herramienta muy generosa, “podíamos crear otras cosas y ayudarnos un poco económicamente con lo que hacemos”.
¿Que cómo aprendieron el arte del telar? De las abuelitas, nos explica doña Silvia antes de mencionar que las prendas elaboradas con lana son bien resistentes al tiempo y al uso. El problema es que en muchas ocasiones la gente no valora todo el trabajo que hay en una sola prenda: la obtención de la lana, de los tintes, la hechura, “por eso no es justo que nos regateen, no saben el valor que tiene todo esto, todo el trabajo que tienen aquí es de muchas horas. No regateen a nadie de los que elaboramos esto”.
“Todas las piezas llevan un sentimiento, un momento de felicidad de cada una. Son piezas únicas” nos dice muy firme doña Silvia, una cuidadora de la lengua matlatzinca y del telar de cintura.


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