El mundo nunca volverá a ser joven

El mundo envejece aceleradamente: habrá más adultos mayores que jóvenes y la humanidad entra en una “gerontocracia” demográfica y cultural.

Estadísticamente está confirmado: dentro de un lustro habrá en todo el planeta 1,400 millones de personas que rebasen los 65 años de edad. Hoy ya son 850 millones y la tendencia se acelera. Esto significa que, por primera vez en los 300.000 años de Homo sapiens, dentro de sólo unas décadas la humanidad será mayoritariamente anciana. 

Hace apenas dos siglos (en 1800) la población total en el mundo era precisamente de 850 millones de personas. Hoy ese es el número de personas de la tercera edad. Al mismo tiempo, la tasa de natalidad en casi todos los países sigue su ritmo descendente. Esta tendencia -repito- no se detendrá: en 2050 seremos (espero llegar) 1.600 millones de adultos mayores. Nunca antes hubo tantos ancianos; nunca volverá a haber tantos jóvenes. 

No se trata sólo de datos estadísticos, estamos ante la mayor mutación antropológica que se haya registrado nunca. La humanidad envejece más rápido de lo que se renueva. No es una crisis pasajera; es el nuevo estado natural de nuestra especie. Creo que ya podemos decir que es menos probable un futuro distópico por robots que se rebelen o por nuevas glaciaciones que uno de un planeta plagado de abuelos sin nietos suficientes para imaginarlo de nuevo.

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Desde el Paleolítico y hasta la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, el rumbo de la sociedad estaba mayoritariamente en manos de adultos, no de ancianos. El promedio de edad de quienes llevaron al planeta a esa segunda conflagración mundial era de 54 años. De hecho, el emperador Hirohito contaba sólo con 38 años cuando decidió entrar en guerra con EEUU, en 1941. Hoy el promedio de edad de los líderes de EEUU, Rusia, China, India e Indonesia (es decir de los países que concentran 50% de la población de todo el orbe) es de 74 años.

Lo paradójico es que, precisamente concluida la Segunda Guerra Mundial, nació la “juventud”. Así es, casi nadie hablaba de ese grupo poblacional como una categoría política y sociocultural antes de la mitad del siglo XX. Pero 15 años después conquistaría culturalmente al mundo. Bastaron 30 año para que se estableciera como imaginario generalizado el estereotipo del ser joven como aspiración única. Envejecer se convirtió en una especie de estigma. Todos a vestirse con jeans, playera y tenis. En 2050 el 55 % del planeta tendrá más de 55 años, pero la cultura pop sigue adorando la adolescencia mientras la biología la condena a la minoría. La juventud seguirá siendo un imaginario, más que la condición etaria.

El resultado es una sociedad que rechaza su propio espejo: envejece demográficamente mientras se rejuvenece simbólicamente.

El marketing hoy en día necesita rostros de 25 años para vender, pero los cuerpos que pagan tienen más de 60. El resultado es una sociedad que rechaza su propio espejo: envejece demográficamente mientras se rejuvenece simbólicamente. Y un severo problema que debemos advertir es que, si hay menos jóvenes, hay menos ideas nuevas y menos progreso moral y cultural. 

La historia nos indica que las grandes revoluciones —científicas, artísticas, políticas— siempre vinieron de cohortes jóvenes: Einstein revolucionó la física a los 26, los Beatles cambiaron la música antes de los 30, pero las tendencias demográficas que observamos indican que cada vez habrá menos jóvenes y más adultos mayores en el mundo.

¿Qué podría generar esto? Que las instituciones y paradigmas se petrifiquen. El progreso no desaparecerá, pero eventualmente se volverá lento, conservador, incremental. La gerontocracia no es solo poder político: es rigidez epistemológica. Hoy habría que agregar a esta circunstancia la novel emergencia de la Inteligencia Artificial (IA) y preguntarse si ella puede ella generar las “ideas nuevas” que los jóvenes ya no aportarán porque ya no estarán. La respuesta puede ser afirmativa, pero deben ponerse varios asteriscos. Porque la IA puede recombinar todo el conocimiento humano en segundos y puede simular 10.000 Einstein de 26 años, pero (hasta ahora) no puede rebelarse contra el paradigma que la entrena.

La IA es brillante en optimización, nula en ruptura.

La gerontocracia no será de abuelos: será de modelos de lenguaje entrenados con textos de abuelos.

Víctor Tutú, un antropólogo médico reconocido, asegura que el Homo sapiens está diseñado para vivir 60 años. La medicina nos alargó la vida, pero nos condenó a la demencia y al rechazo social. El dato biológico es brutal: nuestro cerebro no evolucionó para 90 años de vigilia. La longevidad es un regalo envenenado: más años, pero también más Alzheimer, más soledad, más marginalidad. La especie que inventó el fuego ahora inventa residencias geriátricas donde los ancianos son “cuidadores de sí mismos”. 

En efecto, la IA también puede cumplir funciones de cuidador, médico y psicólogo: diagnostica Alzheimer antes que cualquier neurólogo, puede compaña 24/7 a millones de solitarios (mediante chatbots empáticos) y hasta puede administrar pensiones con algoritmos actuariales perfectos, pero también amplifica el rechazo: ¿Quién querrá visitar a la abuela si la IA la “simula” mejor?

El ya inminente futuro de un planeta con población envejecida requerirá una revalorización de las personas que llamamos ancianos. Si logramos honrar al anciano como portador de memoria y no como lastre, quizá inventemos una civilización que no necesite juventud para seguir soñando. Habrá que enfilarse a ello, porque el planeta parece que no volverá a ser joven.

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