Después de meses de devastación y un número incalculable de víctimas civiles, Israel y el Movimiento de Resistencia Islámica (Hamás) firmaron la primera fase de un plan de paz promovido por el presidente estadounidense Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu. El pacto, anunciado simultáneamente por Washington y Doha, establece un alto el fuego inmediato en la Franja de Gaza, el intercambio de prisioneros y la apertura de corredores humanitarios para la entrada de alimentos y medicinas.

El propio Trump celebró el acuerdo en su red Truth Social, donde afirmó que “todas las partes recibirán un trato justo” y que “los rehenes serán liberados muy pronto”, en lo que calificó como “un día histórico para el mundo árabe y para Israel”. Catar, uno de los mediadores clave junto a Egipto y Turquía, confirmó que las negociaciones concluyeron con “un consenso total sobre los términos y mecanismos de implementación” de esta primera etapa.
Hamás, por su parte, aseguró que el pacto “pone fin a la guerra, permite la retirada de la ocupación israelí y garantiza el flujo de ayuda humanitaria”, aunque advirtió que dependerá del “cumplimiento efectivo” de Israel. El grupo palestino pidió a los mediadores internacionales “obligar al Gobierno ocupante a respetar su palabra” y subrayó que no renunciará “al derecho del pueblo palestino a la autodeterminación y la independencia”.
El acuerdo ha despertado una oleada de reacciones cautelosas en la comunidad internacional. Naciones Unidas saludó el pacto como “un paso indispensable hacia la paz”, aunque advirtió que “la estabilidad será imposible sin un fin duradero a la ocupación y una solución política basada en dos Estados”. La Unión Europea, por su parte, pidió que el alto el fuego se implemente “sin dilaciones ni condiciones”, mientras que gobiernos árabes como Jordania y Arabia Saudí reiteraron su respaldo a cualquier esfuerzo que alivie la catástrofe humanitaria en Gaza.

Desde Ankara, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, calificó la mediación como “un triunfo de la diplomacia islámica” y pidió que el acuerdo sirva como “punto de partida para reconstruir Gaza y restaurar los derechos del pueblo palestino”. En Washington, el anuncio fue presentado por Trump como la primera gran victoria de su mandato, aunque en el Congreso estadounidense voces críticas lo interpretaron como un intento de apuntalar su agenda electoral mediante un gesto diplomático de alto impacto.
En Israel, la firma divide a la sociedad y al propio gabinete. Mientras sectores moderados ven en el alto el fuego una oportunidad para frenar la presión internacional y recomponer relaciones con sus aliados, la derecha ultranacionalista lo considera una “rendición encubierta” ante Hamás. Netanyahu, que enfrenta una creciente impopularidad por la gestión de la guerra, ha defendido que la retirada militar “no es un retroceso, sino un paso táctico hacia una paz duradera”.

Entre tanto, en las calles de Gaza, la noticia fue recibida con alivio y escepticismo. Miles de palestinos salieron a celebrar el anuncio entre ruinas, ondeando banderas y coreando consignas por la libertad, aunque muchos advierten que la experiencia de treguas fallidas pasadas obliga a la prudencia. La población espera que esta vez el alto el fuego se traduzca en una reconstrucción real y en el fin de una guerra que ha dejado decenas de miles de muertos, heridos y desplazados.


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