Hay niveles…
“El trabajo es la fuente de toda riqueza…”. Así es como inicia el influyente ensayo titulado El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, escrito hace unos 150 años por Friedrich Engels. Su afirmación inicial sólo recupera los postulados de la economía clásica, pero Engels agregaba: el trabajo es muchísimo más que eso; es la condición básica y fundamental de toda la vida humana. Su argumento central era que el desarrollo de una serie de habilidades físicas encaminadas a la producción de cosas había permitido la aparición del ser humano. Dice: “primero el trabajo, luego y con él la palabra articulada, fueron los dos estímulos principales bajo cuya influencia el cerebro del mono se fue transformando gradualmente en cerebro humano”.
Con el trascurrir de los siglos el término trabajo sigue siendo un pilar en la vida de los individuos, pero su sentido se ha consolidado para referir la acción encaminada a fines productivos, a cambio de la cual se obtiene una retribución. Ahora bien, para el sociólogo francés Roberto Castel, el trabajo no debe entenderse sólo como una relación técnica de producción, sino “como un soporte privilegiado de inscripción de las personas en la estructura social”. No utiliza el término “privilegio” de manera gratuita, pues advierte sobre un fenómeno social contemporáneo que enfrentan la mayoría de las sociedades: la falta creciente de empleo, que va acompañada de un debilitamiento generalizado de las condiciones y protecciones laborales de aquellos que logran insertarse laboralmente.
Dicho en otras palabras, Castel invita a observar lo importante que es la relación de los individuos con el trabajo (o la ausencia de esa relación), porque de ella depende el lugar ocupado por un individuo en la sociedad y su afiliación (o no) a los sistemas de protección que permiten “asegurarlo” frente a las eventualidades de la vida. Eso quiere decir que todos necesitamos ocupar un cierto espacio en la sociedad para desarrollar la capacidad de ser un individuo, pues esos imponderables, esas eventualidades cotidianas se pueden enfrentar mejor cuando no se están en esas zonas de vulnerabilidad ocasionadas por una desafiliación social, o sea cuando está ausente esa relación del individuo con el trabajo.
No obstante lo anterior, “hay niveles”. ¿A qué me refiero?, a eso que ya explicaba Charles Wright Mills al referirse a los “hombres corrientes” y a las circunstancias en que se desenvuelven cotidianamente: “esos círculos del trabajo, de la familia y de la vecindad muchas veces parecen arrastrados por fuerzas que no pueden ni comprender ni gobernar. Los grandes cambios –dice- caen fuera de su control, pero no por eso dejan de influir en su conducta y en sus puntos de vista. La estructura misma de la sociedad moderna los limita a proyectos que no son suyos, sino que les son impuestos por todos lados”. Pero no todos los hombres son corrientes u ordinarios, explica Wrigth Mills, pues “como los medios de información y poder están centralizados, algunos individuos llegan a ocupar posiciones en la sociedad desde las cuales pueden mirar por encima del hombro, digámoslo así, a los demás, y con sus decisiones pueden afectar poderosamente los mundos cotidianos de los hombres y las mujeres corrientes: son la élite del poder.”
Justamente así es como titula su libro, La étite del poder, y aún cuando el análisis haya sido hecho hace más de medio siglo y en la sociedad norteamericana, su vigencia como categoría sociológica es inegable. ¿O acaso podemos nosotros negar que existen “individuos que llegan a ocupar posiciones en la sociedad desde las cuales pueden mirar por encima del hombro a los demás”? ¿O no es innegable que existe una gran masa de “hombres corrientes” –o, digamos, comúnes para no herir suceptibilidades- cuyas vidas son afectadas por las decisiones de unos cuantos? ¿No son esos pocos miembros de “linajes” los que por décadas han ocupado ese sitio rolando y heredando las posiciones cíclicamente? ¿No hay una tendencia clara al ensanchamiento de la brecha que separa a la élite del poder de los hombres comunes?
Para responder a esas preguntas puede hacer cuentas y mirar si usted y los suyos están o no afiliados por la vía del trabajo a las redes societales; y luego mirar enfrente y ver si en todos los casos sigue siendo el trabajo la principal fuente de riqueza. Puede ayudarse reflexionando cómo hay gente que no ha trabajado más que en el gobierno y anda, por ejemplo, “muy casual” portando un reloj Hublot mientras dirije una reunión gubernamental para anunciar apoyos a los pobres; o cómo alguien así va por la vida hablando de democracia y al mismo tiempo presumiendo el hobby de coleccionar relojes que cuestan millones de pesos; o cómo hay que hacerle para moverse en helicóptero, ya sea “al médico” porque me duele la rodilla, o al arranque de una campaña del político “de izquierda” que asegura tener la solución a los problemas de la gente; al menos yo no sé cómo alguien que no produce riqueza vía el trabajo puede contratar anuncios espectaculares únicamente para poner su foto, o sencillamente ir de compras a Beverly Hills porque se viene la fiesta de graduación de su hija. Será porque hay niveles…


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