En Huixquilucan, el desarrollo no es una política pública: es una escenografía. El municipio presume vialidades modernas, torres de departamentos, campos de golf y escuelas privadas que simulan el primer mundo. Pero a pocos kilómetros de ese espectáculo vertical, en la comunidad El Pedregal, miles de viviendas carecen de agua potable, techos firmes o salones de clase. No es un descuido: es el reverso oculto de un modelo de gobierno que ha hecho del mármol una promesa… y de la pobreza un estorbo que debe silenciarse.
Durante los últimos doce años, bajo gobiernos del PAN, Huixquilucan se ha consolidado como el laboratorio de una derecha que no combate la desigualdad, sino que la administra. El éxito se mide en flujo inmobiliario, no en justicia social. El presupuesto se invierte donde genera rentabilidad, no donde urgen derechos. La obra pública, lejos de igualar condiciones, refuerza un urbanismo que expulsa, oculta y desplaza.
Según cifras oficiales de la Secretaría del Bienestar del Estado de México, más del 51% de la población de Huixquilucan vive en situación de pobreza y casi el 7% en pobreza extrema. La cifra desmiente el mito de un municipio resuelto. Y en zonas como El Pedregal, los indicadores superan por mucho esos promedios: más de 10 mil viviendas sin agua, centenares con pisos de tierra y techos de lámina. Una sola aula construida en una década. La pobreza aquí no es solo numérica: es un diseño institucional. Se le contiene con paliativos, pero se le margina del discurso, de los mapas oficiales, de las prioridades municipales.
Esa es la verdadera “obra” del panismo mexiquense en Huixquilucan: una narrativa de éxito basada en encuestas de percepción, una ciudad partida entre el mármol de Interlomas y el lodo invisible del Pedregal. Todo perfectamente delimitado. Todo estéticamente correcto.
El municipio ha sido gobernado con eficiencia técnica, sí, pero al servicio de una élite. La modernidad, en este modelo, no es una red que incluya, sino una vitrina que excluye. La pobreza no es erradicada, sino disimulada. El mérito político radica en ocultarla, no en transformarla.
Y sin embargo, ahí está. Persistente. Terrosa. Humana. Como un espejo roto frente a los discursos de éxito. Como recordatorio de que gobernar no es seducir al capital, sino garantizar dignidad sin excepción.
Huixquilucan es la maqueta más acabada de ese proyecto: funcional en sus formas, inhumano en sus cimientos. Porque una ciudad que florece para unos pocos mientras encierra a los demás en sótanos sin agua, sin voz y sin derechos, no es moderna. Es simplemente injusta.


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