Cómo entender la percepción de inseguridad en el Edomex

A pesar de la baja en homicidios y robos, la mayoría de las y los mexiquenses se sienten más inseguros que nunca. El problema no son solo los delitos, sino la desconfianza en el Estado
julio 27, 2025

En los últimos meses, el Estado de México ha recibido un aparente reconocimiento: los datos oficiales muestran una reducción en diversos delitos de alto impacto. Bajaron los homicidios dolosos, los secuestros, el robo de vehículos y algunas formas de extorsión. La propia Fiscalía General de Justicia del Estado y los informes del Secretariado Ejecutivo lo confirman.

Pero entonces, ¿por qué la mayoría de las y los mexiquenses se sienten más inseguros que antes?

De acuerdo con la última encuesta ENSU del INEGI (junio 2025), municipios como Ecatepec (90.7 %), Toluca (78.9 %), Naucalpan (83.3 %) y Cuautitlán Izcalli (80.4 %) reportan los niveles más altos de percepción de inseguridad del país. Incluso en municipios donde bajaron ciertos delitos, el miedo permanece. O peor: crece.

Esta contradicción no es nueva, pero hoy es más grave. ¿Qué está fallando?

Percepción y realidad no son la misma cosa, pero viven en la misma calle

Los gobiernos suelen presumir estadísticas. La gente vive experiencias. Y entre ambas cosas hay una brecha que, si no se cierra, termina por quebrar la confianza. Una carpeta de investigación archivada no consuela al joven que dejó de salir de noche. Una tasa de incidencia reducida no cambia la ruta de la madre que evita que su hija camine sola. El miedo no está en los números: está en las esquinas.

Las personas miden la seguridad por lo que ven y sienten: patrullas que no llegan, luminarias fundidas, calles vacías, transporte público sin vigilancia, vecinos asaltados que ya ni denuncian. Es un saber vivencial que contradice, con fuerza y con razón, el saber técnico. Y ese desencuentro construye frustración y desconfianza.

¿De dónde viene este miedo?

No es casual. No es nuevo. Y tampoco es responsabilidad exclusiva de un partido.

Durante décadas, el PRI gobernó el Edomex como si fuera una propiedad privada. La policía fue botín. Las alcaldías, enclaves de clientelas. El territorio, una moneda de cambio. Esa estructura permitió el avance del crimen organizado, la extorsión, el abandono urbano y la impunidad como norma. Luego vino el PAN desde el poder federal con una estrategia de militarización que incendió el país sin construir justicia civil ni comunidad organizada. El Estado de México quedó atrapado entre la negligencia local y la guerra nacional.

Morena heredó ese desastre. Y aunque ha logrado ciertos avances —particularmente en coordinación operativa y reducción de carpetas—, no ha reformado las estructuras que generan desconfianza: policías municipales sin rumbo, alcaldías que no responden, espacios públicos deteriorados, gobiernos locales alejados de su gente.

La seguridad no se decreta: se construye

La encuesta ENSU no solo pregunta por delitos. Pregunta por lo que sentimos en espacios específicos: cajeros automáticos, transporte público, calles, parques. Más del 70 % de la población se siente insegura en esos lugares. También revela cambios de conducta: la gente modifica rutinas, limita a sus hijos, evita salir. La inseguridad se vuelve una forma de vida.

Y cuando el 89 % de la población en municipios como Ecatepec desconfía de que su gobierno local pueda resolver algo, estamos frente a una crisis de legitimidad. Sin confianza institucional, no hay política pública que funcione. Y sin presencia estatal en la vida cotidiana, la gente aprende a cuidarse sola, o a dejar de hacerlo.

¿Entonces qué se puede hacer?

No hay soluciones mágicas. Pero sí hay caminos serios, si se decide caminar.

Primero: reconstruir las policías municipales con mandos civiles, formación profesional y evaluación ciudadana. No es suficiente con reforzar la Guardia Nacional si el vecino no confía en quien patrulla su calle.

Segundo: invertir en espacio público. Calles iluminadas, parques activos, transporte digno. Donde hay comunidad, hay control social. Donde hay abandono, hay miedo.

Tercero: dejar de hablar solo con cifras. La gente no quiere propaganda. Quiere explicaciones, quiere escuchar la verdad. Quiere saber qué se ha hecho, qué falta, y qué puede hacer también como ciudadanía.

Cuarto: cambiar las métricas del éxito. No basta con que bajen los delitos registrados. Hay que medir también cuánto se reducen los temores, cuántos barrios recuperan la tranquilidad, cuántos jóvenes vuelven a jugar en la calle.

¿Y cuánto tardaría en cambiar esto?

Los casos internacionales enseñan algo importante: bajar la percepción de inseguridad toma tiempo. Medellín necesitó más de una década para reconstruir confianza. Nueva York tardó casi 15 años en revertir el miedo colectivo. San Salvador bajó homicidios, pero sigue gobernado por el temor.

En el Estado de México, si se trabaja en serio y sin simulación, el proceso podría tomar entre 8 y 12 años. Si no… puede prolongarse toda una generación.

Conclusión: el miedo no se combate con cifras, sino con presencia

La seguridad es más que un operativo. Es más que un dron o una caseta. Es la certeza de que el Estado —el de verdad— está ahí: en la esquina, en la patrulla confiable, en el juez accesible, en el alcalde que escucha. La gente no quiere milagros. Quiere presencia. Quiere verdad. Quiere que la política sirva para algo más que tomarse la foto.

La inseguridad no es un destino inevitable. Es la consecuencia de muchas decisiones. Algunas equivocadas, otras ausentes. Pero todas corregibles si hay voluntad, inteligencia y responsabilidad.

Lo que no se vale es seguir diciendo que todo está bien, mientras la gente camina con miedo.

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Consulta aquí el informe completo de la ENSU

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