José Isabel Agapito Carranza habla mientras mira el agua verdosa que cubre su casa y lame los muros de su casa en San Pedro Cholula. Hace un mes que vive bajo esta circunstancia: el agua estancada, los olores que se intensifican con los días y la amenaza constante de infecciones.
“Imagínese un tiempo más, un mes más, aquí va a estar todo verde. Ahí vienen las infecciones”, dice con resignación.









Agapito es albañil y sostiene a una familia de cinco personas. Desde hace cuatro semanas su vida se redujo a dos cuartos en la planta alta de su vivienda, porque la planta baja quedó inutilizable. “La estufa ya no funciona, los muebles se echaron a perder. Calculo que perdimos unos diez mil pesos en todo eso”, explica. Para cocinar improvisó una pequeña cocina arriba, con lo poco que logró salvar antes de que el agua alcanzara la loza.




El día a día se volvió un acto de resistencia. Para salir a la tienda coloca tablones y brinca sobre costales. En su calle, algunos vecinos consiguieron canoas para moverse, pero muchos decidieron marcharse. “De aquí hasta dos calles más ya no vive nadie. Son las cinco de la tarde y ya no se ve nada de gente”, relata. Él, en cambio, se quedó, con botas y paciencia, para cuidar lo poco que queda.




La inundación arrasó también con la rutina familiar. Su hijo mayor ya no asiste a la primaria de la esquina, que permanece cerrada porque también está bajo el agua. Las clases se improvisan en los salones de una iglesia. Su esposa enfermó los primeros días tras lavar entre el agua estancada; la infección la llevó al médico improvisado en los consultorios de emergencia.
“Ahorita va a afectar mucho por las infecciones de todo esto”, advierte.




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La pérdida no es solo económica, sino vital: sin baños, con registros tapados y tazas inservibles, las familias dependen de letrinas provisionales. “Yo hasta pienso hacer un bañito provisional, porque imagínese”, confiesa. La precariedad se multiplica cuando recuerda que el trabajo de albañil también está detenido: la lluvia y el lodo impiden levantar muros o colar techos.
«Nada más por ratos, pero de que llueve ya no nos deja trabajar bien. Y tengo cuatro que sostener”.





El agua llegó a 40 centímetros dentro de su casa y en cada tormenta amenaza con subir más. Agapito recuerda que hacía años no veía una inundación así: “Ahora sí ya llovió más de lo debido”. La laguna cercana se desbordó y el agua buscó salida por San Pedro Cholula. El ayuntamiento solo entregó costales, despensas y algunas cubetas. Protección Civil y bomberos pasaron hace semanas, pero sin soluciones definitivas.




“Nosotros tenemos que soportar esto. Necesitamos el apoyo del gobierno, que la gobernadora venga a ver lo que está pasando”, reclama. Mientras tanto, calcula cómo sobrevivir un día más entre el agua que no se va, el mal olor que crece y la incertidumbre de cuánto tiempo podrá resistir.
Su testimonio se repite en decenas de casas vacías, calles desiertas y familias desplazadas. En San Pedro Cholula, la vida cotidiana quedó suspendida, atrapada en un mes interminable bajo el agua.



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