La visita a Iraq del primer vicepresidente de Irán, Eshag Jahangiri, refrendó la voluntad inequívoca de cimentar las relaciones bilaterales, conscientes de que tal armonía suscita -cuando menos- inquietud en el golfo Pérsico y más allá.
Sin olvidar, pero decididos a cicatrizar cualquier herida remanente de ocho años de sangrienta guerra (1980-1988), el país mesopotámico y su vecino persa apostaron por oxigenar sus nexos, precisamente cuando Teherán también cree viable cambios positivos en sus lazos con Arabia Saudita.
Apenas una semana después del viaje de tres días de Jahangiri, el canciller iraní, Mohammad Javad Zarif, llegó a Bagdad procedente de Ginebra para «revisar y actualizar» los vínculos en materia diplomática, pero ratificó la disposición de la república islámica a apoyar a su vecino en todo lo posible.
Zarif afirmó que su país asiste a Iraq en la lucha anti-terrorista. «Irán está junto a Iraq en el combate al terrorismo (pues) su seguridad interesa tanto como la propia», expresó mientras su homólogo iraquí, Ibrahim Al-Jaafari, reconoció que también intentan «priorizar temas aún sin solución».
Casi en paralelo con la estancia del ministro de Relaciones Exteriores en Bagdad, los titulares de Defensa iraní e iraquí, Hossein Dehghan y Khalid al-Obeidi, respectivamente, hablaron por teléfono.
Ambos militares reiteraron la necesidad de multiplicar y coordinar mejor la cooperación en el enfrentamiento al Estado Islámico (EI), el más sonado de los grupos terroristas, pero también a otros que históricamente han operado desde territorio iraquí contra la Revolución de los ayatolah.
De hecho, Dehghan aseveró que Teherán está listo para acelerar la implementación de acuerdos bilaterales a fin de incrementar la cooperación en materia de defensa en un intento por «consolidar la estabilidad y seguridad en Iraq», clave para intereses económicos, comerciales y estratégicos de Irán.
Una buena noticia en cuestión energética fue que se completó el 95 por ciento de un gasoducto desde Irán hasta Iraq para suplir el carburante a las refinerías de al-Mansourieh, al-Sadr y al-Quds.
Sin embargo, el ministro iraquí de Electricidad, Mosaab Al-Modares, admitió que la ejecución del restante cinco por ciento depende de garantías de seguridad en las áreas por donde se supone que atravesará la tubería, muchas afectadas por batallas entre tropas gubernamentales y yihadistas.
Ello explica que el presidente iraquí, Fuad Masum, aprecie sobremanera la asistencia iraní a su país para luchar contra el DAESH, acrónimo árabe del EI, una ayuda esencial, a pesar de que Teherán rehúsa participar en la coalición aérea internacional que encabeza Estados Unidos.
Washington no esconde el desasosiego por la progresiva afinidad entre Teherán y Bagdad, y teme quedar mal parado si la colaboración entre ambos vecinos logra aniquilar al DAESH, un engendro suyo al que los bombardeos aéreos no han conseguido frenar.
Las dos naciones comparten una frontera de mil kilómetros y coinciden en que los bombardeos aéreos son insuficientes para derrotar al EI, de ahí que Masum y el primer ministro Haider Al-Abadi agradecieran la ayuda recibida desde el mismo comienzo con recursos militares y humanos para ese fin.
Observadores sostienen que el reciente desarrollo en las relaciones de amistad irano-iraquíes busca lograr una serie de metas admirables para ambas partes, empezando por la eliminación del terrorismo que intimida al pueblo iraquí, sabotea su economía y entorpece cierta colaboración.
Para ambos, detener la violencia destructiva del DAESH que causa un elevado número de bajas civiles, es precondición para reconstruir un país con sus infraestructuras arruinadas por la violencia sectaria y los efectos de la ocupación militar norteamericana (2003-2011).
Un entendimiento armonioso, como el actual, favorece igualmente recuperar a sus máximos niveles la producción petrolera para ubicar a Iraq en una «trayectoria económica positiva», nutrir a un gobierno elegido que pueda gobernar con efectividad, y revertir el sectarismo y la violencia internas.



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