La historia de Juan Pablo Domínguez, o más conocido como Juanpi Domínguez, no es la de un futbolista de reflectores, pero sí la de un hombre que, con garra y talento, tejió una de las historias más inspiradoras del Toluca campeón. Un relato donde la constancia y la pasión se abrazan con la esperanza, y donde los sueños no tienen fecha de caducidad.
Hace diez años comenzó su andar por las canchas de tercera división, en el Chimbombos FC de Cintalapa, Chiapas. Allí, donde la tierra aún no huele a césped profesional, empezó a labrarse una ruta que ni los equipos actuales pueden lograr: la del ascenso de categoría.

Toluca, la ciudad que marcaría su carrera
1.7 kilómetros separan el estadio Nemesio Diez del mítico Chivo Córdoba, donde Juanpi dejó huella con los Potros UAEMéx a su llegada en 2017. Con menos miradas en las gradas y vistiendo el verde de la máxima casa de estudios, comenzaría su romance con la ciudad de Toluca.
Marcó 23 goles en la filial, se paseaba discreto por Los Portales y disfrutaba de la vida de un futbolista que estaba destinado a hacer cantar a la afición que caminaba a su lado de manera indiferente.



Dejó la capital mexiquense sin saber que regresaría. Pasó por la filial premier de Chivas y se hizo campeón con Irapuato en la tercera división. Aunque no logró el ascenso con la Trinca Fresera, su fútbol lo catapultó al Atlante, donde se reencontró con el potro, pero en otros colores. Allí alzó tres títulos, encontró los reflectores que se le negaban y gritó fuerte para ser escuchado en primera división.


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Mucho por demostrar en la Liga MX
Su llegada a Necaxa en 2022 no fue portada de ningún diario. No era una joya de exportación ni un fichaje mediático, pero su fútbol hablaba más que cualquier promesa. En Aguascalientes mostró carácter, técnica y olfato. Y el Diablo, siempre atento a la llama que arde en silencio, lo llamó.
Toluca lo anunció en 2023. Pocos celebraron su fichaje. Las redes sociales cuestionaron su llegada. No tenía apellido de renombre ni etiquetas de figura, pero sí tenía hambre.
En lugar de discursos, respondió con fútbol. Desde el primer toque en el Nemesio Diez, la afición supo que Juanpi no era un jugador más. Era uno de ellos.

Uno con su gente y su estadio
El vínculo con la afición fue inmediato. El “Juan3.1416” se volvió viral, cruzó fronteras digitales y lo convirtió en símbolo, incluso desde el humor por su manera de ser. Pero lo que realmente lo definía era su entrega: corría, defendía, atacaba y, sobre todo, sentía la camiseta.
Cuando Helinho —el refuerzo brasileño de 14 millones de dólares— no logró consolidarse, Juanpi Domínguez tomó su lugar con naturalidad. Y no fue una decisión técnica: fue el espíritu, la garra, lo que lo volvió indispensable. No hay cifra que compita con el amor propio.

La noche que lo cambió todo
El 25 de mayo de 2025, el Toluca levantó su undécimo título de Liga MX. Y en esa fiesta, entre estrellas, confeti y ovaciones, brilló Juan Pablo Domínguez. El chico de Ecatepec, el que caminó entre estadios, el que nunca dejó de creer. Su historia no se escribió en contratos millonarios ni en promesas de cantera, sino en cada paso de tierra que pisó hasta llegar a la cima.
Juanpi es el testimonio de que, en el fútbol mexicano, aún hay espacio para los sueños que se trabajan. Que el talento sin atajos, acompañado de corazón y disciplina, puede conquistar cualquier infierno.



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