No cabe duda que hay una buena masa de mexicanos a los que le gustaría ser vasallos de una clase dominante de corte real. De una realeza mexicana.
En la ceremonia del grito de independencia del pasado 15 de septiembre, fue enternecedor, por decirlo de alguna manera, observar el entusiasmo de la gente que se agolpaba en el zócalo de la ciudad de México.
Mujeres y hombres que fueron rigurosamente cateados junto con sus hijos para permitirles el acceso al centro de la ciudad.
Gente que no obstante el indignante trato recibido para celebrar lo que el discurso llama la gesta libertaria, se mostró vivamente entusiasmada cuando aparecieron en los balcones del palacio de gobierno sus gobernantes.
Abajo se observaban señoras pasadas de peso fruto de la grasa y los carbohidratos de mala calidad, con vestimenta sencilla, en la que se apreciaban las malas hechuras y la tela corriente. Niños con esa contradictoria situación de sobrepeso y desnutrición. Hombres con sus chamarras aspiracionales de los vaqueros de Dallas comiendo tacos y pambazos.
Mientras arriba, en los balcones, el good looking evidenciaba el trabajo de gimnasio, el fitness de los pilates o el yoga, las comidas orgánicas, los vestidos de diseñador de las damas y los costosos trajes de los caballeros. También las buenas cremas, los shampoos y enjuagues, el maquillaje meticulosamente trabajado por manos expertas.
Los de abajo se desgañitaban y alzaban sus ojos hacia las alturas con la esperanza de ser notados y se esforzaban en vitorear a sus gobernantes.
Los de arriba condescendientes unos y sorprendidos otros, sonreían satisfechos y saludaban a la multitud que los aplaudía. Dejaban ver su complacencia con los de abajo, en tanto siguieran ahí.
Uno de los temas que se ha debatido es el de los privilegios de la clase política gobernante comparados con las limitaciones y precariedad de la mayoría de la población.
Sin embargo, al observar el entusiasmo con el que la población que llenaba la plaza aclamaba a los personajes que encabezaban la ceremonia, no puede uno menos que destacar lo adorable que puede resultar esta mediatizada prole para la clase gobernante.


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