Del frijol con gorgojo al algoritmo: el nuevo mercado negro del poder
I. La mutación
Durante décadas, el poder en México se compró con costales, no con clics. Con dinero, no con emociones. Bastaba un camión lleno de despensas, unas láminas, un tinaco, unos marranos en temporada electoral. Era el trueque de la miseria: tú votas, yo te doy.
A eso López Obrador le puso nombre con tono bíblico: “El frijol con gorgojo”. Y tenía razón. Era el clientelismo como sistema de control político.
Pero esa maquinaria se transformó. Ya no se necesita el camión ni el delegado repartiendo migajas en la madrugada. Basta una granja digital, unos miles de bots, un discurso incendiario, un rumor bien escrito.
La compra del voto fue sustituida por la compra de la conciencia. Lo que antes se corrompía con una moneda hoy se corrompe con una mentira.
El poder descubrió que manipular la realidad es más barato que distribuir dinero. Las despensas pesan; los algoritmos, no. Y así, la vieja corrupción material se volvió corrupción cognitiva.
II. El nuevo clientelismo: el de la mentira
El México de la posverdad ya no necesita convencerte de nada, solo agotarte. Te inunda con tanta información, con tantas versiones, con tanta rabia, que terminas eligiendo la mentira más cómoda.
Ahí está la trampa: ya no se pelea por la verdad, sino por la narrativa más soportable.

Los partidos lo saben, las élites lo perfeccionan. Los mismos que antes mandaban operadores a las colonias ahora pagan agencias para sembrar miedo en TikTok. Cambiaron los mapaches por community managers, los sobres con billetes por campañas de bots, el discurso por el trending topic.
No es una metáfora. Es el mismo poder de siempre, solo que digitalizado.
Y el daño es deontológico, moral, estructural. Mentir se volvió método, no error. Lo grave no es que engañen: es que lo hagan con orgullo, con presupuesto, con estrategia.
III. La falsificación del malestar
El malestar social es real: inseguridad, desigualdad, corrupción. Pero lo que hoy hacen los mercaderes de la mentira es vender indignación adulterada.
Toman el enojo legítimo de los jóvenes, lo destilan, lo reempaquetan en clips de 15 segundos, le ponen música épica y le insertan una conclusión falsa: “La culpa es del gobierno actual, el país está perdido, no hay futuro”.
Y millones comparten, emocionados, sin saber que están participando en una guerra psicológica financiada.

El Edomex es el epicentro perfecto: cinco millones de jóvenes entre 13 y 28 años, conectados todo el día, hastiados de la política tradicional, educados en la precariedad. No se les compra con una torta, sino con una “verdad alternativa” que les da identidad.
La derecha mexicana ha aprendido a usar ese malestar como insumo. Y lo hace con precisión quirúrgica: IA para fabricar voces, bots para amplificar mensajes, influencers disfrazados de ciudadanos libres.
El objetivo no es convencer, sino infectar: que la mentira se replique sola.
IV. De la democracia al simulacro
Lo más inquietante no es la tecnología, sino la ética perdida.
En los tiempos del PRI viejo, se mentía, pero todos sabían que era mentira. Había un pacto tácito: tú finges que gobiernas bien, yo finjo que te creo. Era una farsa funcional, casi teatral.
Hoy no. La mentira ya no se reconoce como tal. Es industrial, automatizada, despersonalizada.
Un ejército de cuentas falsas repite una consigna millones de veces hasta convertirla en consenso. Y la multitud digital, sin tiempo ni ánimo para verificar, la adopta como verdad.
La democracia se convierte en un espejismo algorítmico: creemos votar con libertad, pero en realidad seguimos una tendencia programada.
Y lo más perverso: el algoritmo no tiene ideología. Sirve igual para un conservador que para un progresista. La herramienta es neutral; el uso, no. Por eso, el verdadero riesgo no es la derecha o la izquierda: es la indiferencia moral con la que se miente.
V. Mentir debería ser delito
No una falta menor, ni un pecado venial. Un delito.
Porque mentir en política no es un juego retórico: es alterar el contrato social, manipular la voluntad colectiva, corromper la conciencia ciudadana. Si un funcionario roba dinero, va a prisión; pero si manipula a millones con información falsa, ¿solo pide disculpas?
La mentira organizada es corrupción de la verdad pública y debería castigarse igual que el desvío de recursos.
Pero la ley llega tarde. Las mentiras viajan a la velocidad del algoritmo; la justicia, al paso del expediente.
Mientras tanto, la opinión pública se deforma como un espejo roto.
VI. El derecho a la verdad
Toda sociedad democrática se sostiene sobre un principio moral: el derecho a la verdad.
No a “mi verdad”, no a “tu versión”, sino a los hechos verificables que permiten convivir sin matarnos.
Cuando ese derecho se corrompe, no hay ciudadanía posible.
Lo que queda es un zoológico de percepciones enfrentadas, cada uno con su propio universo de datos.
El Edomex, por su densidad humana y su peso electoral, es el laboratorio más grande del país.
Lo que aquí se deforma se replica nacionalmente.
Por eso, cuando las redes se llenan de clips falsos, cuando una inteligencia artificial pone palabras en boca de alguien, cuando se infla una marcha juvenil que no existe, lo que está en juego no es una elección: es la noción misma de realidad.
VII. La ética como resistencia
El único antídoto es la ética, pero no la de los discursos institucionales: la cotidiana, la del ciudadano que decide no compartir lo que no ha leído, no insultar lo que no entiende, no creerse más sabio que los hechos.
La ética, en este tiempo, es una forma de resistencia.
Implica volver a pensar antes de reaccionar, volver a escuchar, volver a leer completo, volver a dudar.
Y, sobre todo, implica exigir a los políticos que la verdad sea su primer deber, no su último recurso.
La ética, en el fondo, no es una virtud individual, sino una condición de posibilidad colectiva: sin ella no hay conversación, sin conversación no hay comunidad y sin comunidad no hay democracia.
VIII. Clinientelismo de la desinfirmación
La perversidad de las élites no empezó ayer: lleva décadas perfeccionándose.
Lo nuevo es que ahora ya no corrompen el hambre, sino la mente.
Pasamos del clientelismo de despensa al clientelismo de desinformación.
Antes se compraba el voto; hoy se compra la percepción.
Y el resultado es el mismo: la voluntad popular reducida a mercancía.
La sed de poder envenena a México porque destruye su último patrimonio común: la posibilidad de confiar.
Confiar en la palabra, en los hechos, en los otros.
Y, sin confianza, no hay país: solo una multitud manipulada creyendo que opina libremente mientras repite un guion ajeno.

La posverdad no es una época: es un régimen.
Y el primer deber de toda conciencia pública —de todo periodista, de todo ciudadano— es romperle el espejo.
Epílogo contextual
Este texto se escribe a propósito de la reciente convocatoria digital de la derecha mexicana a una supuesta marcha juvenil, montada sobre la bandera de la Generación Z, que busca explotar el hartazgo social, el miedo a la violencia y la precariedad emocional de los jóvenes mexiquenses.
Detrás de esa aparente espontaneidad se ha documentado el uso de bots, agencias de monetización y contenidos generados con inteligencia artificial para fingir una rebelión que no existe.
El peligro no es la marcha en sí, sino la naturalización del engaño como método político.
Porque cuando se manipula la esperanza de una generación, lo que se corrompe no es solo la democracia: es la verdad misma.
Y en ese punto —en ese límite moral donde la mentira se vuelve sistema— empieza la verdadera lucha de nuestro tiempo.

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