El sentido del poder en clave de pueblo
A dos años de aquella histórica jornada electoral que fracturó la hegemonía priista más longeva del país, el Estado de México transita —con tensiones y aciertos— hacia una nueva lógica del poder. Pero más allá del dato político, lo esencial está en el plano del sentido: como diría el filósofo argentino Enrique Dussel (y resignificaría el propio Enrique Cohen), el pueblo ha dejado de ser objeto de administración y se ha constituido como sujeto ético de transformación. La mayoría históricamente relegada —las mujeres, los pueblos originarios, los trabajadores precarios, las juventudes sin herencia— hoy se reconocen en el rostro de Delfina Gómez, no como un reflejo idealizado, sino como una promesa en ejercicio. La gobernadora no ha inaugurado una utopía, pero ha reabierto el horizonte. Y eso, en términos políticos, es más revolucionario que cualquier megaobra.
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Gobernar con brújula: rumbo y disidencia
Es claro que el Estado de México tiene rumbo. No perfecto, pero firme. No sin obstáculos, pero con brújula. La paz que hoy se vive —frágil, pero real— no es fruto del control, sino del consenso: de una gobernadora que, en vez de imponer, escucha; que en vez de simular diálogo, lo encarna. Frente a los esfuerzos enfermizos de grupos de interés anclados en el viejo régimen, frente al conservadurismo que añora los tiempos del privilegio como derecho, la figura de Delfina Gómez choca, incómoda, descoloca. Porque no proviene de la élite, ni habla en jerga de poder. Encierra otra gramática: la de los valores comunitarios, la ética del cuidado, la pedagogía de la dignidad. Delfina no solo gobierna: propone otro modo de estar en lo público, fuera de la caja, lejos del clientelismo y de la arrogancia institucional.
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Otra pedagogía del poder: primero los pobres
Delfina también representa otra pedagogía del poder. Una que rompe con la noción autoritaria de que ganar en las urnas equivale a obtener un cheque en blanco. En el México del pasado, quien alcanzaba el poder lo ejercía como propiedad privada; hoy, en cambio, el mandato popular exige humildad, escucha y límite. Delfina no es una mandamás, ni una señora feudal: es una mujer común, con una biografía más parecida a la de sus gobernados que a la de sus antecesores. Y desde ahí, entiende su encargo como servicio, no como superioridad. “Primero los pobres” no es un eslogan, sino una brújula ética. En el Estado de México, donde casi 9 millones de personas viven en situación de pobreza, esa prioridad se vuelve sentido común gubernamental. Gobernar para las mayorías ya no es populismo, es justicia diferida.
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Sin contraste, no hay rumbo: la ausencia de oposición
Al Estado de México le urge una oposición ética, con causa, con raíces en el territorio y no solo en las oficinas de campaña. Una oposición que no solo critique, sino que proponga; que no busque volver al pasado, sino empujar hacia un futuro con justicia. Hoy, esa oposición parece ausente, extraviada entre cálculos y nostalgias. El PRI y el PAN caminan en círculos, atados a su propia inercia, sin narrativa ni liderazgo moral. Movimiento Ciudadano, aunque joven, no ha logrado consolidarse ideológicamente ni ofrecer una bandera reconocible que convoque más allá de las redes sociales. Tal vez, como en otros momentos históricos, la resistencia necesaria para oxigenar el cambio con rumbo no vendrá de los partidos. Tal vez emerja desde la sociedad civil organizada, desde el sindicalismo ético, desde los pueblos originarios que no claudican, desde las mujeres que cuidan sin descanso, o desde la academia comprometida con su tiempo. Tal vez la crítica propositiva, el contrapunto necesario a toda transformación, surja no desde la ambición por el poder, sino desde la conciencia del deber. Porque sin disenso genuino, incluso la mejor de las revoluciones puede extraviarse.
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Contra el infundio, altura y verdad
Y por último, unas líneas necesarias para los canallas, los acomplejados y los resentidos: aquellos que han hecho del infundio su trinchera, de la mentira su oficio, y de la calumnia su pobre alimento espiritual. Los que, incapaces de construir, se dedican a escupir sobre lo que no entienden, solo porque les recuerda todo lo que no son. Hasta ahora optamos por el silencio frente al veneno artero de quienes alguna vez aquí abrevaron y luego se fueron en una pervertida interpretación de la dialéctica hegeliana —creyendo que negar con odio los orígenes los convertía en algo nuevo. Pero ya no. A partir de hoy, cada ataque tendrá su respuesta, cada agresión, su réplica, siempre con verdad, con hechos y con la altura que a ellos les falta. Por consideración a la frágil salud mental del pequeño hombrecito que se victimiza en tribunales como plañidera ilustrada, habíamos callado. Pero su insania no es un padecimiento: es la manifestación rencorosa de una maldad activa. Se terminó la paciencia. Y también se acabó el permiso para que el odio circule impune.


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