Más de la mitad del mundo ha sufrido una invasión tan silenciosa como letal. Sin apenas darnos cuenta, hemos sido cercados desde hace unos cuantos años por agentes tan perniciosos como los emulsionantes, los conservantes, los aditivos, los colorantes y los edulcorantes. A todos ellos nos los estamos llevando a la boca diariamente y, con cada bocado, incrementamos el riesgo de morir de manera temprana y hasta dolorosa.
¿De qué se trata esta invasión? Del poderoso embate de la industria de los ultraprocesados. La alerta más reciente sobre este grave proceso que está deteriorando la salud global la dio la revista científica The Lancet con la publicación de una serie de artículos que reúne evidencia contundente sobre el grave problema en el que se encuentra la humanidad por el creciente consumo de productos que tienen una característica: son hiperpalatables. Eso quiere decir que están diseñados para incidir en nuestro cerebro de manera intensa y generar la dificultad de dejar de comerlos.

¿Le suena familiar la frase “a que no puedes comer sólo una”? La misma resume precisamente lo que es un producto hiperpalatable: creado con una mezcla bien diseñada de grasas, azúcares, sal y aditivos. No necesariamente son alimentos, son diseños industriales cuyo blanco es el cerebro, para activar ahí el sistema de recompensa y hacer muy difícil dejar de comerlos.
Estas publicaciones recientes representan un nuevo y urgente llamado de atención acerca de que este tipo de mercancías ya representan más de la mitad de la dieta promedio en países como EE. UU. o Inglaterra, además de mostrar tendencias crecientes en países de ingreso medio y bajo, como México y toda América Latina.
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En uno de los artículos se señala que no se debe plantear o abordar como un problema individual, relacionado con lo que la gente decide comer, sino que es preciso ver la operación de un sistema alimentario impulsado por el lucro corporativo. Se despliega evidencia de cómo grandes empresas transnacionales invierten sumas multimillonarias en campañas publicitarias (sobre todo dirigidas a las generaciones más jóvenes), aparte de hacer mucha labor política para influir en los gobiernos, en la actividad científica y en la opinión pública con la intención de que no se les señale como los causantes de severos problemas de salud.

Unos 12 padecimientos de salud que estarían directamente relacionados con el consumo de estos productos, entre los cuales destacan la diabetes tipo 2, las enfermedades cardiovasculares, las enfermedades renales e incluso la depresión.
Las publicaciones en comento enlistan unos 12 padecimientos de salud que estarían directamente relacionados con el consumo de estos productos, entre los cuales destacan la diabetes tipo 2, las enfermedades cardiovasculares, las enfermedades renales e incluso la depresión. La alerta es global —dicen— y así debe ser la respuesta: coordinada por toda la comunidad internacional para contrarrestar la influencia de la industria.
A los países en lo particular se les recomienda implementar de inmediato algunas de las siguientes medidas: Regulación Estricta para reducir la producción, promoción y consumo de ultraprocesados; etiquetado frontal en los empaques con advertencias claras de los ingredientes; prohibir la publicidad dirigida a niños y en medios digitales; aplicar impuestos más altos para desincentivar su consumo y usar esos ingresos para subsidiar el acceso a alimentos frescos y mínimamente procesados; y, finalmente, prohibir su venta en instituciones públicas como escuelas y hospitales.
Prácticamente todas estas medidas se han implementado en nuestro país en los años recientes y han sido estridentes las reacciones por parte de la industria y de sus voceros. La más nueva está por entrar en vigor en enero: impuestos adicionales a las bebidas ricas en azúcares y edulcorantes de todo tipo. Pero hacen falta más esfuerzos a nivel gubernamental para combatir esta industria y a nivel personal para generar en cada uno de nosotros hábitos alimenticios más saludables que prefieran los alimentos no procesados.
La fórmula es esta: si uno no adquiere para cocinar el desayuno emulsionantes, conservantes, aditivos, colorantes o edulcorantes quiere decir que no son necesarios. ¿Por qué entonces los deberíamos comer por la vía de unas papitas, un refresco o unas galletas?
La serie de The Lancet a la que hicimos referencia ha encendido la alarma: la magnitud del problema se compara hoy con la industria tabacalera, un negocio multimillonario que prioriza la ganancia sobre la vida. El desafío ya no es solo qué elegimos comer, sino cómo regulamos un sistema que nos enferma. La guerra contra los ultraprocesados es, en esencia, la lucha por nuestra supervivencia y la de las futuras generaciones.

