■ El IEEM, burocracia electoral;
■ El negocio de las pluris;
■ Manzur, bajo expediente;
■ El poder que no se vota;
■ La felicidad compartida.
La burocracia que administra la democracia

El Instituto Electoral del Estado de México terminó por asumirse como lo que hoy es: una oficina bien pagada de administración electoral y poco más. Siete consejeros, sueldos de élite burocrática y una misión reducida a contar votos, sellar actas y cumplir calendarios, mientras la cultura política de los mexiquenses se marchita entre abstención, desinterés y desconfianza. El IEEM nació para garantizar elecciones y, con los años, renunció a formar ciudadanía. No incomoda al poder, no interpela a la sociedad y no arriesga nada que ponga en peligro el mejor de los incentivos públicos: conservar el cargo. Si desaparece como producto de la reforma electoral en curso, ningún verdadero demócrata lo extrañará ni el pueblo derramará una sola lágrima. Democracia administrada, no vivida.
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El negocio que duele perder
En el sistema local del Edomex, la representación proporcional no es pluralismo: es nómina. Son 30 diputaciones plurinominales en el Congreso y casi 450 asientos entre regidores y síndicos de lista en los 125 ayuntamientos. Ahí vive la burocracia partidista, los controladores internos, los grupos de intereses creados que no ganan territorio pero sí posiciones. Por eso, sufren con la reforma. Quitarlos no moverá un centímetro la gestión de gobierno: los alcaldes-virreyes seguirán mandando igual, con cabildos bajo control y decisiones unipersonales. La diferencia está en otro lado: desaparece el premio de consolación, se achica el mercado de cuotas y baja la nómina que paga el pueblo por cargos prescindibles en cientos de millones de pesos al año. Menos asientos, menos simulación.
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Manzur, bajo expediente

José Manzur Quiroga no es un residuo menor del pasado, sino un operador emblemático del peñismo, el ciclo de poder que se incubó en el Edomex y se proyectó a la presidencia. Su momento estelar llegó durante el Gobierno de Eruviel Ávila, siempre rodeado de sospechas de enriquecimiento ilícito al amparo del poder. El dato duro es reciente: en diciembre de 2025, promovió un amparo indirecto penal federal, un amparo buscador para saber si existen acciones penales en su contra. Las autoridades federales negaron formalmente el acto reclamado, respuesta típica cuando las investigaciones, si existen, siguen en fase sigilosa. El contexto explica la prisa: el movimiento coincide con la aprehensión de Isidro Pastor, su mentor y socio histórico, por presunto lavado de dinero. No es prueba de culpabilidad, pero sí señal de alerta. En política, nadie pregunta si lo investigan si no tiene razones para hacerlo.
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El poder que no se vota
La reforma electoral toca un nervio real porque amenaza uno de los últimos refugios del poder sin ciudadanía: cargos obtenidos por lista, sin calle, sin riesgo y sin responsabilidad social directa. Diputaciones y regidurías de representación proporcional han servido menos para representar a la sociedad que para sostener equilibrios internos, pagar favores y mantener vivas burocracias partidistas que ya no convencen a nadie. Su eventual desaparición no debilita a los gobiernos locales ni cambia la correlación real del poder municipal o legislativo; lo que hace es desnudar a los partidos y obligarlos a volver al único terreno que importa: el voto directo.
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La felicidad compartida

El fútbol —lo advirtieron Ortega, Gramsci y luego Adorno— opera como ritual de masas: no sustituye a la política, pero organiza la emoción colectiva cuando la vida pública se vuelve abstracta. En el Edomex, la racha de buen juego y espectáculo del Toluca ha producido algo más que entretenimiento: una alegría social transversal, no cínica, no defensiva. Hoy, no hay euforia de régimen, pero tampoco resignación; hay esperanza tras el cambio político, tras haber sacado al PRI del poder. En ese clima, el fútbol no funciona como anestesia sino como celebración paralela de un ánimo social que se recompone. La última vez que Toluca generó una emoción comparable fue en los años del peñismo, cuando los campeonatos coincidían con la cúspide simbólica del viejo poder. Hoy, la paradoja es distinta: en el invierno de su vida, Valentín Diez, empresario conservador y opositor a la 4T, logra devolver al pueblo una felicidad sin discurso ni propaganda. El fútbol no reemplaza al cambio de régimen, lo acompaña. Y que esa alegría conviva hoy con una expectativa política distinta habla de una sociedad que, por primera vez en mucho tiempo, puede celebrar sin cinismo.

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