Siempre me he concentrado en pensar que las cosas ocurren por una razón. Cuando sucedió el terremoto de 1985 fui testigo no sólo de la catástrofe, devastación, dolor y perdida, sino también de la solidaridad, patriotismo, amor de los mexicanos y del cariño que nos tienen en el extranjero. Así mismo, atestigüé la reacción de una clase política y gubernamental pasmada ante tan lamentable suceso y por ende, su actuar tardío, lo que generó un cambio en la incipiente democracia de nuestro país.
Treinta y dos años después en la misma fecha, claro horas después, todo se volvió un “déjà vu”, pues nuevamente un sismo sacudió no sólo la capital del país, sino al Estado de México, Morelos, Puebla, Oaxaca y Chiapas, donde la devastación, el dolor y la perdida fueron detonantes de un despertar ciudadano que al parecer se encontraba pasivo, sumergido en la crítica e inconformidad, pero que la sacudida de la tierra removió algo más, “el despertar de una conciencia colectiva”. Ahora la sociedad civil tomó las riendas del país, se organizó para generar centros de acopio, voluntariado, ayuda y difusión de información por una herramienta con la que no contamos en 1985: las redes sociales.
Mientras tanto, en esta ocasión, la autoridad reaccionó pero sus procesos burocráticos la han rebasado ante el accionar ciudadano; por otro lado, la clase política de nuestro país se ha acostumbrado a actuar últimamente ante la presión social, el pueblo de México se ha revelado, ha exigido y ha actuado, pero nuestros políticos han guardado silencio y cuando hablan es para acceder ante cualquier petición, como si se tratara de una carrera cuya meta se define en favor de quien ofrece más.
¿Y ahora qué sucederá? Me gusta pensar que quizá ocurran dos cosas: la primera, un cambio profundo en nuestro sistema político, donde la conciencia ciudadana colectiva defina directrices muy concretas y puntúales de una nueva forma democrática; y en segundo término, un cambio de actitud de la clase política, donde la sencillez y la austeridad refleje la representación de un país que está dolido, herido, pero sobre todo, que quiere reinventarse para transformarse en una gran nación.


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