En la tercera semana de este mes se supone que tendrá verificativo en la ciudad de Toluca la primera edición de la Feria Internacional del Libro del Estado de México (FILEM). Hasta ahora no hay suficiente información del evento, pues lo que sería su página web aún parece “en construcción”, y en las redes sociales sólo hay convocatorias para que voluntarios se sumen a las labores de dicha feria. Ante esa escasez de información no se sabe en qué medida se trata de una iniciativa sólida, que busque permanencia en el tiempo y tenga aspiraciones de crecer y posicionarse en el calendario anual de ferias de libro, o si por el contrario se trata de una ocurrencia coyuntural.
Poco se sabe hasta ahora de las casas editoras que estarán presentes y de qué países pues se anuncia como feria internacional; se ignora si habrá invitados especiales, presentaciones de libros, conferencias, cuánto costará la entrada, etcétera. Casi nada se sabe. Apenas este martes una escueta declaración del Alcalde de la Ciudad de Toluca confirmó que la feria habría de realizarse. Hoy lo que conocemos es que iniciaría el 21 de agosto, durando unos 10 días, y que la sede sería la Plaza de los Mártires. Se supone que la instancia organizadora es la hasta ahora muy discreta Secretaría de Cultura y Deporte del Estado de México, en colaboración con la UAEM, que con ello dejaría de organizar su propia feria anual del libro que por estas mismas fechas se celebraba desde hace al menos cinco lustros. En fin, que la FILEM se realizará en plena Plaza de los Mártires, y algunos sospecharán que es parte de las cosas realizadas para mantener esa plaza ocupada todo el tiempo y que no albergue manifestaciones y plantones. Pero en este caso ¿quién podría oponerse a una feria de libro?
Lo decía yo en artículo publicado no hace mucho (http://www.uaemex.mx/plin/colmena/Colmena_80/Aguijon/3_Editar_no_basta.pdf), el libro ha conservado por siglos un estatus de producto cultural aceptable por casi todo mundo. Se le sigue apreciando en demasía —incluso por aquellos que no lo utilizan con frecuencia— y esto, quizá, tiene que ver con el origen religioso de los textos impresos. Tal origen sigue impregnando al libro de un halo sacramental.
Por eso, organizar una feria de libro es un hecho al que difícilmente se le puede oponer resistencia, al contrario, hay muchas maneras de justificarlo. Como lo dice irónicamente Juan Domingo Argüelles, “cada vez que hablamos del libro y la lectura, cada vez que tomamos la palabra para referirnos al fomento de la lectura de libros, tendemos casi de modo impensado a hacerlo sacerdotalmente, con un sentido misionero de homilía cristiana, como si estuviéramos repartiendo hostias y entregando a cada uno la comunión eucarística, haciéndolos partícipes del banquete del Reino”.
Incluso pueden hablar de las bondades y potencialidades de la lectura de libros quienes no atinan a recordar tres títulos que hayan marcado su vida. Ya se sabe que la población mexicana no es lectora: tengo ahora a la mano los resultados de la encuesta de hábitos de lectura hecha por la Fundación Mexicana para el Fomento a la Lectura en el año 2012. De acuerdo con tal ejercicio estadístico, los mexicanos leen en promedio 2.9 libros al año (esa tendencia se ha mantenido al menos una década). Así que la poca lectura no es algo sorpresivo, lo que sí puede llamar la atención es que para tan poco público la producción de libros en México sea del tamaño que lo es. Tan sólo en 2012 (mismo año de la encuesta referida) la agencia ISBN en México asignó 20 mil 761 números para igual número de títulos editados en ese periodo; eso significa aproximadamente, 66 libros cada día (y con tirajes de entre 500 y 1000 ejemplares en promedio, la suma es de millones de textos). ¿Cuál será el destino de ellos? Porque si de números hablamos, los sitios donde ellos podrían venderse se reducen cada vez más.
Hay cifras según las cuales en el país entero las librerías son lugares que están casi en peligro de extinción. El Atlas de Infraestructura Cultural de México reportó que en 2003 existían 1, 012 librerías, 36 librerías universitarias y 135 de editoriales. Sin embargo, un estudio sobre la industria editorial mexicana, efectuado por la Secretaría de Economía y la Cámara Nacional de la Industria Editorial, estimó que entre 1997 y 2007, de 40 a 43 por ciento de las librerías habían cerrado; y consideró que cada año cerraban en promedio 40. El sistema de información cultural del CONACULTA reporta 1,532 puntos de venta de libros en todo el país. En el estado de México -según ese mismo sistema- sólo en 21 municipios existe alguna librería, en los restantes 104 no. Lo anterior quiere decir, por ejemplo, que alguien que viva en Tlataya tiene como librería más cercana una que sobrevive en Valle de Bravo o le toca venir hasta Toluca a ver si consigue algún libro. Y no se diga alguien de Polotitlán; no consigue un libro a la venta ni para remedio.
En ese marco, organizar una feria del libro puede ser una iniciativa plausible para fomentar la lectura y, con un poco de suerte, acercar al mundo de los libros a ciertos sectores de la población mexiquense que no siempre tienen acceso a una oferta variada de productos editoriales. Ello tendría que estar argumentado en el proyecto que da vida a la FILEM (si es que éste existe), pero estamos a 15 días de que inicie y no hay ninguna promoción de alcance mediano. ¿Qué se puede esperar? ¿Un gasto mayúsculo en instalaciones e invitados que no se refleje en el número de visitantes o en las ventas de los expositores? Claro, las fotos de la inauguración se verán muy bonitas, pero ¿y luego?


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