Desde las clases de historia nacional más básicas se nos enseñó que, tras la Conquista, la economía del país estuvo basada en la explotación de bienes primarios o básicos (entre los que destacaban los productos mineros), extraídos bajo diversas formas de abuso sobre la fuerza de trabajo. Con el paso de los siglos –seguían diciéndonos en la escuela- un país tercermundista como México comenzó a basar las posibilidades de su desarrollo en la explotación y venta al extranjero del principal recurso energético que poseía: el petróleo. Pero al final de este año se nos han revelado algunas cifras que se convierten en indicios de que las cosas ya no funcionan de esa manera.
De acuerdo con la información disponible al finalizar este año 2015, las actividades económicas que más entrada de divisas reportan al país son las siguientes: en primer lugar, la venta de automóviles que se arman aquí y se comercializan en muchos países; en segundo lugar, la producción de aparatos eléctricos y electrónicos, sobre todo en la zona maquiladora del norte del país; en tercer lugar, los productos agroalimentarios (incluyendo los subsectores agroindustrial, agropecuario y pesquero); en cuarto lugar, las remesas de los trabajadores migrantes; en quinto lugar, las ventas petroleras, que ahora se hacen en condiciones muy desventajosas por el precio tan bajo del crudo; y, en sexto lugar, el turismo, venido a menos por la inseguridad.
Es mucha la distancia que hay entre la primera actividad y la sexta, pues mientras por la venta de vehículos automotores México se reportan ingresos de casi 100 mil millones de dólares al año, por turismo, sólo se rebasan los 14 mil millones. Destaca, por supuesto, la estrepitosa caída de divisas provenientes de la venta del petróleo; pero lo que más llama la atención es que, tras décadas de una balanza comercial deficitaria (comprábamos más de lo que exportábamos), hoy la venta de productos como la carne de res y de cerdo, el aguacate, el atún, la uva, los productos lácteos, el tequila, la zarzamora y el tabaco, entre otros, se erige como la tercera más importante.
¿Qué fenómeno se está gestando ahí? Los estudiosos de la economía política lo definirían como “neoextractivismo”, un modelo de desarrollo caracterizado, entre otras cosas por celebrar el éxito exportador, por equiparar desarrollo a crecimiento económico y pensar que éste se consigue atrayendo inversiones extranjeras, bajo la idea de que ese tipo de crecimiento generará efectos de derrame en el bienestar de la población en un efecto de “cascada”.
Si se le piensa un poco no es tan difícil caer en la cuenta de que a nuestro país han llegado a instalarse las principales marcas productoras de automóviles y de muchos aparatos electrónicos debido a que los sueldos en México son los más bajos de toda América Latina (ya hemos hablado de ello en este mismo espacio), así que los márgenes de ganancia se incrementan para los productores. Y por el otro lado, tampoco es muy complicado advertir que las llamadas “reformas estructurales”, implementadas por el actual gobierno federal, están encaminadas a apuntalar un proyecto económico con estas características.
Ya desde los últimos dos sexenios se han realizado acciones en ese sentido, por ejemplo, con la apertura a grandes empresas mineras en casi todo el territorio nacional. Ahora, con la Reforma Energética pasa lo mismo; y todo esto está vinculado al hecho de que las economías emergentes, como China e India, requieren cuantiosos suministros de materias primas para sus procesos de desarrollo, por lo que la mayoría de los países de América Latina se han especializado en la exportación de estas materias sin transformar. Nada menos hace unos días Jorge Calzada Rovirosa, titular de la Sagarpa, al regresar de una gira por China hizo la siguiente declaración en el sentido de que se espera duplicar las exportaciones agroalimentarias a China en el 2016: “Hicimos una serie de reuniones de negocios para que los propios empresarios empezaran a hacer colocaciones de sus productos, a través de contratos para el próximo año”.
Los especialistas en el tema advierten, sin embargo, que este tipo de proyectos de desarrollo no pueden tener una duración superior a tres o cuatro décadas, ya sea por el inevitable agotamiento de los recursos naturales (como metales, petróleo, gas natural o agua) o de las propias tierras. Pero además coinciden esos mismos estudiosos económicos en que apostar por las exportaciones no deja ningún provecho a la población, fuera de las contribuciones fiscales que se supone son empleadas para generar el desarrollo social (aunque aquí hace falta abrir un paréntesis para comentar que el factor corrupción impide que el modelo funcione en el sentido de más exportaciones=más impuestos=más apoyos sociales).
En suma, cuando se nos anuncia el incremento en la llegada de inversión extranjera, pero al mismo tiempo los salarios no suben; cuando oficialmente se celebra el crecimiento de grandes agroindustrias basadas en el monocultivo con vocación exportadora, pero se ve un constante deterioro en la calidad de vida de las zonas rurales; cuando se anuncian megaproyectos mineros sin que nada se mencione del deterioro ambiental; o cuando podemos ser testigos de la licitación de concesiones para explotar petróleo y gas a costa de lo que sea, lo que debemos reconocer en esos procesos es la puesta en marcha de un nuevo modelo al que se le conoce como posextractivismo. ¿Cómo nos irá con él?


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